miércoles, 11 de enero de 2017

“El reflejo”


Apuñala mis ojos un reflejo que me mantiene obnubilado, absorto entre su brillante belleza y el miedo que apresa mis sentidos. No puedo moverme, tan solo mis desorbitados ojos capturan aquella visión que debería ser una pesadilla irreal. Pero estaba allí, mirándome a través del calmado reflejo que congelaba mi rostro.
¿Cómo he llegado a este punto?, ¿acaso lo pude evitar? El cerebro henchido de preguntas ansiosas por evocar las pertinentes respuestas me cuestiona sin cesar.

Frío. Sí, recuerdo que me desperté debido al entumecimiento que se había instalado en mi brazo izquierdo, el cual se hallaba por fuera del edredón. Debí destaparme durante la noche, así que mientras bostezaba y me quitaba los tapones de los oídos, introduje el brazo bajo las sábanas tratando de calentarlo. Estuve acostado algunos minutos más con los ojos abiertos, adaptándolos a la luz y armándome de valor para salir de la cama. Cuando finalmente lo hice, busqué atropelladamente las zapatillas dando pequeños brincos para evitar, en la medida de lo posible, la sensación helada del suelo de la habitación en mis desnudos pies. Temblaba espasmódicamente, por lo que traté de vestirme lo más raudo que pude con la ropa que utilicé la tarde anterior, pues únicamente me la había puesto para bajar a comprar al supermercado de la esquina, y aún permanecía colgada sobre el respaldar de una silla.
Poseía la mala costumbre de lavarme la cara y peinarme una vez vestido, en vez de hacerlo al contrario. Consciente de ello, varié mis hábitos al no ponerme la chaqueta, enfundarme la bufanda y coger llaves, móvil y cartera, como marcaba mi rutina diaria, y opté por entrar primero al cuarto de baño. Se me había olvidado dejar puesto el termo eléctrico, así que hube de asumir el tremendo desafío que suponía enjuagarme la cara con agua fría, teniendo en cuenta la baja temperatura reinante. Bueno, dentro de lo malo, debo decir que con ella logré mi propósito de espabilarme, aunque es difícil saber si fue debido a ello o por la extraña visión que tuve al levantar la cabeza. Por un segundo creí contemplar tras de mí una sombra de globos oculares abultados que me miraba a través del espejo, pero tras cerrar los ojos un par de segundos, volverlos a abrir y comprobar que tan solo veía el reflejo de mi rostro con las facciones hinchadas por el reciente sueño, comprendí que todo había sido producto de mi imaginación. Con el líquido elemento y un peine traté de aplacar el rebelde pelo que la mullida almohada había encrespado, y una vez conseguido no sin cierto esfuerzo y una pizca de paciencia, me envolví en las prendas de abrigo aventurándome al exterior y pensando en el sobresalto que me había llevado momentos antes con la sombra reflejada.
A pesar de los escasos grados me gustaba pasear por las mañanas, sobre todo ahora que me encontraba desempleado. Para mí era como una forma de cargar las pilas antes de afrontar las vicisitudes que el resto del día tuviera a bien plantearme.

Había salido del portal y bordeaba los setos en dirección a la verja que separaba el bloque de pisos de la calle. Pulsé el botón de apertura y un chasquido metálico me indicó que la cancela ya estaba abierta. Salí y en mi primera ojeada pude saborear el manto grisáceo que saludó el despertar de los fuenlabreños. Serían las ocho de la mañana y hasta ese momento no había reparado en que el ajetreo bullicioso de cada viernes, con repartidores acelerados por cumplir su itinerario de trabajo, o personas que andaban arriba y abajo abasteciéndose de compras para el inminente fin de semana, el ambiente destilaba una extraña calma, casi como los amaneceres de domingo en los que el silencio tan solo era interrumpido por el pedaleo de algún tempranero ciclista aficionado, o la cantinela ininteligible de algún juerguista rezagado.
No sabría decir por qué, pero tenía la impresión de que algo no andaba bien.
Atravesé la zona de aparcamiento entre los coches, que mostraban en sus empañados parabrisas la condensación por la helada nocturna, y al bordear uno de los vehículos vislumbré en el suelo una mancha seca, rojiza y oscura, que dejaba un reguero como si algo hubiese sido arrastrado. No creí oportuno pensar que fuese la consecuencia de una reyerta porque habría percibido algún ruido o vocerío durante la noche, aunque la verdad es que suelo dormir con tapones, por lo que era probable que no hubiese sentido ni oído nada. Pero de todos modos habría señales de presencia policial o acordonamiento de algún tipo, sin embargo no era así. Decidí seguir el rastro hasta la esquina del supermercado, pero allí se acababa bruscamente. Era extraño, pero tal vez montarían en un coche o ambulancia a la persona o animal que dejaba aquel rastro. Inmediatamente pensé que quizás estaba divagando demasiado y tan solo era pintura o algún producto que se le derramó a alguien.
Desistiendo de sacar más conclusiones sobre la susodicha mancha que a nada me llevaban, continué ascendiendo por el pequeño repecho de la Calle Luxemburgo, torciendo posteriormente por la Calle Bélgica hacia la izquierda y dejando a mi derecha el supermercado, pero todo permanecía solitario. Desde que salí de casa, anudándome la bufanda al cuello ante el gélido despuntar del alba, no me había cruzado con nadie. El Parque de Europa, junto al que transitaba caminando en ese instante, tampoco era una excepción. Hallábase vacío y tan carente de movimiento que parecía un decorado. Ni siquiera el habitual y alegre trinar de los pájaros que acompañaban las primeras luces del día, habían hecho acto de presencia en la desolación del lugar. Tan solo, a lo lejos, un rumor amortiguado llegaba hasta mis oídos, pero sus decibelios eran de una potencia ínfima como para hacerme una idea de la naturaleza o procedencia del mismo.
Imbuí las manos en los bolsillos de mi chaqueta corta, elevando un poco los hombros para tratar de retener una pizca más de calor corporal con el que combatir al intenso frío, y dejé que el vaho escapara a través de la tejida lana de la bufanda tras la que ocultaba nariz y boca, formando una densa bocanada parecida al humo que desprende una taza de cacao caliente.

