sábado, 14 de septiembre de 2013

"Sin aliento" (Capítulo III)



Capítulo.3 - “Corre o muere”


Miró a su alrededor y se mordió el labio contrariado por no poder llevar a cabo el plan que en su mente ya tenía trazado, que consistía en correr cuando se lo dijeran pero engañarles volviendo sobre sus pasos rodeando aquella explanada, y mientras ellos iban en su busca seguidamente coger la camioneta e ir a Anchorage a denunciar, eso si no conseguía encontrar antes al guardabosques.
Una especie de bufido tras de sí le sacó inmediatamente de sus pensamientos. Se quedó paralizado. A sus espaldas, algo resoplaba y caminaba hacia él. Sin querer hacer un movimiento brusco, ladeó un poco la cabeza para mirar por el rabillo del ojo. La hierba crujía tras cada pisada de lo que se acercaba por su retaguardia. Sin poder detenerse a mirar, Eddie echó a correr hacia la planicie sin saber a dónde dirigirse, pues el miedo había alertado su aparato locomotor, pero su cerebro no alcanzaba a discurrir una idea concreta, solo correr. De un salto, se aferró a una rama baja de un árbol para alzarse al mismo, pero esta no era demasiado gruesa e inmediatamente cedió al peso de Eddie, que apenas tuvo tiempo de balancearse en la misma cuando se notó atraído por la gravedad terrestre. A plomo, cayó al suelo de espaldas costándole unos segundos poder recobrar la respiración. Olvidándose del golpe, miró atrás nervioso y lo que observó le hizo maldecirse a sí mismo. Con la cabeza alzada masticando hierba, un caribú le miraba curioso sin inmutarse del lugar desde el cual había iniciado la carrera.
- ¡Seré gilipollas, me cago en la leche! - masculló Eddie levantándose trabajosamente y despegando los pegotes de fango adheridos a la parte posterior de sus pantalones, tras el costalazo en el fracasado intento de huida.
El caribú, continuó a lo suyo bajando la cabeza y engullendo más hierba.

El chico se ajustó la mochila a la espalda, echó un vistazo a su alrededor y decidió ir hacia abajo del claro, pues era evidente que subir la pendiente que acababa de bajar rodando no era buena idea, y menos sabiendo que desde ese sentido debían llegar aquellos maníacos armados hasta los dientes para darle caza. Así pues, echó a trotar yendo hacia la zona boscosa, pues recordó algunos documentales de los muchos que solía ver tomando el tentempié en la conserjería en la que trabajaba en Detroit, en los cuales explicaban que habitualmente encontrar algún riachuelo y seguirlo no solo era una manera de no perderse, sino que además era sinónimo de agua y comida, algo vital cuando se está perdido. 

Llevaba un rato abriéndose paso entre la flora que inundaba el lugar, cuando cayó en la cuenta de que a cada paso el follaje se hacía más espeso y complicado de atravesar y, al mirar hacia atrás comprendió lo necio que había sido, pues el reguero de plantas torcidas y pisoteadas que estaba dejando tras de sí era un rastro tan evidente, que hasta él siendo un tipo de ciudad podría seguir fácilmente para encontrar a quien lo iba dejando. Debía apartarse de ese sitio y buscar un sendero de más fácil acceso y por el que pudiese moverse más rápido, pues hacía ya unos minutos que no trotaba, solo andaba y apartaba ramas, cosa que le estaba ralentizando si quería sacar ventaja a aquellos energúmenos que probablemente ya habrían partido en su busca. Aunque claro, salir de allí era sencillo de decir, pero complicado de lograr. Hacia atrás por donde había venido no podía volver desde luego, porque perdería todo lo avanzado. Además, aquellos tipos eran expertos en caza y conseguirían llegar hasta él si no aceleraba el paso hacia otra dirección en la que no dejase rastro, o al menos no tan evidente.
A su derecha, observó que la frondosidad forestal era algo menor, así que decidió cambiar el rumbo tratando de buscar una zona menos poblada de vegetación y que le permitiese avanzar más deprisa, así que apartó unos helechos y continuó la marcha.


