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miércoles, 7 de agosto de 2024

"Conciencia"

El repiqueteo sobre el techo del coche era incesante. Colocó el silenciador, se caló el sombrero y salió. Anduvo rápido bajo la intensa lluvia y se adentró en el callejón. Se pegó a la pared andando con sigilo y se apostó a una distancia prudencial, justo detrás de unos contenedores. 


Al fondo del angosto pasaje, solo rompía la penumbra la débil luz de un candil sobre la puerta trasera del restaurante en el que estaba cenando Jimmy Belloti. Conocía a Jimmy de cuando ambos pertenecieron al mismo Don, hasta que Belloti quiso ascender y formar su propia “familia”, así que evitaría salir por la puerta principal por si algún matón le sorprendía a la entrada del restaurante. 

 No tardó en aparecer con su amante, dándole una generosa propina al portero. Avanzó con la chica agarrada del brazo y al llegar a su altura, Mike salió de la oscuridad y descerrajó un tiro en plena frente al sorprendido mafioso. La chica gritó enloquecida pero la sangre de Jimmy Belloti ya serpenteaba arrastrada por la lluvia sobre el sucio suelo. 

 Entonces Mike tomó conciencia de lo que acababa de hacer. Siempre había sido el chico de los recados del Don, nunca uno de sus matones, pero quería ascender. Y ahora, al ver que acababa de matar a una persona, sintió náuseas y un profundo arrepentimiento. 



 En ese instante, un golpe en la ventanilla del coche le sacó de su ensimismamiento. Era Calógero, otro de los chicos del Don. 

 — ¡Eh Mike, aborta! Parece ser que Belloti no tuvo nada que ver en la masacre de anoche. — 

 Mike, se sintió aliviado de no tener que cometer el crimen, y entendió que aquella vida no era para él, así que decidió marchase de la ciudad para siempre y cambiar de nombre. 

Pepe Gallego

lunes, 22 de julio de 2024

"Encontrado"


Un extraño y rítmico roce alertó sus sentidos. Intentaba que sus ojos buscaran un resquicio de luz, pero la plena e inquietante oscuridad apresaba absolutamente todo. La terrible sensación de estar ciego escaló su garganta para exhalar un angustioso grito, pero las cuerdas vocales tampoco respondían. No podía entender que no pudiera moverse. ¿Qué era aquello? ¿Acaso una pesadilla demasiado real? 

Mientras pensaba esto, algo llamó su atención. El rítmico ruido cesó y se oyeron unos susurros que no entendía. ¿Quién emitirá esas amortiguadas voces? ¿Serían fantasmas? ¿Y si era su propia conciencia la que estaba actuando? Su mente galopaba a una velocidad inusitada y seguramente su corazón estaría a punto de salírsele del pecho, aunque tenía la extraña y hasta perturbadora sensación de que no se encontraba en su caja torácica. Tenía un intenso dolor en la pierna, pero ¿Por qué? No entendía nada. Sentía ganas de llorar, pero no lograba hacer brotar las lágrimas. 

Divagando en sus cada vez más alteradas elucubraciones se quedó, al tiempo que al otro lado del sarcófago Howard Carter entregó la brocha a su ayudante y sonrió en la penumbra de la cámara de la tumba KV62, mientras unos lamentos ahogados barrían El Valle de los Reyes sin ser oídos por nadie excepto por quien los emitía, la momia del faraón Tutankamón. 

 
Pepe Gallego

viernes, 1 de enero de 2021

“El accidente”

Día presente. Laboratorio de Los Álamos, Nuevo México, Estados
Unidos.

El hombre, de unos cuarenta años de edad, entreabrió los ojos pero todo estaba borroso, la luz era escasa y sintió mareo, así que los volvió a cerrar. Tras unos segundos oyó una voz amortiguada, parecida a la que suele oírse cuando hablan los astronautas:
—¿Puede oírme, señor Yamada? Maldita sea, cuanto calor desprende, se puede notar incluso a través del traje. Conecte el aire acondicionado, Hawkins. 
El hombre tumbado en la camilla metálica giró la cabeza esforzándose en volver a abrir los ojos, viendo que una silueta alzaba un brazo y un pequeño punto de luz rojo pasaba a iluminarse de azul.
Al instante, comenzó a notar la refrigeración enviada por el aparato de aerotermia aliviando su ardiente cuerpo, pero un destello oscilante le hizo cerrar de nuevo los ojos.
—Tranquilo, tan solo es mi linterna tratando de comprobar su estado —oyó decir de nuevo a aquella voz hueca— en su expediente dice que usted habla inglés, así que supongo que me entiende.
—Sí —balbuceó Isamu— ¿Dónde estoy?
—Le responderé a su debido momento. Ahora, dígame cómo se encuentra.
—Mareado.
—Sí, le tuvimos que gasear para poder trasladarle hasta aquí cuando le sorprendimos durmiendo en su escondite del bosque Aokigahara.
Isamu Yamada abrió por tercera vez los ojos y comenzó a ver con más nitidez. La voz que le hablaba era la de un hombre enfundado en un traje aislante, como el que suelen usarse en los sitios donde se desata algún virus pandémico o en las áreas radioactivas de lugares que albergan energía nuclear. Eso lo conocía muy bien el propio Isamu pues los había utilizado en el que fue su trabajo.
—¿Por qué me han detenido? ¿Qué ha pasado? —El japonés decía esto mientras miraba y movía sus muñecas y tobillos apresados por grilletes metálicos unidos a la camilla.
—Tranquilo, estamos aquí para ayudarle. Soy el teniente médico James Doherty. Dígame, ¿de verdad no recuerda usted nada?
Isamu miró a su interlocutor y con lentitud negó con la cabeza.
—Haga un esfuerzo, por favor. Necesitamos comprender su patología y por qué sigue vivo tras el accidente de 2011.
Las palabras de su interlocutor activaron inmediatamente los recuerdos de su cerebro y, tras unos segundos con la vista puesta en un punto indefinido de la sala, miró al teniente médico y dijo:
—¿De verdad quiere saberlo? —Y ante el gesto afirmativo de este, una extraña sonrisa se dibujó en la faz de Isamu Yamada antes de decir— Creo que no le va a gustar lo que va a oír. Todo empezó
cuando hablaba con mi compañero, Masao Tanaka…

11 de marzo de 2011. Central nuclear Daiichi, Fukushima, Japón, 14:45 horas.

—¿Cómo se te ocurre traer eso aquí? ¿Te has vuelto loco?
—Tranquilo, Masao, tan solo quiero que el superintendente conozca de primera mano mi proyecto científico para que me ayude a presentarlo al gobierno. Si lo hago por mi cuenta no me harán caso.
—Pero, ¡Te pueden despedir! ¡Sería una deshonra para ti y tu familia! ¿Acaso no te importa eso?
—¡Mi proyecto es el trabajo de mi vida! ¿Es que no lo comprendes? Trabajar aquí es solo eso, un trabajo. Un buen trabajo, eso sí, pero no me hace feliz y además es demasiado peligroso, siempre esperando que no ocurra algo que ponga en peligro nuestras vidas. En cambio, creo que cuando el superintendente escuche lo que tengo que contarle acerca de mi suero regenerador, sin duda me apoyará para convertir mi sueño en realidad.
—Ya, pero debes entender…
En ese momento, una tremenda sacudida interrumpió la conversación y alguien en la sala gritó:
—¡Terremotooooo!
Masao se agarró a una columna de hierro y con los ojos desorbitados miró a Isamu, al que el temblor había sorprendido y desequilibrado haciéndole caer, para posteriormente agarrarse a la parte baja de una escalerilla de metal anclada a la pared. Fue un largo y brutal terremoto de intensidad 9,1 en la escala Richter, el mayor sufrido por el país del sol naciente hasta la fecha. Seis minutos en los que todo quedó a oscuras. Se oían gritos, lamentos de personas impactadas por objetos. Cuando el temblor cesó, los generadores diésel auxiliares se activaron automáticamente como estaba previsto, devolviendo la luz al lugar y mostrando el espectáculo dantesco en que se había convertido la central nuclear: Gente con piernas fracturadas, personas con graves heridas que emanaban abundante sangre, había operarios en shock que deambulaban de un lado para otro desorientados, otros trataban de ayudar a sus compañeros heridos. Todo era caos.
—Isamu, los reactores nucleares —dijo asustado Masao.
—Tranquilo, si ha vuelto la luz es que los generadores auxiliares están funcionando y enfriarán los núcleos de los reactores. Vamos, tenemos que ayudar a esa gente.