Quietud, eso es lo que encontraba a cada paso. Mirase donde mirase, solo apreciaba la misma sensación de soledad, amparando aquel paraje desértico, y a mi modo de ver presidido por una tensa calma. Todo era como un pueblo fantasma sacado de un relato de terror. Sonreí al pensar en lo bien que lo habría descrito el maestro de Providence.
Pensando en ello, la mueca de sonrisa que mi boca dibujaba se fue difuminando tras la prenda de abrigo, pues fui consciente de que el único sonido que retumbaba en la vacía calle era el rítmico roce que provocaban mis zapatos en la acera al caminar. Estaba empezando a inquietarme, y a pesar de ser una persona que disfrutaba de mis momentos de incomunicación en los que daba rienda suelta a mis pensamientos, sueños y desvaríos, deseaba cruzarme ya con alguna persona. Sin embargo, conforme avanzaba, tan solo lograba sentirme cada vez más solo. Pero al mismo tiempo, comenzaba a notar que aquel rumor que escuchaba en un primer instante, aunque seguía estando lejano parecía hallarse más cerca, o al menos eso era lo que percibía yo. Tampoco habría que descartar a la propia sugestión, pues podría estar jugándome una mala pasada. Es fácil dejarse atrapar por la alerta que el cerebro crea ante un contexto y entorno que una situación nos puede provocar.
De pronto, un ruido a mí derecha hizo que me girara sobresaltado. Tardé unos segundos en localizarlo. Por una ventana abierta de par en par en el tercer piso del bloque que se hallaba al otro lado de la calle, apareció una mujer con ojos desorbitados que gritó:
—¡No!, ¡Dios mío, ayúdame!
Apenas me dio tiempo a asimilar los gritos de la señora, cuando algo que estaba tras ella en el interior de la vivienda, pero que no pude ver por estar en penumbras, alzó su cuerpo por encima del alféizar y este surcó el aire chillando hasta que el golpe sordo y seco sobre la acera hizo que el alarido cesase bruscamente.
Me quedé petrificado sin saber qué hacer. Mi primer instinto fue mirar hacia la ventana para ver al causante de aquella barbarie, pero nadie había en ella. Entonces decidí acercarme a socorrer a la mujer por si aún conservaba la vida. Al rodear el coche aparcado, vi su cuerpo estrellado en el pavimento junto a la pequeña valla de hierro rojizo que separaba los lindes entre la calle y la zona de viviendas. Era dantesco, su cabeza estaba destrozada y todo se hallaba salpicado de escarlata, por lo que comprendí que ya nada se podía hacer por ella. Las náuseas treparon peligrosamente desde mi estómago a la garganta. Me sentía impotente, primero porque no había nadie a quien pudiera acudir en busca de auxilio, y segundo por no poder evitar el fallecimiento de aquella señora que para colmo, y aunque solo pude ver su rostro unos instantes antes de caer, me resultaba extrañamente familiar.

Obligué a mis entumecidas piernas a moverse y me marché al trote de nuevo hacia la acera del parque, tratando de alejar mi vista de tan horrenda visión mientras sacaba mi móvil del bolsillo delantero izquierdo del pantalón para llamar a la policía, pero la pantalla destelló una potente luz, crepitó y de su altavoz comenzó a escucharse una respiración profunda y entrecortada, como de un animal que acecha a su víctima agazapado en una oscura cueva. Al instante, un halo eléctrico de brillante color verde rodeó el teléfono acalambrando mi mano, lo que provocó que lo soltase de inmediato y que cayera irremisiblemente, quedando diseminadas por el suelo tanto la batería como la tapadera posterior, al igual que varios trozos astillados de la carcasa y del cristal de la pantalla. Pero lo más inquietante era que el aparato continuaba funcionando, iluminado, rodeado de finas líneas eléctricas como si de un experimento de Nikola Tesla se tratara, y emitiendo aquel espeluznante aliento.
Me hallaba observando alucinado cuando de entre los árboles que rodeaban el parque, inició su serpenteo sinuoso una densa niebla aparecida de la nada, como si la propia vegetación la estuviese expulsando. Estaba tan atento al cambio repentino que se estaba produciendo a mí alrededor, que no había reparado en que aquel ruido amortiguado que llevaba oyendo casi desde que torciese por la esquina junto al parque, se escuchaba un poco más cercano. Pensé que debía proceder del final de la calle, pero no estaba seguro del todo. Dudé entre continuar o dar media vuelta e ir a casa a llamar desde allí a las autoridades a ver si sabían qué estaba ocurriendo, pero acabé descartando esa opción casi de inmediato, pues al mirar atrás todo se hallaba envuelto en la niebla y apenas lograba ver tres o cuatro metros más allá de mí en todas direcciones, excepto hacia el final de la Calle Bélgica. Estaba claro, no me quedaba otra cosa que continuar en la trayectoria de la cual yo intuía que provenía el extraño sonido.