* * * * * *


- Mira esto, Chazz - señaló Dyami - aquí debió caer el negrito grandullón. Sus pisadas se alejan hacia aquel claro.
- Sí, será fácil rastrearle, sus pisadas dejan una huella bastante pronunciada. -
- Tienes suerte, amigo - comentó Marvin mirando al caribú que pastaba tranquilamente a unos metros - si no fuese porque la otra presa nos interesa más, ya estaría despellejándote para poner tu carne al fuego. -
- Si supiese lo cerca que está de la muerte, estaría mucho más asustado y no andaría pastando tan tranquilo - dijo Brandi.
- ¡Bah!, ¿asustarse? - respondió TJ - este estará acostumbrado a ver excursionistas de esos a los que les gusta salirse de la ruta preestablecida. Eso sin contar que no sea uno de los ejemplares que se pasean por las calles de Anchorage como si tal cosa. -
- Dejad al maldito caribú, ¿queréis? - intervino Chazz - tenemos un asunto más importante que tratar. Vamos a dividirnos. Yendo los cinco juntos nos puede localizar más fácilmente para ocultarse. Además, así cubrimos más terreno y evitamos que vuelva sobre sus pasos. -
- Yo iré solo - aseveró con determinación Dyami - de ese modo me moveré más rápido.
Chazz asintió con la cabeza y predispuso:
- Muy bien. Águila seguirá el rastro del chico. TJ, tú vendrás conmigo por el lado este. Marvin, Brandi, vosotros dos por el oeste. Tomad, estaremos en contacto con esto - dijo ofreciendo un walkie-talkie a la peculiar pareja formada por el hombre mayor y la chica, y otro a Dyami. Luego, abriendo una caja de municiones con unos cartuchos especiales de color amarillo, comentó - si os veis en apuros, disparad la pistola de bengalas para que sepamos dónde estáis. Pero ¡ojo!, solo en caso de extrema necesidad, no queremos que el guardabosques husmee por aquí, o en el peor de los casos envíe una patrulla de rescate, ¿entendido? -
- Yo no necesitaré eso - respondió de inmediato el indio - antes de que ese desdichado me pueda ver, ya lo habré ensartado con una de mis flechas. -
- Admiro tu confianza, pero insisto en que lleves el walkie-talkie, no quiero sorpresas desagradables - comentó Chazz.
- Venga, viejo - se dirigió Brandi a su compañero - vamos a cazar a ese puto indigente.
- Te ha dolido que te haya despreciado como mujer, ¿eh? - dijo con sorna TJ. Brandi le miró desafiante y sin apartar la vista, escupió tabaco mascado a los pies de él diciendo:
- Ya hablaremos tú y yo, picha floja. -
- ¡Uuuuh! - se cachondeó Marvin.
- ¡Eh! - saltó Chazz - esto no es un juego - y postrando la vista fijamente en Brandi le convino - id con cuidado.
La chica asintió levemente y se giró iniciando la marcha en dirección oeste con Marvin.
Dyami, sin mediar palabra avanzó a paso ligero siguiendo las huellas que se alejaban hacia el final del claro, desde donde se iniciaba el rastro de plantas torcidas y pisoteadas que había dejado el muchacho.
- Vamos - ordenó Chazz a TJ, tomando la ruta al este.