Pasaron unos cuarenta minutos de incertidumbre, con los servicios médicos de las instalaciones a pleno rendimiento, y donde la información era escasa o imprecisa. Se decía que los reactores uno, dos y tres, que eran los que se encontraban en funcionamiento, al parecer se habían apagado automáticamente y no había peligro inminente. Otro compañero comentó que los sismómetros estaban calibrados para enviar de forma automática un mensaje de SOS en cuanto detectan un terremoto. Pero todo eran suposiciones, no había nada oficial o seguro. De pronto, un compañero entró corriendo por el pasillo gritando:
—¡Tsunami!¡Salid de aquí, se acerca un tsunami!
La gente comenzó a correr hacia las salidas, pero de pronto Isamu dijo:
—Continúa, Masao, ahora te alcanzo.
—Pero, ¿adónde vas? —Preguntó este confuso.
—No puedo dejar mi proyecto aquí. ¡Vete!
—¡Morirás!
—¡Márchate ya!
Isamu se dio media vuelta y desapareció por el pasillo ante la impotencia de su compañero, que le gritaba en la oscuridad que volviera y saliese de allí. Segundos después, una ola gigante de quince metros, más del doble de alto del rompeolas, se estrelló contra la central nuclear de Daiichi, inundándola y llenándola de sedimentos de todas clases; desde cascotes de cemento de los muros de contención hasta coches, árboles y cualquier otra cosa que arrastró a su paso, incluidas personas que se vieron sorprendidas y no tuvieron tiempo de huir. Los generadores auxiliares quedaron inservibles y todo se descontroló. Isamu, que cerraba su taquilla portando en su mano la cajita que supuestamente debía contener el almuerzo, pero que en realidad ocultaba las inyecciones con el suero regenerador, o como él solía llamarlo “su proyecto”, al alzar la vista vio como llegaba la riada interior de manera inexorable y le barrió con violencia arrastrándolo por los pasillos, golpeándolo contra barandillas, paredes, puertas e incluso otros compañeros, hasta llevarle a una sala colindante a uno de los reactores donde yació inconsciente.
No supo valorar cuántas horas permaneció en ese estado, pero despertó a causa de una tremenda explosión generada por el hidrógeno que había escapado de la válvula de contención de uno de los reactores. Mojado y con dolores por todo el cuerpo de los golpes sufridos durante el arrastre de la riada, se incorporó a duras penas hasta quedar sentado esperando a que la vista se le adaptara a la poca luz. Le dolía la mano, y al mirarla comprendió que era por la fuerza con la que todavía tenía asida la cajita con su proyecto. Pero no solo observó eso, afloró el horror en su expresión al ver las pústulas y llagas que le estaban apareciendo en brazos y piernas, probablemente debido a los gases tóxicos inhalados, la radiación o la combinación de ambas. Se levantó tambaleante y buscó en derredor algún lugar donde poder verse el rostro, pero estaba demasiado oscuro. Llegó, no sin dificultad, hasta una puerta entreabierta. La empujó oyéndose caer una silla que había apoyada tras ella. Era un pequeño vestuario pues había en él chaquetas colgadas y otras pertenencias del personal que trabajaba en esa zona de la planta. Buscó a tientas hasta dar con un espejo, pero seguía estando demasiado oscuro para poder verse reflejado. Pensó en la luz que la pantalla del teléfono móvil podría proporcionarle y se palpó hasta sacarlo del bolsillo, pero estaba totalmente mojado y apagado, así que eso no le servía. Recordó la pequeña linterna llavero y la sacó del otro bolsillo de su pantalón, apartó las tintineantes llaves y la luz bañó el lugar lo suficiente para llevar a cabo la acción que deseaba, pero casi hubiese sido mejor no hacerla porque al verse en el espejo fue mucho peor de lo que pensaba. Las llagas y pústulas le desfiguraban el rostro. Se palpó la cara con una mano y las uñas se le comenzaron a desprender. Su cuerpo se descomponía por momentos y empezó a asumir que no saldría vivo de allí.
El teniente médico James Doherty, alzó una mano deteniendo el relato de Isamu, y preguntó:
—Si lo que cuenta es cierto, no comprendo cómo logró escapar de allí, y menos aun que además sobreviviera. Debería haber muerto.
—Sí, eso sería lo lógico, pero cuando ya estaba entregado a tal hecho recordé mi proyecto del suero regenerador. Solo lo había probado en ratones pero ¡Qué demonios! Ya estaba condenado, así que si tenía que morir, sería junto al trabajo de mi vida.
—¡Vamos, hombre! —Le interrumpió entonces Doherty— No nos querrá hacer creer que le funcionó, ¿verdad? Sería usted un Premio Nobel de Ciencia, amigo mío, y en tal caso habría buscado ese reconocimiento en vez de esconderse en un bosque.
—La prueba de que funcionó es que sigo aquí, vivo. Pero ha acertado usted en las otras suposiciones, habría sido más rentable para mí buscar ese Premio Nobel, pero antes debía comprender y controlar los efectos secundarios que me originó la combinación del suero y la radiación recibida aquel día.
—Sí, ya veo que tiene una temperatura corporal muy alta.
—Ese solo es uno de los efectos, doctor, pero veo que no se plantea las preguntas adecuadas.
Ante la mirada interrogativa del teniente médico, Isamu Yamada preguntó:
—Dígame, ¿por qué han ido a buscarme y me han secuestrado para traerme aquí? En aquel accidente murieron alrededor de dieciséis mil personas, ¿por qué preocuparse precisamente de mí, y de qué modo han logrado encontrarme?
—El compañero del que usted hablaba, Masao Tanaka, insistió mucho en buscarle tras el accidente, y dado que su cuerpo nunca apareció, él reveló a las autoridades japonesas que usted preparaba un suero regenerador que quería presentar al gobierno. Sus compatriotas, apelando a nuestra experiencia, nos pidieron ayuda para dar con su paradero, ya que la única explicación con una base lógica era que hubiese sido engullido por el mar al retirarse las aguas. Nosotros manejábamos la misma teoría y nunca dimos demasiada credibilidad a la historia contada por el señor Tanaka, pero decidimos no descartar otras hipótesis e hicimos lo más sencillo en estos casos, poner en seguimiento continuo a su amigo por si en algún momento usted intentaba contactarle, ya que había confiado en él anteriormente para contarle los pormenores de su proyecto secreto.
Durante años, no encontramos nada sospechoso en él ni en su comportamiento, pero hace unas semanas observamos que comenzó a hacer visitas regulares al bosque de Aokigahara, por lo que le
seguimos a cierta distancia y vimos que siempre llegaba hasta una cabaña muy adentrada en el bosque. Finalmente, decidimos detenerlo e interrogarlo hasta sonsacarle la información sobre ello. Él nos dijo que hace unos meses que usted le contactó y que accedió a proporcionarle regularmente una serie de productos químicos y material de laboratorio que le solicitaba. Nos aconsejó que si íbamos a la cabaña, que lo hiciésemos a primera hora de la mañana, ya que usted deambulaba durante la noche por el bosque y solía acostarse al amanecer. También nos dijo que extremáramos la precaución porque usted era peligroso, de ahí que no quisiéramos arriesgar y preferimos gasearle para poder traerle con nosotros sin poner en peligro su integridad física ni la nuestra.
—Entiendo. ¡Vaaaaya, vaya! Así que el bueno de Masao se ha ido de la lengua, eh. Tendré que hacerle una visita.
—No creo que eso vaya a ser posible, señor Yamada. Su gobierno nos autorizó a traerle aquí e investigar las causas de su supervivencia y el motivo de su abastecimiento de productos químicos. También se le harán una serie de pruebas para comprobar la veracidad de lo que nos contó su amigo acerca del suero, así que sinceramente no creo que salga de aquí en mucho tiempo.
—¿Qué se apuesta? —Rebatió pensativo Isamu. El médico rehusó contradecirle y se limitó a cruzar la mirada con su ayudante, Hawkins.
—Contésteme a otra cosa —comenzó a decir Isamu Yamada— ¿Sabe por qué sobrenombre es conocido el bosque de Aokigahara?
—Sí, “El bosque de los suicidas”, ¿por qué?
—¿De verdad piensa que allí van tantos suicidas cómo se dice?
—No logro comprenderle.
—Es muy sencillo. Muchas personas, mayoritariamente jóvenes, van por el morbo, o bien por haber apostado a que no se atreverán a entrar e incluso acampar allí para pasar la noche. Otras personas melancólicas van a mitigar sus pensamientos negativos pero realmente no tienen la intención o el valor para suicidarse. Sin embargo, como también sabrá, una gran mayoría de los que allí acceden, desaparecen, y ahí es donde entro yo —y dijo esto último esbozando una inquietante sonrisa.
—¿Insinúa que los secuestra?
—No exactamente.
—¿Me lo aclara, pues?
—En el bosque no hay tiendas, amigo. Yo tengo que comer.
—¿Me está diciendo que roba la comida que lleven y luego les mata?
—No, la comida son ellos mismos.
—¿Qué? —Balbuceó el médico con el rostro demudado.
—¿Por qué se asusta, Doherty? ¿Nunca ha probado la carne humana?
—Es usted un monstruo —y dicho esto miró hacia el espejo doble que servía de ventana de control para observar a los pacientes, y ordenó— ¡Gaséenle!
—Eso no le servirá esta vez, doctor. Una de las habilidades que me confirieron el accidente y el suero, es hacer que mi cuerpo aprenda a repeler lo que una primera vez le afectó.
Varios chorros de humo salieron del techo, el suelo y las paredes inundando la sala, haciéndola irrespirable y sin poder ver a un palmo de distancia. Tras un minuto, se fue disipando y para sorpresa del doctor, Isamu Yamada continuaba mirándole sonriendo.
—Pe, pero…¿Qué clase de aberración es usted?
—Ha cometido un terrible error trayéndome aquí, doctor. Además, debió hacerlo con mi suero, pues potencia pero a la vez controla lo que creció en mi interior aquel trágico día del accidente nuclear de Fukushima. Debió dejarme en mi bosque investigando mis habilidades y el modo de revertirlas para volver integrarme en la sociedad sin levantar sospechas, pero ya es tarde para eso y ahora va a morir. De hecho, todos los que se encuentren en este lugar e intenten detenerme de una u otra forma, perderán la vida, empezando por ustedes dos.
Y dicho esto, su rostro comenzó a crisparse y enrojecerse, su cuerpo se tensó y apretó los puños haciendo acopio de fuerza. Sus muñecas comenzaron a tomar un color anaranjado desprendiendo un calor brutal hasta hacer que sus grilletes metálicos se fundieran derritiéndose y liberándolo. Antes de que Hawkins llegara a la puerta, un brazo candente atravesó su espalda saliendo por su pecho, para después recibir un mordisco brutal de unos afilados dientes que decapitaron al hombre salpicándolo todo de escarlata. Petrificado de terror, el teniente médico James Doherty se santiguaba al ver que Isamu Yamada, o el ser en que se había convertido, se giraba hacia él mientras las sirenas de alarma resonaban por toda la instalación de Los Álamos…