Avancé por la calle, girándome a cada momento para otear la espesa bruma esperando ver algo que se me abalanzase. El miedo estaba germinando en mí al no saber qué me acechaba al siguiente paso. ¿Quién o qué lanzó a aquella mujer por la ventana? Aún guardaba en mi retina su desesperada petición de auxilio divino que por desgracia no llegó. Sacudí mi cabeza para centrarme en salir de aquella situación.
No había duda, el zumbido cada vez era más audible, lo que significaba que me estaba acercando a él. No podía ser de otra manera, la niebla se arremolinaba en torno a mí a excepción del frente que estaba diáfano, con una mortecina y grisácea luz diurna, pero completamente despejado.
Apenas veía el cartel debido a la espesura blanca, pero debía estar cerca de la pastelería, de la que en esos momentos me debería llegar su inconfundible aroma a pan y pasteles recién hechos. Tampoco oía el bullicio de la gente desayunando en el bar adyacente, con sus comentarios futboleros o las tertulias en que se arreglaba el mundo entre bocados de tostadas y sorbos de café, pero seguía sin llegar nada a mis oídos.
Todo era de una terrible calma que tan solo había sido rota, al menos en lo que a mí respecta, por la brusca muerte de la señora al caer desde la ventana.
¡Dios!, no podía quitarme de la mente la horrible visión de la mujer inerte en la acera. ¿Cómo iba a imaginar tal suceso cuando me disponía resueltamente a salir de casa?... Y por supuesto, tras ver todo lo que estaba aconteciendo, ya no tenía dudas sobre la mancha oscura con su reguero arrastrado que vi al abandonar el aparcamiento junto a mi bloque. Nada de pintura o cualquier otro líquido, era sangre, ¡estaba seguro!
¿Por qué no decidí volver a casa en el instante en que noté que algo no iba bien?... Siempre anteponía mi maldita manía por tratar de no alarmarme, de buscar una explicación elemental a todo lo que ocurre, de utilizar el raciocinio a una situación que francamente no tenía visos de ser lógica.
Sea cual fuere el motivo de tan singulares y extraordinarios sucesos, ya era demasiado tarde y no podía volver. Lo que quiera que fuese aquello que había apresado Fuenlabrada, jamás me permitiría desandar mis pasos, estaba completamente convencido de ello.
Mis ojos giraban frenéticamente de un lado a otro tratando de encontrar un vestigio de humanidad, o bien de mirar al terror cara a cara antes de que todo terminase y me diera muerte, pues tenía la certeza de que así acabaría ocurriendo.
Por mi mente correteaba velozmente la imagen de aquella sombra de ojos abultados que vi mientras me lavaba la cara en el espejo del cuarto de baño. Empezaba a creer que quizás no fue un producto de mi imaginación y sentí un escalofrío tan solo de pensarlo.
Una risa aniñada me sacó de mis enredadas cavilaciones. Detuve el paso tratando de escuchar su procedencia. Entonces caí en la cuenta de que venían de la escuela infantil ante la que ya debería estar transitando. ¿Cómo era posible que en aquella vorágine hubiese niños divirtiéndose como si tal cosa?
Era tal mi desconcierto, que tras discernir unos segundos llegué a la conclusión de que cualquier cosa era mejor que continuar rodeado de la amenazadora niebla. Me armé de valor y fui hacia la otra acera con la esperanza de encontrar vida. Si había infantes en edad de guardería, también era muy probable que estuviese alguna profesora. Tan solo era pensarlo y ya sentía alivio.
Al cruzar la calle, fui divisando poco a poco el cartel celeste y blanco de la escuela, con su dibujo caricaturizado de Charles Chaplin sobre fondo color canela en el centro. Al llegar a solo un par de metros de las ventanas del parvulario, las risas cesaron de inmediato. Agucé el oído para tratar de captar algo, pero la nada fue lo que recibí por respuesta. Aunque los cristales estaban empañados por la condensación que el frío y la niebla estaban ejerciendo sobre ellos, se podían vislumbrar pegadas por dentro algunas florecitas de colores recortadas, que a buen seguro eran el producto de las manualidades que el centro había creído oportuno imponer como actividades a los pequeños.
No dejé que el silencio soterrara mis esperanzas y decidí rodear los setos para encarar la blanca cancela de entrada lateral, que se hallaba entreabierta. Al observar el interior, pude ver un patio del que no lograba divisar el fondo al encontrarse inundado de niebla. El escenario se hallaba en un absoluto silencio, pero aun así permanecí inmóvil unos segundos más asegurándome de ello.
Decidido a adentrarme en el lugar, di dos pasos en dirección a la puerta de acceso a la guardería y volví a detenerme a escuchar. Nada, todo continuaba con un mutismo total. Respiré hondo y caminé lo que me quedaba hasta llegar, pero al hacer el amago de llamar me di cuenta de que la puerta solo estaba entornada, lo que indicaba definitivamente que el centro era operativo en esos momentos.
Tratando de dominar mi creciente temor, empujé la hoja con los dedos y esta cedió fácilmente emitiendo un pequeño chirrido de bisagras. Aunque la luz era escasa, la visión era buena comparada con la poca visibilidad exterior. Con cautela, me adentré en la estancia y recibí de inmediato la tibieza que probablemente desprendían los dos radiadores dispuestos en la pared frontal y derecha. El suelo estaba enmoquetado con un puzle de letras de colores en gomaespuma, y había piezas de madera de todas las formas geométricas esparcidas por él. En un rincón se encontraban algunos juguetes apilados, todos claramente didácticos, y las paredes pintadas de un suave color amarillo estaban decoradas con recortables de animales y flores de vivos colores. Un poco más allá en una esquina de la sala, se hallaba un perchero con abrigos pequeños colgados. Todo parecía normal excepto lo más importante, la ausencia total de niños.
¿Dónde estaban?, yo los escuché reír, y viendo el interior de la guardería con los radiadores encendidos y las prendas colgadas, era evidente que no podían andar lejos.
Entonces, como ocurre cuando notamos que alguien nos observa, viré la vista a la izquierda hacia donde estaba instalada la pizarra, y vi lo que había sido dibujado en ella. Noté que el labio me temblaba y cómo la sangre se retraía de mi cara dejándola macilenta.
Allí, torpemente ilustrada en el encerado como la haría la mano de un crío pequeño, estaba la silueta de la sombra de ojos abultados que había visto por la mañana reflejada en el espejo.
La angustia me comenzó a dominar y caminando hacia atrás sin dejar de enfocar la pizarra, llegué de nuevo a la entrada y sentí cómo se me erizaban los vellos de la nuca al escuchar a mis espaldas unas risas de chiquillos.
Lentamente, temiendo lo que me podía encontrar, giré la cabeza para mirar. Las burlonas risotadas de los infantes llegaban desde detrás de la espesa neblina al fondo del patio. Estaba agarrotado, parado ante el dintel de la puerta sin poder moverme. Me sentía atrapado. Miré de reojo hacia la cancela para iniciar la carrera y escapar de allí cuanto antes, pero en ese instante un raudo y rítmico rechinamiento me hizo escrutar las tinieblas del patio, viendo cómo emergía de entre la bruma un pequeño triciclo rojo que venía vertiginosamente en mi dirección. Salté hacia la cancela con una agilidad sorprendente, teniendo en cuenta el estado de shock en el que me encontraba, y escuché cómo el juguete se estrellaba contra el marco de la puerta en la que me hallaba momentos antes, al mismo tiempo que la cancela exterior se cerraba ante mí a toda velocidad.
Con todas mis fuerzas, tiré y empujé desesperado de sus barrotes repetidas veces para intentar abrir, pero era inútil. Mientras lo hacía gritaba pidiendo socorro con todo el torrente de voz que mi garganta era capaz de producir, a la vez que miraba atrás constantemente pero no lograba ver nada.
Resoplando, paré intentando recuperar el resuello. Tenía los dedos enrojecidos de mi violenta disputa con la verja intentando abrirla para marcharme. De reojo vi el triciclo rojo tirado de costado en el suelo con sus pedales todavía girando, pero las risas de los niños habían cesado. Estuve unos segundos inspirando y expirando violentamente hasta que recuperé un poco la calma viendo que el juguete se quedaba definitivamente parado. Respiré hondo una vez más e intenté pensar lo que hacer para huir de allí. Quizás la única manera de abandonar aquel lugar y llegar a la calle, era volver a entrar en la guardería y salir por una de las ventanas. Podría hacerlo si no miraba el dibujo de la pizarra que tanto me hacía palidecer. Al fin y al cabo solo era un dibujo, tenía que serenarme. Pero cuando comenzaba a hacerlo, llegó hasta mis oídos algo que me heló la sangre. Otra vez aquella respiración entrecortada casi gutural, que surgió minutos antes del altavoz de mi teléfono móvil, el mismo que funcionaba aun cuando estaba hecho pedazos. Pero ahora no sonaba metálico por emitirse a través del aparato, esta vez era real, muy real y llegaba desde la
estancia interior de la guardería. Aterrado, me apreté contra el frío hierro de la cancela, mientras esperaba ver aparecer de un momento a otro ese algo que acabase conmigo. Entonces, de manera inverosímil, la cancela cedió sin más y dando trompicones hacia atrás, me encontré de nuevo en la acera. Sin embargo, no me quedé a averiguar qué o quién emitía aquel sonido y corrí en dirección al final de la calle, tratando de alejarme de la guardería y la agobiante niebla.
Corriendo, mirando hacia atrás y transpirando profusamente, no sé si por la carrera, el miedo o ambas cosas, llegué a la rotonda y apoyé mis manos en las rodillas intentando recuperar el aliento. Tiré un poco de la bufanda para aflojarla y sosegar la sensación de asfixia, dejando que el aire llegara en mayor medida a las fosas nasales y el oxígeno transitara más fácilmente hasta mis pulmones. Sentía cómo el sudor corría por mi espalda empapándome la camiseta interior hasta alojarse en los riñones.
No llevaba en esa posición ni diez segundos cuando caí en la cuenta. El zumbido. Alcé la cabeza lentamente y mis ojos encontraron la magnífica Fuente de las Escaleras, que estaba enclavada en el centro de la rotonda y de la cual parecía proceder el sonido.
Como siempre, el agua salía de ella cayendo en forma de cataratas al suelo, pero su aspecto no era el habitual. Una gruesa capa de limo rezumaba por su estructura y ahora se asemejaba a aquellos lugares donde una edificación abandonada acababa siendo engullida por la naturaleza, dándole un aspecto sumamente peculiar.
Me percaté de que el zumbido había subido de intensidad, siendo ya más potente y rápido hasta el punto en que resultaba desagradable para el sentido auditivo. Ante aquel escenario no sabía qué esperar, pero mientras lo hacía noté que el agua se estaba deteniendo, caía como a cámara lenta. No salía de mi asombro al ver que el salto de agua usual de la fuente se estaba ralentizando, y fue aún peor cuando se paró definitivamente. Me froté los ojos, pues era incapaz de asimilar lo que veía. ¿Cómo era posible tal prodigio?
Pero no acabó ahí el fenómeno ni mucho menos, pues el agua comenzó a retroceder como si una invisible cinta transportadora la llevara de vuelta a la fuente, al tiempo que la niebla engullía la moderna escultura como si la estuviese arropando o escondiendo de algo.
Anonadado, asistí a ello con una mezcla entre pavor, incredulidad y estupefacción, sobre todo cuando el líquido elemento se combó hacia arriba y un caño enorme se dirigía desde la parte superior de la fuente hacia el cielo hasta perderse entre las nubes. Durante un tiempo que no podría determinar, pues no sé si fueron segundos o minutos, el chorro se mantuvo vertical hasta que el sonido cesó de pronto, las nubes se abrieron con una rapidez impropia para tal efecto meteorológico, dejando ver a pleno día la Luna en las alturas. Poco después la gravedad hizo su trabajo atrayendo hacia la tierra toda el agua. De súbito, un manto cristalino se desplomó permitiéndome apenas unos segundos para intentar protegerme del impacto cruzando los brazos ante mí. Cuando el torrente golpeó en la fuente y salió dispersada en todas direcciones con una fuerza inusitada, una de sus lenguas me alcanzó de lleno lanzándome a varios metros de distancia rodando por el suelo. Empapado, aterido de frío y dominado por el miedo, me comencé a levantar torpemente, tratando de recuperar la verticalidad y mirando hacia la Fuente de las Escaleras. La niebla se disipó deshaciéndose en algodonados jirones y entonces le vi aparecer escalando la estructura. El terror se apoderó de mí, sintiendo cómo la lengua se me pegaba al paladar y la boca perdía todo atisbo de saliva. Bokrug, con aquella mirada tan fría y amenazadora, me observaba directamente, como si me estuviese evaluando. El gran reptil acuático que habitaba en el lago de las tierras de Mnar, se había materializado increíblemente ante mí.
Me llegó en ese momento a la mente una revelación, pero no me dio tiempo a mucho más, pues la vista nublada es lo último que logro recordar.