Mientras tanto, Eddie había conseguido salir de la parte más espesa por la que transitaba, caminando ahora con mayor rapidez y menos esfuerzo. Los arañazos que los arbustos habían producido en su rostro y manos le escocían al estar bañadas por la salinidad de su sudor. El chico comenzaba a resoplar, pues no estaba habituado a una actividad de esa índole. Sí, continuaba entrenándose en el gimnasio, pero a decir verdad hacía bastante tiempo que no realizaba ejercicios cardiovasculares como correr o hacer bicicleta, tan solo pesas y abdominales, y el ajetreo diario en su trabajo de conserje era casi nulo.
Apenas sin darse cuenta, había aminorado su cadencia de paso inicial debido al cansancio, y a pesar de que atravesar el paraje era menos fatigoso que minutos atrás, su ritmo estaba mermando. Se apoyó en un tronco para respirar hondo y entonces observó el entorno. Si no fuese por el momento crítico que estaba viviendo, el sitio era un paraíso de colores, de sonidos que llenaban de vida el lugar como el trinar de los pájaros, el mecer de las ramas de los árboles que provocaba la brisa, el canto de las cigarras, el arrullo de corrientes de agua…
En ese instante, volviendo a repetir mentalmente esas últimas palabras, Eddie comprendió que no debía de andar lejos de un río. Escuchó atentamente. Sí, no había duda, el sonido llegaba desde algún lugar a su derecha, así que bruscamente y con decisión se apartó del árbol para poner rumbo en busca de esa corriente de agua.
Pero en ese momento, un silbido rasgó el aire y algo impactó en el tronco haciendo que saltaran astillas.
Eddie, con los ojos desorbitados, observó la flecha que aún vibraba, y sin pensarlo dos veces echó a correr mirando atrás aunque no pudo ver a nadie.
El indio, que evidentemente sería el emisor de esa flecha con su arco de precisión, a buen seguro que le estaría observando desde su visor.
El muchacho, en su atropellada carrera tropezó con la raíz saliente de un árbol y estuvo a punto de caer, pero logró mantenerse en pie no sin esfuerzo. Cada cuatro o cinco zancadas, miraba hacia atrás esperando ver de un momento a otro alguna flecha volando hacia su cabeza. Frenó un poco su batir de piernas al llegar a un descenso pronunciado de unos cuatro metros, que bajó a trompicones agarrándose a las plantas que encontraba a su paso. Hacia la mitad, resbaló cayendo sobre el trasero y así llegó hasta abajo, deslizándose por el barro. Se irguió y continuó corriendo en post del resplandor que atravesaba un conjunto de árboles y, tras sortearlos, se alivió al ver el plateado brillo del río.
Esprintó hacia la orilla, formada en su mayoría por grisáceas piedras redondeadas por el desgaste y erosión del agua, y las quiso sortear tan rápido que pisó en falso una de ellas, desplazándose sobre las otras y originando que su tobillo derecho cediera hacia fuera cayendo de bruces.
No había tiempo para lamentarse y se levantó tan rápido como pudo. Cojeando ostensiblemente, se fue acercando al riachuelo para atravesarlo. El calado del río a esa altura era de poco más de un metro. Eddie, comenzó a avanzar y tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerse firme, pues el líquido elemento descendía con fuerza desde la caída que había a su derecha. Cuando ya estaba justo a medio camino, el ruido del gorgoteo del agua le impidió esta vez oír el silbido rasgando el aire. Tan solo sintió un impacto y un dolor indescriptible en el hombro izquierdo.
En esta ocasión el indio sí acertó. Las piernas del fornido muchacho flaquearon y su voluntad nada pudo hacer para no ser arrastrado por las bravas aguas.
- Al habla Dyami, ¿me recibís?, cambio. -
- Aquí TJ, cambio. -
- Le he acertado en un hombro, repito, le he acertado en un hombro, cambio. -
- ¿Cómo?, ¿le has dado, tío? -
- Trae - dijo Chazz arrebatándole el walkie a TJ de la mano.
- Al habla Chazz, confirma si le has herido, cambio. -
- Afirmativo. Mientras atravesaba el río, cambio. -
- ¿Dónde está ahora?, ¿le tienes localizado?, cambio. -
- No, tras el impacto se ha caído en el agua y esta lo ha arrastrado río abajo, cambio. -
- ¡Vaya! - dijo contrariado Chazz, y apretando el botón le comunicó al indio - Buen trabajo, Águila. Síguele río abajo, mientras tanto nosotros iremos en esa dirección y supongo que Marvin y Brandi no deben andar lejos, ¿verdad?, cambio.-
- Afirmativo - se oyó decir la voz de Brandi - vamos hacia abajo, a ver si se frena en la zona del estuario, cambio. -
- Bien, nos vemos allí, cambio y cierro. -
Chazz miró sonriente a TJ comentándole - ya ves chico, la diversión continúa. -
- ¡Sí!, vamos a cazar a ese mamón, le dije a mi madre que volvería para cenar su delicioso pastel de carne. -