Pepe Gallego

martes, 26 de diciembre de 2017

"Milagro en la ciudad"

La noche caía sobre la ciudad con ese helado manto tan característico del último mes del calendario. El constante ir y venir de personas deambulando por las calles, la luminosidad de los adornos navideños, o los atascos de tráfico con sus habituales discusiones, constituían el marco habitual de aquellas fechas tan entrañables como alocadas. Todos corrían de un lado para otro. Unos, por llegar a algún comercio antes del cierre donde poder hallar, antes de que fuese demasiado tarde, un regalo. Otros, se afanaban por encontrar aparcamiento y de ese modo poder llagar a la reunión anual de amigos donde desconectar tomando una copa, reír y contar aquellas clásicas anécdotas comunes. También estaban los padres y madres, que con sus hijos de la mano, luchaban por mantener celosamente su sitio en la cola que finalizaba ante el cartero real. Allá donde la vista alcanzara, la prisa era el denominador común. Una prisa que a veces sacaba a la luz la parte más mezquina de las personas. Eso es lo que pensó Merche, la mujer que vendía castañas asadas en la acera opuesta a la de donde se representaba un Belén viviente, observando a aquella gente que guardaba cola apartarse y hacer gestos o comentarios despectivos hacia un anciano vagabundo que pasaba junto a la fila pidiendo una moneda para, según él, comer algo caliente junto a su amigo, un mugriento perrito que caminaba a su lado. Nadie le dio nada, e incluso hubo gente que le increpó para que se marchara.
—Pobre hombre —pensó Merche mientras veía desaparecer al final de la esquina al singular dúo.

Pasaron unas horas y el bullicio había cesado, apenas algunos transeúntes rezagados y coches salteados pululaban por el lugar.
—Vaya, es hora de irse —comentó Merche para sí misma mirando la hora en la pantalla del teléfono móvil.
Hacía rato que había apagado el fuego y esperaba que la cacerola, con un puñado de humeantes castañas aún dentro, se fuese enfriando para poder recoger y marcharse. Se quitó el delantal distraídamente y comenzando a ponerse los guantes miró hacia su izquierda y vio al anciano con su perro llegar por la acera, pararse ante un recoveco de la puerta de la oficina de Correos. Dejó caer unos cartones, se recostó sobre una roñosa manta y albergó en el regazo a su peludo compañero, desabotonándose el raído abrigo y metiéndolo dentro, para compartir con el tembloroso animal el poco calor que su cansado y escuálido cuerpo desprendía.
Merche pensó en darle algunas monedas al anciano, pero siempre andaba justa de dinero y además aquella no estaba siendo una buena semana, pues no solo no había vendido suficientes castañas asadas, sino que encima el arrendador le había amenazado con desahuciarla si no pagaba parte de los tres meses de alquiler que adeudaba.
En ese momento, unos destellos azules le sacaron de su ensimismamiento. Un coche de la policía local se detuvo junto a la acera de Correos, y la pareja de agentes se acercó al vagabundo.
—Abuelo, no puede usted quedarse ahí.
—Solo necesito pasar aquí la noche, agente. No molestaré a nadie.
—Pero hombre, no es porque vaya a molestar a alguien, es que está prohibido y además se va usted a congelar.
—No se preocupe por mí, estoy acostumbrado.
—Pero… —El agente iba a rebatir las palabras del vagabundo, pero fue interrumpido por el crepitar de la radio del coche de policía que atendió su compañero.
—Es la central, quieren que nos personemos allí para realizar un servicio.
—Pero, ¿qué hacemos con este hombre?
En plena conversación de ambos policías, Merche se arrimó al anciano con una botella de agua y un cartucho humeante hecho de papel de periódico. Agachándose junto a él, dijo:
—Tome usted, abuelo.
—Muchas gracias —contestó el vagabundo, y al mirarle a los ojos Merche pudo ver unos vivaces ojos azules que sin embargo le dieron la sensación de tener una edad indeterminada, incluso mucho más anciano de lo que su ajado rostro indicaba.
—Ha tenido usted un bonito gesto, señorita —comentó el agente más próximo— ¿le conoce?
—No, no me conoce —se apresuró a decir el anciano sin dejar contestar a la muchacha— pero me encantaría conocerla. ¿Cómo te llamas, hija?
—Merche.
—Bueno, nosotros nos marchamos. Por hoy le dejo quedarse, pero mañana deberá buscarse otro lugar donde pasar la noche, ¿de acuerdo?
—Descuide, mañana ya me habré ido.
El policía creyó notar algo extraño en las palabras de aquel viejo, pero fue apremiado por su compañero y se montó en el coche patrulla desapareciendo por la esquina de la avenida.
El viejo miró de nuevo a la chica y dijo con dulzura:
—Así que mi bonita ángel se llama Merche…No lo olvidaré.
—Ande, cómase las castañas que aún están calientes —contestó la muchacha y con una sonrisa se alejó para emprender el camino a casa.