Ahora, a punto de morir tirado en este frío charco de agua, veo esa revelación. Desde su mudez, sin emitir sonido alguno, unos rostros verdosos de ojos abultados, extrañas orejas y labios gordos y blandos, me observaban a través del reflejo ondulado. Era una visión tan horrenda, que no cabía en mí otro sentimiento más que la repulsión. Y lo peor de todo es que no podía dejar de mirarlos, era como si me encontrara hipnotizado por una fuerza oscura que dominaba mi cerebro. Probablemente mi cordura penda de un hilo en estos momentos, o por ventura haga algún tiempo que la perdí y me hundo cada vez más en los abismos de una conciencia perturbada y volátil. Ya no puedo dar nada por cierto, pero tampoco desterrar los hechos que acabo de relatar en un bis a bis con mi propia mente. ¿Será capaz alguien o algo, quizás la ciencia avanzada, de conseguir extraer de ella esta historia?... Sinceramente, lo dudo mucho. Además, siento que mi suerte ya está echada y la condena me rodea con sus putrefactos y viscosos tentáculos, ansiando finiquitar en mí todo vestigio de esperanza.
Sí, ya todo está perdido, aunque tal vez debería ser sincero y admitir que en lo más profundo de mí ser, intuía el final desde el mismo momento en que me vi reflejado aquella mañana en el espejo del cuarto de baño…