A la mañana siguiente, la discusión de los vecinos la despertó. Los tabiques eran, como ella solía decir, de papel de fumar.
—¡Eres idiota! ¿Todavía no te has enterado de que eso nunca toca?
—Pero mujer, ¡si no juegas, entonces seguro que nunca te toca!
—¡Pero si eres un cenizo, nunca te toca ni lo metido!
—Esta vez he estado cerca. Mira, yo llevaba el 14578 y ha salido el 12677. Por tres euros casi nos hacemos millonarios.
—¿Qué te has gastado tres euros en eso?
—Era el cuponazo del viernes, ¿qué querías que hiciera?
—¡Que los guardaras, imbécil!
—El día que me toque ya verás a dónde te manda este imbécil —dijo murmurando.
—¿Qué has dicho?
—No, nada mujer, que si quieres que te lleve al mercadillo.
Sonriendo, Merche se fue al baño para darse una ducha y volver a la calle a ver si tenía un buen día y podía pagar al casero algo de lo adeudado, por lo menos para que la dejara pasar las fiestas en paz.

Una hora después, tras desayunar y escuchar la comedia en la que se habían convertido las continuas discusiones de los vecinos, salía de casa con dos bolsas de castañas en dirección a donde tenía encadenado el pequeño carro de metal donde asaba su producto para vender a la gente. Al cruzar la calle miró instintivamente hacia la oficina de Correos y vio un tumulto de gente. Se acercó a ver qué ocurría y la congoja se anudó a su garganta al ver al anciano tumbado en el suelo y al perrito gimoteando al lado. La chica no pudo reprimir las lágrimas que surcaron sus mejillas.
Segundos después, llegó un coche patrulla y el agente, curiosamente el de la noche anterior, se acercó al hombre arrodillándose junto a él colocándole los dedos sobre el cuello, mientras otro compañero trataba de dispersar a los curiosos. Tras unos segundos, alzó la vista hacia este e hizo un gesto de negación. Merche se tapó la cara y comenzó a llorar apartándose unos metros del cadáver, al que el perrito aún le lamía las manos.
Una ambulancia paró junto al coche de policía, bajándose una mujer menuda que portaba en su chaqueta el enunciado de médico de guardia, junto a un enfermero y el propio conductor. Al examinar el cuerpo, vio rápidamente que el vagabundo mantenía su mano izquierda cerrada. Al abrírsela no sin esfuerzo, vieron que tenía un papel doblado y arrugado. El policía lo tomó y al leerlo se quedó sorprendido. Se alzó, buscó a su alrededor y encontró a la muchacha entre sollozos. Se dirigió a ella y preguntó:
—Perdone, no estoy seguro pero anoche me pareció oír que usted se llama Merche, ¿es así?
Ella asintió enjugándose con un pañuelo de papel la congestión que el llanto había provocado en su nariz.
—Pues entonces creo que esto es para usted —contestó el policía extendiéndole el papel arrugado.
La chica, con una mezcla de sorpresa y miedo, cogió el papel donde efectivamente se encontraba escrito su nombre, y al desdoblarlo leyó en voz alta:

“Cuando leas esto significará que ya me he ido, tal y como le dije esta noche al policía. Por favor, cuida de Coco, es un perro muy cariñoso y no se merece morir de frío y hambre en las calles.”

La muchacha miró al agente dándole el papel y asintiendo.
—¿Entiendo que usted se hará cargo del animal, señorita?
Ella volvió a asentir.
—Es usted una buena persona.
No contestó nada, se acercó hacia el vagabundo al que ya alzaban los enfermeros sobre una camilla, metiéndolo en una bolsa negra de plástico que cerraron con una cremallera y atándolo fuertemente con correas para subirlo a la parte trasera de la ambulancia. Merche se agachó y no tuvo ni que intentar ganarse a Coco, él solo le echó las patitas delanteras para auparse a sus brazos.
El otro agente trataba de echar a los morbosos.
La muchacha se olvidó del trabajo e incluso de las bolsas de castañas, las cuales dejó junto al carromato, y se apartó del lugar bajo la atenta mirada del policía, cruzando la calle con Coco en el regazo y torciendo la esquina en dirección a casa.
—¡Pero qué coño!
El improperio llamó la atención del agente, que se giró hacia la ambulancia.
—¿Qué ocurre? —Preguntó la mujer médico al conductor, que era quien había soltado la expresión y se mantenía con una pose de brazos abiertos y con incredulidad en el rostro, al tiempo que decía:
—¡Que no está!
—¿Qué es lo que no está?
—¡Qué va a ser, joder, el viejo!
—Pero ¿cómo no va a estar si acabamos de atarlo, subirlo y no nos hemos apartado de…—intervino el enfermero pero no había acabado aún su alegato cuando corroboró— ¡Coño es verdad, no está!
Ambos policías, los tres integrantes de la ambulancia y una veintena de personas, asomaban sus cabezas al cubículo de la ambulancia y veían que la camilla solo portaba un saco negro aún amordazado con la cremallera cerrada pero plano, como si nunca hubiese habido una persona en su interior.

Mientras tanto, ajena al suceso, Merche llegó a casa, se fue directa al baño y mientras se quitaba el abrigo y la bufanda, dejó llenándose la bañera con agua templada. Minutos más tarde, cogió en brazos a Coco y comenzó a apartarle el andrajoso pelo para quitarle el collar y poder bañarlo, pero notó que en un lateral del collar tenía un trozo de plástico atado con gomillas.
—¿Qué tienes aquí, Coco? ¡Vaya! Está muy bien atado.
Finalmente, consiguió soltar el mugriento plástico de las gomillas y vio que era una bolsita con otro papel enrollado dentro. Lo desplegó y al ver lo que era, la faz de Merche se demudó y sus ojos se agrandaron al ver cinco dígitos; uno, dos, seis, siete y de nuevo siete.

Pepe Gallego

miércoles, 29 de marzo de 2017

“En el limbo”

Una lucha encarnizada en un interior cada vez más desolado, pues gana batallas pero comienza a perder la guerra. Vida recuperada al recordar una mirada sostenida en la empedrada penumbra entre cruces y santas, un reproche por la rudeza que hizo sonreír, un beso enviado en la madrugada que sueña con ser real.
Pero solo son recuerdos cercanos de un despertar de sensaciones que hacía años pensaba muertas. Ilusiones que ansían agarrarse a una oportunidad de demostrar que al fondo de las tinieblas, más allá de las oscuras cicatrices, aún late un débil resplandor que una vez tuvo, pero cuyo retuvo solo podría ser despertado por una sonrisa del averno.

Algo cambió, sin embargo, que heló aquel sueño. Tristeza carnavalesca maquillada de sonriente exterior de cartón. Como agua entre los dedos se escapa la impotencia, volviendo a abrazar el silencio y una fría distancia que al menos no lacera.
Tal vez, de ese modo, mate definitivamente el débil resplandor al fondo de las tinieblas. Pero de qué sirve mantenerlo latente si no brilla en sus ojos…

Pepe Gallego

Licencia de Creative Commons
"En el limbo" by Pepe Gallego is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

jueves, 9 de febrero de 2017

“Siempre”

9 de febrero, siempre un día especial. No por ello te tengo en el pensamiento más que el resto de días. Pero hoy, como cada 9 de febrero, necesito decirte tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Te sigo encontrando en mis sueños con esa media sonrisa tuya tan clásica, cada vez que yo soltaba alguna de mis payasadas. Y te sigo viendo porque para mí jamás te has ido, ya sabes que no podría permitirte eso sin antes agarrarme de tu mano para acompañarte.

Siempre soportando la carga de todos, siempre el faro de tus niños. Ansío ese día en que te vuelva a ver para poder devolverte todo cuanto me diste a cambio de nada. Nunca podré agradecerte lo suficiente el haberme inculcado tantos valores que me han convertido en el hombre que soy. Jamás podré besarte lo bastante para compensar el amor de tus besos que no merecía, pues casi nunca los correspondía por esa forma de ser mía tan descastada. Ya me conoces, el mismo bruto de siempre…Pero no me lo tengas en cuenta, algo debía tocarme por parte del viejo, ¿verdad?
Sin embargo, todo esto no impide que te lleve conmigo, aunque no lo diga, aunque no lo aparente. La condena de seis letras se llevó tu cuerpo hace tiempo, pero nunca podrá arrancarte de mi pecho.

No puedo extenderme más, ya sabes que en estos casos me posee una corbata que se anuda con facilidad. Pero sí voy a terminar deseándote, como cada 9 de febrero, feliz cumpleaños.
Quédate conmigo, tú eres esa luz que ilumina hasta mis días más oscuros. Siempre conmigo, siempre a mi lado…

Pepe Gallego

lunes, 16 de enero de 2017

"Inocencia"

Sin mediar palabra, me mordió el labio inferior estremeciéndome. Ya no me avergüenza decir, cosa que omití en su día, que temblaba levemente por la emoción y también por el miedo, pues no podía creer que mis fantasías de adolescente hacia mi idolatrada vecina Inocencia, aquella viuda de severo porte, se estuviesen convirtiendo en realidad. Notaba cómo sus turgentes senos se apretaban contra mí, a la vez que la cremallera de mi pantalón crujía intentando retener lo que ya no podía ocultar por más tiempo. Con delicadeza y sin dejar de mirarme, la abrió liberando a su inquilina, se acomodó sobre mi cintura dejando que me colase en su húmeda esencia, y sentí el espasmo de su cuerpo cuando con ambas manos le apreté las nalgas hacia mí. Jadeó de placer al embestirla con fuerza, mientras mis diecinueve años, ironías de la vida, dejaban atrás la inocencia.

Pepe Gallego

miércoles, 11 de enero de 2017

“El reflejo”


Apuñala mis ojos un reflejo que me mantiene obnubilado, absorto entre su brillante belleza y el miedo que apresa mis sentidos. No puedo moverme, tan solo mis desorbitados ojos capturan aquella visión que debería ser una pesadilla irreal. Pero estaba allí, mirándome a través del calmado reflejo que congelaba mi rostro.
¿Cómo he llegado a este punto?, ¿acaso lo pude evitar? El cerebro henchido de preguntas ansiosas por evocar las pertinentes respuestas me cuestiona sin cesar.

Frío. Sí, recuerdo que me desperté debido al entumecimiento que se había instalado en mi brazo izquierdo, el cual se hallaba por fuera del edredón. Debí destaparme durante la noche, así que mientras bostezaba y me quitaba los tapones de los oídos, introduje el brazo bajo las sábanas tratando de calentarlo. Estuve acostado algunos minutos más con los ojos abiertos, adaptándolos a la luz y armándome de valor para salir de la cama. Cuando finalmente lo hice, busqué atropelladamente las zapatillas dando pequeños brincos para evitar, en la medida de lo posible, la sensación helada del suelo de la habitación en mis desnudos pies. Temblaba espasmódicamente, por lo que traté de vestirme lo más raudo que pude con la ropa que utilicé la tarde anterior, pues únicamente me la había puesto para bajar a comprar al supermercado de la esquina, y aún permanecía colgada sobre el respaldar de una silla.
Poseía la mala costumbre de lavarme la cara y peinarme una vez vestido, en vez de hacerlo al contrario. Consciente de ello, varié mis hábitos al no ponerme la chaqueta, enfundarme la bufanda y coger llaves, móvil y cartera, como marcaba mi rutina diaria, y opté por entrar primero al cuarto de baño. Se me había olvidado dejar puesto el termo eléctrico, así que hube de asumir el tremendo desafío que suponía enjuagarme la cara con agua fría, teniendo en cuenta la baja temperatura reinante. Bueno, dentro de lo malo, debo decir que con ella logré mi propósito de espabilarme, aunque es difícil saber si fue debido a ello o por la extraña visión que tuve al levantar la cabeza. Por un segundo creí contemplar tras de mí una sombra de globos oculares abultados que me miraba a través del espejo, pero tras cerrar los ojos un par de segundos, volverlos a abrir y comprobar que tan solo veía el reflejo de mi rostro con las facciones hinchadas por el reciente sueño, comprendí que todo había sido producto de mi imaginación. Con el líquido elemento y un peine traté de aplacar el rebelde pelo que la mullida almohada había encrespado, y una vez conseguido no sin cierto esfuerzo y una pizca de paciencia, me envolví en las prendas de abrigo aventurándome al exterior y pensando en el sobresalto que me había llevado momentos antes con la sombra reflejada.
A pesar de los escasos grados me gustaba pasear por las mañanas, sobre todo ahora que me encontraba desempleado. Para mí era como una forma de cargar las pilas antes de afrontar las vicisitudes que el resto del día tuviera a bien plantearme.

Había salido del portal y bordeaba los setos en dirección a la verja que separaba el bloque de pisos de la calle. Pulsé el botón de apertura y un chasquido metálico me indicó que la cancela ya estaba abierta. Salí y en mi primera ojeada pude saborear el manto grisáceo que saludó el despertar de los fuenlabreños. Serían las ocho de la mañana y hasta ese momento no había reparado en que el ajetreo bullicioso de cada viernes, con repartidores acelerados por cumplir su itinerario de trabajo, o personas que andaban arriba y abajo abasteciéndose de compras para el inminente fin de semana, el ambiente destilaba una extraña calma, casi como los amaneceres de domingo en los que el silencio tan solo era interrumpido por el pedaleo de algún tempranero ciclista aficionado, o la cantinela ininteligible de algún juerguista rezagado.
No sabría decir por qué, pero tenía la impresión de que algo no andaba bien.
Atravesé la zona de aparcamiento entre los coches, que mostraban en sus empañados parabrisas la condensación por la helada nocturna, y al bordear uno de los vehículos vislumbré en el suelo una mancha seca, rojiza y oscura, que dejaba un reguero como si algo hubiese sido arrastrado. No creí oportuno pensar que fuese la consecuencia de una reyerta porque habría percibido algún ruido o vocerío durante la noche, aunque la verdad es que suelo dormir con tapones, por lo que era probable que no hubiese sentido ni oído nada. Pero de todos modos habría señales de presencia policial o acordonamiento de algún tipo, sin embargo no era así. Decidí seguir el rastro hasta la esquina del supermercado, pero allí se acababa bruscamente. Era extraño, pero tal vez montarían en un coche o ambulancia a la persona o animal que dejaba aquel rastro. Inmediatamente pensé que quizás estaba divagando demasiado y tan solo era pintura o algún producto que se le derramó a alguien.
Desistiendo de sacar más conclusiones sobre la susodicha mancha que a nada me llevaban, continué ascendiendo por el pequeño repecho de la Calle Luxemburgo, torciendo posteriormente por la Calle Bélgica hacia la izquierda y dejando a mi derecha el supermercado, pero todo permanecía solitario. Desde que salí de casa, anudándome la bufanda al cuello ante el gélido despuntar del alba, no me había cruzado con nadie. El Parque de Europa, junto al que transitaba caminando en ese instante, tampoco era una excepción. Hallábase vacío y tan carente de movimiento que parecía un decorado. Ni siquiera el habitual y alegre trinar de los pájaros que acompañaban las primeras luces del día, habían hecho acto de presencia en la desolación del lugar. Tan solo, a lo lejos, un rumor amortiguado llegaba hasta mis oídos, pero sus decibelios eran de una potencia ínfima como para hacerme una idea de la naturaleza o procedencia del mismo.
Imbuí las manos en los bolsillos de mi chaqueta corta, elevando un poco los hombros para tratar de retener una pizca más de calor corporal con el que combatir al intenso frío, y dejé que el vaho escapara a través de la tejida lana de la bufanda tras la que ocultaba nariz y boca, formando una densa bocanada parecida al humo que desprende una taza de cacao caliente.