—¿Quién es este?, me suena su cara.
—¿En serio no recuerdas quién es?
—Ya te digo que creo haberlo visto antes, pero no lo pongo en pie ahora mismo.
—Es aquel tipo que salió en las noticias hace unos meses. Fue encontrado en la Fuente de las Escaleras.
—¡Ah, sí!, creo que ya recuerdo. Decían que estaba obsesionado con las historias de miedo de un escritor o algo de eso, ¿no?
—Sí, uno antiguo. No consigo acordarme ahora de cómo se llamaba, pero creo que era un hombre raro y poco sociable. Supongo que se identificaría con él.
—Sí, ninguno de esos tipos acababan bien de la cabeza, compañero. Recuerdo que vi un documental de la película de “Drácula”, y decían que el tío que escribió el libro original al parecer terminó viendo vampiros por su dormitorio. Que desastre…
—Bueno, supongo que mucha gente leerá esos libros y no por ello pierden la cordura. En mi opinión, esas cosas le ocurren a gente que ya está predispuesta a ello o que tienen una tara mental que en un momento dado de sus vidas se termina manifestando.
—Puede ser. Oye, cambiando un poco de tema, nunca he visto a nadie visitarle, ¿tiene familia?
—¿Familia?, veo que no recuerdas bien el caso.
—¿Por qué lo dices?
—Vamos, sigamos haciendo la ronda que se hace tarde. Te lo iré contando por el camino, no me gusta hablar de sus temas ante ellos. Quién sabe hasta qué punto pueden oírnos.

El blanco nacarado presidía las paredes de la estancia, mientras por la enrejada ventana se colaba el tibio sol de la tarde, rompiendo ese aire lúgubre que el cuarto tenía en los días grises que aquel crudo invierno había adoptado como habituales. El pijama celeste era testigo perenne de la situación irreversible de su estado. Ojos hundidos carentes de pestañas y con unas marcadas ojeras, delgadez casi famélica, tez mortecina… Daba miedo comprobar cómo se consumía su salud y se le extinguía la cordura, pues el muchacho tan solo tenía una obsesión, una ocupación. Durante las horas en que el sueño de los narcóticos no le vencía, observaba casi sin pestañear aquel pequeño espejo instalado en su habitación del sanatorio de salud mental, esperando volver a ver el reflejo que una vez surgió de él. Un reflejo que le arruinó la vida pero al que ya no juzgaba, simplemente lo esperaba. O quizás sería más adecuado decir que lo anhelaba. Ya solo tenía ojos para él, pues fue lo último que su mente captó antes de que la tormenta se instalara perpetuamente en ella.
Especialistas nacionales e incluso algunos foráneos de la más alta reputación, fueron incapaces de obtener nada de su mente. Intentaron todo tipo de técnicas, desde el hipnotismo hasta las regresiones, pasando por tratamientos experimentales no lesivos para su integridad física, pero todo fue inútil. Tan solo reaccionaba con ira, llanto e incluso agresividad cuando le era sustraído aquel espejo. Nadie sabe lo que ocurrió en el cerebro del chico en aquella fría mañana de diciembre, para que se desencadenara tan horrendo suceso. Cuando la policía lo encontró, estaba tumbado sobre un charco de agua bajo la Fuente de las Escaleras, con los ojos desorbitados y su teléfono móvil hecho trizas junto a él. Tras comprobar su cartera y obtener la documentación, llamaron a su casa pero nadie contestaba. Tuvieron que forzar la puerta para entrar y lo que encontraron fue realmente dantesco. En el cuarto de baño, el espejo hecho añicos. Junto a su cama tirado en el suelo, un volumen gastado y amarillento con las páginas arañadas y parcialmente arrancadas, de un relato que llevaba por título “La maldición que cayó sobre Sarnath”. Y en mitad del pasillo, un triciclo rojo volcado. Del mismo partía un reguero de color escarlata que llegaba hasta la cocina, y al final del cual se hallaban su madre, padre y hermana pequeña, que yacían inertes y con los ojos vidriosos.

Pepe Gallego

lunes, 14 de noviembre de 2016

“Amor de sobremesa”


No la vi venir. Me hipnotizó de tal manera que mi razón se obnubiló y mis sentidos se concentraron en un puño que golpeaba mi corazón cual boxeador a su saco.
Un barrido de melena, una mirada encendida y una sonrisa que convertía el marfil en centellas alineadas, apalancaron mis ojos para abrirlos de par en par, permitiendo que el amor se colara paseando como Pedro por su casa. No necesitó más, su perfume al pasar hizo el resto profanando mis fosas nasales e inundándolas de un pestilente hedor que en aquel momento confundí con rosas.

Un muchacho estúpido, ese soy yo, un engañado títere que cuando agarró su mano firmó la rendición del acorazonado castillo por voluntad propia, cediéndoselo a la princesa de un cuento sin perdices que poder llevarse a la boca. Bueno sí, la perdiz sí será cocinada y yo tengo todas las papeletas para encarnar a ese personaje en cuanto esté listo el sofrito que se cuece arriba.

Ahora, heme aquí escribiendo mi triste historia en el húmedo suelo barroso del sótano de una choza enclavada sabe Dios dónde, desnudo, encadenado y sabiendo que mi suerte está echada. La vieja desdentada de risa demoníaca no tardará en bajar cuando tenga listo el mejunje. Y pensar que hace tan solo un par de horas era una solitaria y bella mujer en mitad de la fiesta del pueblo, que se fijó en un tipo poco agraciado como yo…
Supongo que ya es demasiado tarde para darme cuenta de que esas cosas solo pasan en las películas.

A quien pueda leer esto, si es que ella no lo encuentra antes, me llamo Jonás Martín y os doy un consejo:
Marchaos de Zugarramurdi o encontraréis lo que habéis venido a buscar…Brujas.

Pepe Gallego


Licencia Creative Commons
"Amor de sobremesa" por Pepe Gallego se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivar 4.0 Internacional.

domingo, 9 de octubre de 2016

"La Résistance"

(English version)

I feel dirty dressed like this, but at the same time powerful when I see them saluting me. They don’t know who I am and I pray for them not to find it out. At least, not before I achieve my goal. I need to control my breathing, as it could alert them of what I’m about to do. My qualities as a sniper will help with it. A misstep could ruin everything and, I would not forgive me that in life. I can’t let my beloved France down, neither can I fail the world, since from my mission depends that our allies open gap through Normandy, starting to win this damn war. And from my success also depends that the feeling of revenge that is inside me ends. The Geologist suffering, the remorse of not having being able to fence my husband properly with my precision rifle, falling victim of the Nazi “Parabellum”. The torture and sacrifice of my brother, or the death of my girls…
I have already crossed half way of the platform and they have not halted me yet. The disturbance made by Jeanne is working because nobody pays me attention now.
My heart is pumping more and more, since I’ve came into the fog and I know what is waiting for me as soon as I cross it. Yes, it’s there, I go for it!

The cigarette fell from the coronel lips when a couple of cushioned shots lodge in his chest, while a French shade disguised of Luftwaffe was disappearing at the end of the tunnel. The body of Hendrich lying on the floor was diming between spasms and gasps, but for when he could be found it would be too late.
Louise had accomplished the mission and Day “D” was now possible thanks to the determination of La Résistance, and also thanks to many people who gave their lives in order to achieve it, in which ranks were those makeshift women of the shadows. History will do the rest and Normandy will write with gold and blood Characters, a word … Liberté!

Pepe Gallego

(Translated by Ariadna B. Alonso)


Licencia de Creative Commons
"La Résistance" by Pepe Gallego is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 Internacional License.


miércoles, 5 de octubre de 2016

"Redemption"



(English version)

–It destroyed me. All my innocence devastated by the one we were obliged to call father. All my childhood intimidated under the yoke oppression of a performed divine word, which was turning into a sin everything which could the question even minimally his crooked morality. But nevermore…
When I reached the age and had enough value to flee, I dragged my aching soul and punished body through the streets, leaving on my own and only this volume in my hands. I have learnt a lot since it happened and I could say I have received the knowledge it contains. I am pretty sure he is not going to share my point of view. Any of those ones who bumped into my life, those who had the Devil’s mark in their eyes, and all of them ended up receiving the odd doctrine I am carrying on my shoulders.

Now I am ready to visit the place which was my home and my prison as well. It´s now when I can say a prayer:
I beg your pardon , my Lord because I know what I am doing.

Úrsula got to the place with such cold eyes and that hateful look. Even the blunt gadget she used to give her particular salvation was coated by that hate. As she was approaching firmly to that figure in front of the altarpiece, the whispering from the sceptical people kept increasing. When the priest raised his eyes and saw, an awful feeling flooded his eyes.
–Hello father, can you remember me? –His hands weren't able to hold the holy chalice and it fell pouring The Christ’s blood on the communion table. 
–I am sure you do, I am here to expiate your sins –she points out to her Bible before sentencing:
–You will know the truth, and the truth will make you free –and squeezing the baseball bat she had until it rustled, she added– because you are going to die today...

Pepe Gallego

(Translated by Cristina Figueras)

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miércoles, 28 de septiembre de 2016

"Redemption"

Me destrozó. Toda mi inocencia corrompida por aquel que se hacía llamar padre. Toda mi niñez amedrentada bajo el yugo de una interpretada palabra divina, que convertía en pecado aquello que cuestionara mínimamente su pervertida moral.
Pero nunca más…

Cuando adquirí la edad y el valor suficiente para huir, arrastré mi dolorida alma y castigado cuerpo por las calles, partiendo tan solo con lo puesto y este tomo en mis manos. He aprendido mucho desde entonces y he asimilado a mi manera lo que dice en su interior, pero estoy segura de que a él no le va a gustar mi forma de entenderlo, pues tampoco gozaron aquellos que se cruzaron en mi camino con la sombra del maligno en los ojos, y que acabaron probando la particular doctrina que en estos instantes apoyo en mi hombro.

Ahora, preparada para volver a entrar al templo sagrado que fue mi casa y a la vez mi cárcel, puedo elevar una plegaria: Padre, perdóname, porque sí sé lo que hago.

Úrsula entró al recinto con la frialdad inundando sus ojos y el odio enroscado en los dedos que sujetaban el contundente artilugio con el que daba su personal salvación. Se fue acercando con paso firme a la figura que estaba de pie ante el retablo, elevándose a su paso el murmullo de los sorprendidos asistentes. Cuando el párroco alzó la mirada, una desagradable sorpresa anegó sus agrandados ojos.
–Hola, “padre”, soy Úrsula, ¿te acuerdas de mí? Las manos del sacerdote, crispadas de tembloroso terror, perdieron la consistencia con la que agarraban el cáliz de vino, y este cayó sobre el altar derramando la sangre de Cristo.
Sí, ya veo que sí. Vengo a expiar tus pecados.
Úrsula señaló su Biblia antes de sentenciar:
Conocerás la verdad, y la verdad te hará libre y apretando el bate hasta hacer crujir su madera, añadió porque hoy vas a morir.