Quietud, eso es lo que encontraba a cada paso. Mirase donde mirase, solo apreciaba la misma sensación de soledad, amparando aquel paraje desértico, y a mi modo de ver presidido por una tensa calma. Todo era como un pueblo fantasma sacado de un relato de terror. Sonreí al pensar en lo bien que lo habría descrito el maestro de Providence.
Pensando en ello, la mueca de sonrisa que mi boca dibujaba se fue difuminando tras la prenda de abrigo, pues fui consciente de que el único sonido que retumbaba en la vacía calle era el rítmico roce que provocaban mis zapatos en la acera al caminar. Estaba empezando a inquietarme, y a pesar de ser una persona que disfrutaba de mis momentos de incomunicación en los que daba rienda suelta a mis pensamientos, sueños y desvaríos, deseaba cruzarme ya con alguna persona. Sin embargo, conforme avanzaba, tan solo lograba sentirme cada vez más solo. Pero al mismo tiempo, comenzaba a notar que aquel rumor que escuchaba en un primer instante, aunque seguía estando lejano parecía hallarse más cerca, o al menos eso era lo que percibía yo. Tampoco habría que descartar a la propia sugestión, pues podría estar jugándome una mala pasada. Es fácil dejarse atrapar por la alerta que el cerebro crea ante un contexto y entorno que una situación nos puede provocar.
De pronto, un ruido a mí derecha hizo que me girara sobresaltado. Tardé unos segundos en localizarlo. Por una ventana abierta de par en par en el tercer piso del bloque que se hallaba al otro lado de la calle, apareció una mujer con ojos desorbitados que gritó:
—¡No!, ¡Dios mío, ayúdame!
Apenas me dio tiempo a asimilar los gritos de la señora, cuando algo que estaba tras ella en el interior de la vivienda, pero que no pude ver por estar en penumbras, alzó su cuerpo por encima del alféizar y este surcó el aire chillando hasta que el golpe sordo y seco sobre la acera hizo que el alarido cesase bruscamente.
Me quedé petrificado sin saber qué hacer. Mi primer instinto fue mirar hacia la ventana para ver al causante de aquella barbarie, pero nadie había en ella. Entonces decidí acercarme a socorrer a la mujer por si aún conservaba la vida. Al rodear el coche aparcado, vi su cuerpo estrellado en el pavimento junto a la pequeña valla de hierro rojizo que separaba los lindes entre la calle y la zona de viviendas. Era dantesco, su cabeza estaba destrozada y todo se hallaba salpicado de escarlata, por lo que comprendí que ya nada se podía hacer por ella. Las náuseas treparon peligrosamente desde mi estómago a la garganta. Me sentía impotente, primero porque no había nadie a quien pudiera acudir en busca de auxilio, y segundo por no poder evitar el fallecimiento de aquella señora que para colmo, y aunque solo pude ver su rostro unos instantes antes de caer, me resultaba extrañamente familiar.

Obligué a mis entumecidas piernas a moverse y me marché al trote de nuevo hacia la acera del parque, tratando de alejar mi vista de tan horrenda visión mientras sacaba mi móvil del bolsillo delantero izquierdo del pantalón para llamar a la policía, pero la pantalla destelló una potente luz, crepitó y de su altavoz comenzó a escucharse una respiración profunda y entrecortada, como de un animal que acecha a su víctima agazapado en una oscura cueva. Al instante, un halo eléctrico de brillante color verde rodeó el teléfono acalambrando mi mano, lo que provocó que lo soltase de inmediato y que cayera irremisiblemente, quedando diseminadas por el suelo tanto la batería como la tapadera posterior, al igual que varios trozos astillados de la carcasa y del cristal de la pantalla. Pero lo más inquietante era que el aparato continuaba funcionando, iluminado, rodeado de finas líneas eléctricas como si de un experimento de Nikola Tesla se tratara, y emitiendo aquel espeluznante aliento.
Me hallaba observando alucinado cuando de entre los árboles que rodeaban el parque, inició su serpenteo sinuoso una densa niebla aparecida de la nada, como si la propia vegetación la estuviese expulsando. Estaba tan atento al cambio repentino que se estaba produciendo a mí alrededor, que no había reparado en que aquel ruido amortiguado que llevaba oyendo casi desde que torciese por la esquina junto al parque, se escuchaba un poco más cercano. Pensé que debía proceder del final de la calle, pero no estaba seguro del todo. Dudé entre continuar o dar media vuelta e ir a casa a llamar desde allí a las autoridades a ver si sabían qué estaba ocurriendo, pero acabé descartando esa opción casi de inmediato, pues al mirar atrás todo se hallaba envuelto en la niebla y apenas lograba ver tres o cuatro metros más allá de mí en todas direcciones, excepto hacia el final de la Calle Bélgica. Estaba claro, no me quedaba otra cosa que continuar en la trayectoria de la cual yo intuía que provenía el extraño sonido.