Pepe Gallego

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sábado, 24 de septiembre de 2016

"Red Alabama"


Yo estaba en la fiesta del pueblo, al igual que la mayor parte de los habitantes de Greenville, como usted ya sabe, sheriff, compartiendo este magnífico día. Me hallaba junto a una de las barracas que hace las veces de bar, apurando mi cerveza y observando entretenido cómo se las ingeniaban mis amigos para sacar a bailar a las chicas. De repente, a mi espalda surgió una voz aterciopelada:
- Eres demasiado guapo para quedarte sin bailar. -
Cuando me di la vuelta fui incapaz de articular palabra ante la extraña belleza de aquella chica de piel blanca nacarada, sedoso pelo negro y grandes ojos claros. Por si lo necesita para poder identificarla, llevaba puesta una camiseta de la bandera confederada, con cuyo extremo inferior jugueteaba sonriéndome. Pero como digo, había algo inusual en ella. Se diría que era una muchacha de unos veintitrés años, aunque su mirada era demasiado profunda. No sabría explicarlo, pero transmitía una sabiduría o experiencia que no iba acorde con su aspecto juvenil.
- Hola, soy Scarlett, ¿cómo te llamas? - me preguntó.
- Bobby - contesté estrechándole la mano.
- ¿Por qué no bailas conmigo? - me dijo.
- No sé bailar - me excusé torpemente.
- ¡Oh, vamos!, no seas aburrido. Mira a tus amigos, ellos se divierten - me reprochó señalándolos, y al darme la vuelta los vi a todos bailando excepto a Taylor, que se marchaba hacia los árboles seguramente para orinar y aliviar su evidente estado de embriaguez.
En ese preciso instante, por los altavoces comenzó a sonar el “Sweet home Alabama”, y pensé que los Lynyrd Skynyrd se sentirían defraudados si me acobardara y no sacase a bailar a la chica, pero cuando me giré para pedírselo ya no estaba. Miré desconcertado en todas direcciones, pero era como si se la hubiese tragado la tierra.

Tras unos minutos, reparé en que Taylor no volvía de la zona boscosa, así que fui a buscarle por si se quedaba dormido con la frente apoyada en un árbol como tantas otras veces. Pero cuando llegué, lo que vi me dejó completamente petrificado. Taylor estaba tumbado en la hierba y alguien se encontraba agachado junto a él como besándole. Pero luego el cuerpo de mi amigo comenzó a dar espasmos y convulsiones. Aún no lo había asimilado cuando Scarlett alzó la cabeza, posando su fría mirada en mí, se colocó el dedo índice de la mano derecha ante los labios, por cuyas comisuras goteaba sangre, o eso creo, y me indicó que guardara silencio.
Entonces eché a correr hacia acá y se lo he contado todo a usted, sheriff.
- Está bien, joven. Márchese a casa; yo iré con mi ayudante a echar un vistazo al lugar del suceso. -
En aquel momento, un ruido sordo y continuo en el techo de la comisaría cortó la conversación de ambos, antes de que una suave voz proveniente del sitio del golpe, dijera:
- Bobby, ¿no te pedí que te callaras?, - el rostro del chico adquirió el color de la cera - ¿por qué no me has hecho caso? -
- Sheriff, huya y sálvese - dijo el muchacho con voz resignada, y añadió ante la atónita expresión del jefe de policía - yo ya estoy muerto. Es Scarlett…

Pepe Gallego

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lunes, 15 de febrero de 2016

“El cuento de la abuela”


Eran casi las cuatro de la tarde. La niña, con el pelo alborotado, corría y saltaba por el salón. Su vitalidad contagiaba el ambiente y alegraba el par de ojos cansados que la observaban.
De súbito, la chiquilla se detuvo y, apartándose el pelo de los ojos, preguntó:
- Abuela, ¿por qué no me cuentas un cuento? -
- Pero nena, ¿qué podría contarte yo? -
- No sé, abuela. ¡Un cuento de castillos, de una princesa y un príncipe que se enamoran!
- ¡Pero niña!, ¿cómo sabes tú de esas cosas? -
- Abuela - dijo la pequeña poniéndose seria - mi mamá me ha contado el de “La bella durmiente”. -
- Ya veo - admitió esbozando una sonrisa entre sorprendida y picarona -. Bueno, te contaré uno que conozco, pero te advierto que no tiene castillos, ¿vale? -
- Vale - contestó la nieta alargando la primera sílaba en señal de conformismo, sentándose en la alfombra delante del sillón donde se encontraba la mujer. -
- Vamos allá…Érase una vez una muchacha casi tan guapa como tú, que trabajaba muchísimo. -
- ¿Y se llamaba como yo, abuela? - le interrumpió la niña, a lo que la mujer contestó tras sonreír:
- Sí, se llamaba como tú y como yo, y también era pequeñita como nosotras. Trabajaba de camarera. Cada día iba a ganarse la vida y de ese modo ahorraba para hacer lo que más le gustaba. -
- ¿Y qué era lo que más le gustaba, abuela? -
- No te impacientes, cariño - dijo acariciándole el pelo - y déjame que te siga contando. -
La niña se tapó la boca con las manos dando a entender que no interrumpiría más, y la abuela se echó a reír. Acto seguido, prosiguió.
- A aquella muchacha le encantaba viajar, así que se esforzaba para ser buena en su trabajo y que este no le faltase. Después de tantas horas tratando con el público, había adquirido bastante experiencia y sabía cómo servir a según qué tipo de personas.

Pero un día fue un cliente en el que no reparó en un primer momento. Solo era uno más de los muchos que iban al bar. Sin embargo, aquel hombre la contemplaba de un modo distinto mientras trabajaba, y cuando tenía que atenderle, él siempre se mostraba educado y simpático con ella. No debía ser algo extraño porque muchas personas lo eran, pero aquel joven la miraba diferente, pues en sus ojos había un brillo especial. -
- ¿Y cómo era, abuela?, ¿guapo? -
- Era alto y moreno. Pero no era demasiado guapo, aunque sí resultaba atractivo pues tenía algo que los demás no poseían, y era esa forma de mirarla.
El muchacho iba muy de vez en cuando al local, y ella empezó a ver que daba igual que fuese acompañado por amigas o amigos, pues él siempre la observaba. -
- Eso es porque al hombre le gustaba ella, abuela. -
- ¡Chiquilla, pero me quieres dejar contar el cuento! -
- ¡Ay!, es que quiero saber lo que pasa, abuelita. -
- Y lo sabrás, pero déjame continuar. Como te decía, Javier, que así se llamaba el joven, cuando hablaba con ella intentaba que se sintiese a gusto, y la chica, que era muy inteligente, se dio cuenta enseguida.