Avancé por la calle, girándome a cada momento para otear la espesa bruma esperando ver algo que se me abalanzase. El miedo estaba germinando en mí al no saber qué me acechaba al siguiente paso. ¿Quién o qué lanzó a aquella mujer por la ventana? Aún guardaba en mi retina su desesperada petición de auxilio divino que por desgracia no llegó. Sacudí mi cabeza para centrarme en salir de aquella situación.
No había duda, el zumbido cada vez era más audible, lo que significaba que me estaba acercando a él. No podía ser de otra manera, la niebla se arremolinaba en torno a mí a excepción del frente que estaba diáfano, con una mortecina y grisácea luz diurna, pero completamente despejado.
Apenas veía el cartel debido a la espesura blanca, pero debía estar cerca de la pastelería, de la que en esos momentos me debería llegar su inconfundible aroma a pan y pasteles recién hechos. Tampoco oía el bullicio de la gente desayunando en el bar adyacente, con sus comentarios futboleros o las tertulias en que se arreglaba el mundo entre bocados de tostadas y sorbos de café, pero seguía sin llegar nada a mis oídos.
Todo era de una terrible calma que tan solo había sido rota, al menos en lo que a mí respecta, por la brusca muerte de la señora al caer desde la ventana.
¡Dios!, no podía quitarme de la mente la horrible visión de la mujer inerte en la acera. ¿Cómo iba a imaginar tal suceso cuando me disponía resueltamente a salir de casa?... Y por supuesto, tras ver todo lo que estaba aconteciendo, ya no tenía dudas sobre la mancha oscura con su reguero arrastrado que vi al abandonar el aparcamiento junto a mi bloque. Nada de pintura o cualquier otro líquido, era sangre, ¡estaba seguro!
¿Por qué no decidí volver a casa en el instante en que noté que algo no iba bien?... Siempre anteponía mi maldita manía por tratar de no alarmarme, de buscar una explicación elemental a todo lo que ocurre, de utilizar el raciocinio a una situación que francamente no tenía visos de ser lógica.
Sea cual fuere el motivo de tan singulares y extraordinarios sucesos, ya era demasiado tarde y no podía volver. Lo que quiera que fuese aquello que había apresado Fuenlabrada, jamás me permitiría desandar mis pasos, estaba completamente convencido de ello.
Mis ojos giraban frenéticamente de un lado a otro tratando de encontrar un vestigio de humanidad, o bien de mirar al terror cara a cara antes de que todo terminase y me diera muerte, pues tenía la certeza de que así acabaría ocurriendo.
Por mi mente correteaba velozmente la imagen de aquella sombra de ojos abultados que vi mientras me lavaba la cara en el espejo del cuarto de baño. Empezaba a creer que quizás no fue un producto de mi imaginación y sentí un escalofrío tan solo de pensarlo.
Una risa aniñada me sacó de mis enredadas cavilaciones. Detuve el paso tratando de escuchar su procedencia. Entonces caí en la cuenta de que venían de la escuela infantil ante la que ya debería estar transitando. ¿Cómo era posible que en aquella vorágine hubiese niños divirtiéndose como si tal cosa?
Era tal mi desconcierto, que tras discernir unos segundos llegué a la conclusión de que cualquier cosa era mejor que continuar rodeado de la amenazadora niebla. Me armé de valor y fui hacia la otra acera con la esperanza de encontrar vida. Si había infantes en edad de guardería, también era muy probable que estuviese alguna profesora. Tan solo era pensarlo y ya sentía alivio.
Al cruzar la calle, fui divisando poco a poco el cartel celeste y blanco de la escuela, con su dibujo caricaturizado de Charles Chaplin sobre fondo color canela en el centro. Al llegar a solo un par de metros de las ventanas del parvulario, las risas cesaron de inmediato. Agucé el oído para tratar de captar algo, pero la nada fue lo que recibí por respuesta. Aunque los cristales estaban empañados por la condensación que el frío y la niebla estaban ejerciendo sobre ellos, se podían vislumbrar pegadas por dentro algunas florecitas de colores recortadas, que a buen seguro eran el producto de las manualidades que el centro había creído oportuno imponer como actividades a los pequeños.
No dejé que el silencio soterrara mis esperanzas y decidí rodear los setos para encarar la blanca cancela de entrada lateral, que se hallaba entreabierta. Al observar el interior, pude ver un patio del que no lograba divisar el fondo al encontrarse inundado de niebla. El escenario se hallaba en un absoluto silencio, pero aun así permanecí inmóvil unos segundos más asegurándome de ello.
Decidido a adentrarme en el lugar, di dos pasos en dirección a la puerta de acceso a la guardería y volví a detenerme a escuchar. Nada, todo continuaba con un mutismo total. Respiré hondo y caminé lo que me quedaba hasta llegar, pero al hacer el amago de llamar me di cuenta de que la puerta solo estaba entornada, lo que indicaba definitivamente que el centro era operativo en esos momentos.
Tratando de dominar mi creciente temor, empujé la hoja con los dedos y esta cedió fácilmente emitiendo un pequeño chirrido de bisagras. Aunque la luz era escasa, la visión era buena comparada con la poca visibilidad exterior. Con cautela, me adentré en la estancia y recibí de inmediato la tibieza que probablemente desprendían los dos radiadores dispuestos en la pared frontal y derecha. El suelo estaba enmoquetado con un puzle de letras de colores en gomaespuma, y había piezas de madera de todas las formas geométricas esparcidas por él. En un rincón se encontraban algunos juguetes apilados, todos claramente didácticos, y las paredes pintadas de un suave color amarillo estaban decoradas con recortables de animales y flores de vivos colores. Un poco más allá en una esquina de la sala, se hallaba un perchero con abrigos pequeños colgados. Todo parecía normal excepto lo más importante, la ausencia total de niños.
¿Dónde estaban?, yo los escuché reír, y viendo el interior de la guardería con los radiadores encendidos y las prendas colgadas, era evidente que no podían andar lejos.
Entonces, como ocurre cuando notamos que alguien nos observa, viré la vista a la izquierda hacia donde estaba instalada la pizarra, y vi lo que había sido dibujado en ella. Noté que el labio me temblaba y cómo la sangre se retraía de mi cara dejándola macilenta.
Allí, torpemente ilustrada en el encerado como la haría la mano de un crío pequeño, estaba la silueta de la sombra de ojos abultados que había visto por la mañana reflejada en el espejo.
La angustia me comenzó a dominar y caminando hacia atrás sin dejar de enfocar la pizarra, llegué de nuevo a la entrada y sentí cómo se me erizaban los vellos de la nuca al escuchar a mis espaldas unas risas de chiquillos.
Lentamente, temiendo lo que me podía encontrar, giré la cabeza para mirar. Las burlonas risotadas de los infantes llegaban desde detrás de la espesa neblina al fondo del patio. Estaba agarrotado, parado ante el dintel de la puerta sin poder moverme. Me sentía atrapado. Miré de reojo hacia la cancela para iniciar la carrera y escapar de allí cuanto antes, pero en ese instante un raudo y rítmico rechinamiento me hizo escrutar las tinieblas del patio, viendo cómo emergía de entre la bruma un pequeño triciclo rojo que venía vertiginosamente en mi dirección. Salté hacia la cancela con una agilidad sorprendente, teniendo en cuenta el estado de shock en el que me encontraba, y escuché cómo el juguete se estrellaba contra el marco de la puerta en la que me hallaba momentos antes, al mismo tiempo que la cancela exterior se cerraba ante mí a toda velocidad.
Con todas mis fuerzas, tiré y empujé desesperado de sus barrotes repetidas veces para intentar abrir, pero era inútil. Mientras lo hacía gritaba pidiendo socorro con todo el torrente de voz que mi garganta era capaz de producir, a la vez que miraba atrás constantemente pero no lograba ver nada.
Resoplando, paré intentando recuperar el resuello. Tenía los dedos enrojecidos de mi violenta disputa con la verja intentando abrirla para marcharme. De reojo vi el triciclo rojo tirado de costado en el suelo con sus pedales todavía girando, pero las risas de los niños habían cesado. Estuve unos segundos inspirando y expirando violentamente hasta que recuperé un poco la calma viendo que el juguete se quedaba definitivamente parado. Respiré hondo una vez más e intenté pensar lo que hacer para huir de allí. Quizás la única manera de abandonar aquel lugar y llegar a la calle, era volver a entrar en la guardería y salir por una de las ventanas. Podría hacerlo si no miraba el dibujo de la pizarra que tanto me hacía palidecer. Al fin y al cabo solo era un dibujo, tenía que serenarme. Pero cuando comenzaba a hacerlo, llegó hasta mis oídos algo que me heló la sangre. Otra vez aquella respiración entrecortada casi gutural, que surgió minutos antes del altavoz de mi teléfono móvil, el mismo que funcionaba aun cuando estaba hecho pedazos. Pero ahora no sonaba metálico por emitirse a través del aparato, esta vez era real, muy real y llegaba desde la
estancia interior de la guardería. Aterrado, me apreté contra el frío hierro de la cancela, mientras esperaba ver aparecer de un momento a otro ese algo que acabase conmigo. Entonces, de manera inverosímil, la cancela cedió sin más y dando trompicones hacia atrás, me encontré de nuevo en la acera. Sin embargo, no me quedé a averiguar qué o quién emitía aquel sonido y corrí en dirección al final de la calle, tratando de alejarme de la guardería y la agobiante niebla.
Corriendo, mirando hacia atrás y transpirando profusamente, no sé si por la carrera, el miedo o ambas cosas, llegué a la rotonda y apoyé mis manos en las rodillas intentando recuperar el aliento. Tiré un poco de la bufanda para aflojarla y sosegar la sensación de asfixia, dejando que el aire llegara en mayor medida a las fosas nasales y el oxígeno transitara más fácilmente hasta mis pulmones. Sentía cómo el sudor corría por mi espalda empapándome la camiseta interior hasta alojarse en los riñones.
No llevaba en esa posición ni diez segundos cuando caí en la cuenta. El zumbido. Alcé la cabeza lentamente y mis ojos encontraron la magnífica Fuente de las Escaleras, que estaba enclavada en el centro de la rotonda y de la cual parecía proceder el sonido.
Como siempre, el agua salía de ella cayendo en forma de cataratas al suelo, pero su aspecto no era el habitual. Una gruesa capa de limo rezumaba por su estructura y ahora se asemejaba a aquellos lugares donde una edificación abandonada acababa siendo engullida por la naturaleza, dándole un aspecto sumamente peculiar.
Me percaté de que el zumbido había subido de intensidad, siendo ya más potente y rápido hasta el punto en que resultaba desagradable para el sentido auditivo. Ante aquel escenario no sabía qué esperar, pero mientras lo hacía noté que el agua se estaba deteniendo, caía como a cámara lenta. No salía de mi asombro al ver que el salto de agua usual de la fuente se estaba ralentizando, y fue aún peor cuando se paró definitivamente. Me froté los ojos, pues era incapaz de asimilar lo que veía. ¿Cómo era posible tal prodigio?
Pero no acabó ahí el fenómeno ni mucho menos, pues el agua comenzó a retroceder como si una invisible cinta transportadora la llevara de vuelta a la fuente, al tiempo que la niebla engullía la moderna escultura como si la estuviese arropando o escondiendo de algo.
Anonadado, asistí a ello con una mezcla entre pavor, incredulidad y estupefacción, sobre todo cuando el líquido elemento se combó hacia arriba y un caño enorme se dirigía desde la parte superior de la fuente hacia el cielo hasta perderse entre las nubes. Durante un tiempo que no podría determinar, pues no sé si fueron segundos o minutos, el chorro se mantuvo vertical hasta que el sonido cesó de pronto, las nubes se abrieron con una rapidez impropia para tal efecto meteorológico, dejando ver a pleno día la Luna en las alturas. Poco después la gravedad hizo su trabajo atrayendo hacia la tierra toda el agua. De súbito, un manto cristalino se desplomó permitiéndome apenas unos segundos para intentar protegerme del impacto cruzando los brazos ante mí. Cuando el torrente golpeó en la fuente y salió dispersada en todas direcciones con una fuerza inusitada, una de sus lenguas me alcanzó de lleno lanzándome a varios metros de distancia rodando por el suelo. Empapado, aterido de frío y dominado por el miedo, me comencé a levantar torpemente, tratando de recuperar la verticalidad y mirando hacia la Fuente de las Escaleras. La niebla se disipó deshaciéndose en algodonados jirones y entonces le vi aparecer escalando la estructura. El terror se apoderó de mí, sintiendo cómo la lengua se me pegaba al paladar y la boca perdía todo atisbo de saliva. Bokrug, con aquella mirada tan fría y amenazadora, me observaba directamente, como si me estuviese evaluando. El gran reptil acuático que habitaba en el lago de las tierras de Mnar, se había materializado increíblemente ante mí.
Me llegó en ese momento a la mente una revelación, pero no me dio tiempo a mucho más, pues la vista nublada es lo último que logro recordar.

Ahora, a punto de morir tirado en este frío charco de agua, veo esa revelación. Desde su mudez, sin emitir sonido alguno, unos rostros verdosos de ojos abultados, extrañas orejas y labios gordos y blandos, me observaban a través del reflejo ondulado. Era una visión tan horrenda, que no cabía en mí otro sentimiento más que la repulsión. Y lo peor de todo es que no podía dejar de mirarlos, era como si me encontrara hipnotizado por una fuerza oscura que dominaba mi cerebro. Probablemente mi cordura penda de un hilo en estos momentos, o por ventura haga algún tiempo que la perdí y me hundo cada vez más en los abismos de una conciencia perturbada y volátil. Ya no puedo dar nada por cierto, pero tampoco desterrar los hechos que acabo de relatar en un bis a bis con mi propia mente. ¿Será capaz alguien o algo, quizás la ciencia avanzada, de conseguir extraer de ella esta historia?... Sinceramente, lo dudo mucho. Además, siento que mi suerte ya está echada y la condena me rodea con sus putrefactos y viscosos tentáculos, ansiando finiquitar en mí todo vestigio de esperanza.
Sí, ya todo está perdido, aunque tal vez debería ser sincero y admitir que en lo más profundo de mí ser, intuía el final desde el mismo momento en que me vi reflejado aquella mañana en el espejo del cuarto de baño…

—¿Quién es este?, me suena su cara.
—¿En serio no recuerdas quién es?
—Ya te digo que creo haberlo visto antes, pero no lo pongo en pie ahora mismo.
—Es aquel tipo que salió en las noticias hace unos meses. Fue encontrado en la Fuente de las Escaleras.
—¡Ah, sí!, creo que ya recuerdo. Decían que estaba obsesionado con las historias de miedo de un escritor o algo de eso, ¿no?
—Sí, uno antiguo. No consigo acordarme ahora de cómo se llamaba, pero creo que era un hombre raro y poco sociable. Supongo que se identificaría con él.
—Sí, ninguno de esos tipos acababan bien de la cabeza, compañero. Recuerdo que vi un documental de la película de “Drácula”, y decían que el tío que escribió el libro original al parecer terminó viendo vampiros por su dormitorio. Que desastre…
—Bueno, supongo que mucha gente leerá esos libros y no por ello pierden la cordura. En mi opinión, esas cosas le ocurren a gente que ya está predispuesta a ello o que tienen una tara mental que en un momento dado de sus vidas se termina manifestando.
—Puede ser. Oye, cambiando un poco de tema, nunca he visto a nadie visitarle, ¿tiene familia?
—¿Familia?, veo que no recuerdas bien el caso.
—¿Por qué lo dices?
—Vamos, sigamos haciendo la ronda que se hace tarde. Te lo iré contando por el camino, no me gusta hablar de sus temas ante ellos. Quién sabe hasta qué punto pueden oírnos.

El blanco nacarado presidía las paredes de la estancia, mientras por la enrejada ventana se colaba el tibio sol de la tarde, rompiendo ese aire lúgubre que el cuarto tenía en los días grises que aquel crudo invierno había adoptado como habituales. El pijama celeste era testigo perenne de la situación irreversible de su estado. Ojos hundidos carentes de pestañas y con unas marcadas ojeras, delgadez casi famélica, tez mortecina… Daba miedo comprobar cómo se consumía su salud y se le extinguía la cordura, pues el muchacho tan solo tenía una obsesión, una ocupación. Durante las horas en que el sueño de los narcóticos no le vencía, observaba casi sin pestañear aquel pequeño espejo instalado en su habitación del sanatorio de salud mental, esperando volver a ver el reflejo que una vez surgió de él. Un reflejo que le arruinó la vida pero al que ya no juzgaba, simplemente lo esperaba. O quizás sería más adecuado decir que lo anhelaba. Ya solo tenía ojos para él, pues fue lo último que su mente captó antes de que la tormenta se instalara perpetuamente en ella.
Especialistas nacionales e incluso algunos foráneos de la más alta reputación, fueron incapaces de obtener nada de su mente. Intentaron todo tipo de técnicas, desde el hipnotismo hasta las regresiones, pasando por tratamientos experimentales no lesivos para su integridad física, pero todo fue inútil. Tan solo reaccionaba con ira, llanto e incluso agresividad cuando le era sustraído aquel espejo. Nadie sabe lo que ocurrió en el cerebro del chico en aquella fría mañana de diciembre, para que se desencadenara tan horrendo suceso. Cuando la policía lo encontró, estaba tumbado sobre un charco de agua bajo la Fuente de las Escaleras, con los ojos desorbitados y su teléfono móvil hecho trizas junto a él. Tras comprobar su cartera y obtener la documentación, llamaron a su casa pero nadie contestaba. Tuvieron que forzar la puerta para entrar y lo que encontraron fue realmente dantesco. En el cuarto de baño, el espejo hecho añicos. Junto a su cama tirado en el suelo, un volumen gastado y amarillento con las páginas arañadas y parcialmente arrancadas, de un relato que llevaba por título “La maldición que cayó sobre Sarnath”. Y en mitad del pasillo, un triciclo rojo volcado. Del mismo partía un reguero de color escarlata que llegaba hasta la cocina, y al final del cual se hallaban su madre, padre y hermana pequeña, que yacían inertes y con los ojos vidriosos.

Pepe Gallego