Cierto día, él se las ingenió para saber la dirección de su domicilio, y le envió una nota haciéndole un comentario sobre una anécdota de la que ambos se rieron la noche anterior. Pero Javier no recibió contestación. Tras un mes, volvió a hacer lo mismo, pero esta vez le dijo que quería tomar un café con ella para poder conocerla mejor. -
- Te lo he dicho abuela, porque le gustaba la muchacha - y tras la mirada reprobadora de la mujer mayor por haberla interrumpido de nuevo, la niña añadió - ya me callo, abuela.
- Pero él tampoco obtuvo respuesta esa segunda vez, así que esperó otros dos meses para enviarle otra nota bromeando pidiéndole que le contestara, porque tras su aparente seriedad era un hombre simpático y le encantaba reír. Pero por tercera vez se quedó esperando una réplica que nunca llegó, así que pensó que quizás la estaba molestando y decidió no enviarle nada más. Sin embargo, justo dos meses después de la última carta, se enteró de que ella tenía novio. -
- ¡Hala! - dijo la pequeña abriendo mucho la boca y poniéndose ambas manos en las mejillas.
- Sí, así es. Entonces él le volvió a mandar otra misiva pidiéndole disculpas, pues se sentía mal porque no sabía que tuviese pareja y le había dicho que deseaba conocerla. El muchacho estuvo semanas sin ir al bar, pues no quería incomodarla. Además, esperaba que al no verla, probablemente dejaría de pensar tanto en ella.

Finalmente volvió, y notó que la chica le recibió de una manera más fría que antes, por lo que entendió que seguramente había leído su último escrito. Era normal, ella tenía novio y él debía apartarse, como es lógico, por lo que aquella actitud distante de la muchacha fue aprovechada por el joven para comportarse como un cliente más, educado como siempre, pero sin mirarla igual que antes. Él pensaba que quizás era lo mejor. Pero ahora era ella quien le observaba, y a veces le contestaba de manera seca, como si estuviese enfadada con él.

Poco tiempo después llegó la Navidad, y mientras la joven besaba felicitando las fiestas a Malena y Josué, amigos de Javier y también clientes habituales, él guardó las distancias y tan solo le dijo un escueto “Feliz Navidad” mientras esbozaba una leve sonrisa.
Aquello disgustó bastante a la muchacha y cuando volvió a verle una semana después en la noche de fin de año, le trató con rostro serio y sin apenas mirarle. Javier, que era un hombre muy observador, se percató al instante, así que para no incomodarla más, la siguiente vez que se acercó a pedir una copa lo hizo por la otra parte del mostrador para que le atendiese otra camarera, al tiempo que ella no le quitaba ojo de encima con expresión malhumorada.

Cuatro días después, Javier recibió una llamada de su amigo Josué, en la que este le contó que la noche anterior había estado con Malena en el bar, y que la camarera se encontraba allí pero no trabajando, sino de celebración con otras amigas, y al parecer se acercó a ellos dos para preguntarle por él y hasta se justificó por no haber contestado las notas por correo que le envió Javier. Incluso dijo que no le importaría tomarse aquel café con él. Josué y Malena se quedaron muy sorprendidos. Pero Javier, a pesar de que sonrió al conocer la noticia, prefirió no decirle nada porque seguía esperando que le contestase directamente a él. Además, ella tenía novio, por lo que no le parecía ético volver a sacar el tema. -
- ¿Qué es ético, abuela? -
- Es cuando haces lo moralmente correcto. -
- No lo entiendo. -
- A ver cómo te lo explico…Es como cuando os llevo un pastel a ti y otro a tu hermanito. ¿A que no está bien que le quites a él su pastel? -
- No, abuela, no está bien. -
- Pues eso es ser ético, hacer lo que piensas que es lo correcto. -
- ¡Aaaah! - exclamó la niña.
- Pues como te decía, Javier decidió no decirle nada, pero al saber que ella había preguntado por él, sin darse cuenta comenzó a crecer de nuevo en su interior el interés por la chica.
La muchacha, cada vez que él iba al bar, hacía todo lo posible por entablar conversación. -
- ¡Abuela!, ¿entonces a ella le gustaba Javier? -
- Pues…-
- Él no se llamaba Javier, sino José - interrumpió un hombre mayor entrando en la estancia.
- ¡Anda!, ¿tú también te sabes ese cuento, abuelo? -
- Claro que sí - dijo este sonriendo y guiñando un ojo a la mujer.
- Pero abuela, no me has contestado. ¿A la muchacha le gustaba Javier?...Digooo, ¿José? -

En ese momento, el sonido rítmico de un claxon en la calle hizo brincar a la chiquilla, que gritó en dirección a la puerta:
- ¡Mami! -
La abuela se rio negando con la cabeza y diciendo:
- Mírala, qué loquilla es, no para. -
- ¿Y de qué te extrañas?, ha salido a su abuela - dijo el anciano mirándola de soslayo con un brillo especial en los ojos. -
La chiquilla se volvió antes de salir del salón y dijo:
- Abuela, mañana me terminas de contar el cuento, ¿vale? -
- Sí, cariño, te lo contaré, pero solo si me das un beso. -
La niña anduvo rápidamente el camino de vuelta hacia su abuela y se abalanzó sobre ella dándole un fuerte beso en la mejilla.
- Anda, ve con mamá - y la chiquilla corrió alocada de nuevo hacia la entrada de la casa diciendo:
- ¡Hasta mañana, abuelita! -
- Hasta mañana, Noelia - contestó la abuela sonriendo a la vez que apoyaba la cabeza en el pecho de su esposo, mientras José la rodeaba lentamente con el brazo.

Pepe Gallego


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