* * * * * *


Mareado por el impacto de la flecha que llevaba alojada en el hombro, Eddie emergía y se zambullía constantemente en su rápido descenso río abajo, tragando agua sin cesar. Apenas le daba tiempo a ver nada a su paso, ni siquiera un saliente al que poder agarrarse. En uno de los muchos giros y volteretas a los que estaba expuesto, se acercó demasiado al fondo empedrado y la flecha tropezó con una roca rompiéndose por la mitad, provocando que la punta de la misma se retorciera bruscamente en el interior de la carne de Eddie haciéndole gritar de dolor, aunque su alarido quedó rápidamente aplacado por otra bocanada de agua. De hecho vomitó casi de inmediato. Continuó descendiendo un rato. De reojo, vio un borroso bulto marrón en los márgenes del río. Debía ser la base de un tronco que quedase de lo que una vez fue un árbol, pero estaba demasiado lejos para intentar agarrarlo. De súbito, un salto de agua le hizo caer a un nivel inferior y en la caída apoyó sus pies en el empedrado suelo. A duras penas logró ponerse erguido y lo consiguió gracias a que ahí la profundidad era de poco más de medio metro.
Las asas de la mochila se le habían salido de los brazos, pero esta permanecía sujeta aún por el broche de la cintura. Algunos peces de color rojizo saltaban en torno a él. Alcanzó la orilla como pudo, tosiendo, sentándose y palpándose el trozo de flecha que aún tenía clavada. Tuvo que morderse el labio para no gritar. Se miró la temblorosa mano teñida de sangre.
La herida le dolía hasta al respirar, pero ahora mismo su prioridad era escapar.
No obstante, necesitaba recuperarse de las náuseas y recobrar fuerzas para continuar su huida, así que decidió descansar un par de minutos antes de reanudar la marcha. Transcurrido dicho tiempo, apoyó la mano derecha en el suelo para levantarse, pero algo le pinchó haciéndole retirarla de inmediato. Una raspa de pescado había sido la causante de la punción.
Entonces, Eddie comenzó a mirar a su alrededor comprendiendo el lugar en el que se encontraba. Los peces rojos que saltaban remontando el río eran salmones, y aquella parte baja de agua y piedras era un estuario que, probablemente y a tenor de la espina de pescado con la cual se había pinchado y por otras que fue observando a medida que reparaba en los detalles, era un lugar donde algunos animales se alimentaban. ¿Y quién solía ir a los estuarios a pescar salmones?
- Osos - se dijo a sí mismo en voz baja como solucionando la conjetura. Ahora se le vino a la mente aquel bulto borroso que vio más arriba en un margen del río. Seguro que no era ninguna base de tronco y se alivió de no haber estado cerca para tratar de agarrarse, porque si aquello era lo que pensaba, él habría sido el salmón que pescara ese oso.
En ese momento se olvidó del dolor que invadía su hombro y trató de incorporarse, lo que consiguió a duras penas. Con el tobillo dolorido y la flecha clavada en el hombro, no llegaría demasiado lejos. Necesitaba encontrar algo que le procurase apoyo, un palo que le hiciera las veces de bastón o muleta improvisada. Pero también necesitaba pensar una estrategia que le permitiera dar esquinazo a sus perseguidores y seguir con vida. Se giró mirando en todas direcciones buscando el palo y decidió que sería más fácil encontrarlo bosque adentro.
- ¿Dónde crees que vas? -
La voz sobresaltó a Eddie. De entre los árboles de la otra orilla surgió la figura de Dyami empuñando su arco tensado apuntándole. El chico entendió que su suerte estaba echada y que ya no importaba nada de lo que acababa de pensar sobre estrategias.
- Ponte de rodillas - le ordenó el indio.
- Por favor, no me mates. ¡Esto es una locura, tío! -
- ¡He dicho que te arrodilles! -
El muchacho hizo caso lentamente, pues sabía que desde esa distancia no tenía escapatoria ante la destreza de aquel tipo. Este atravesó los ocho o diez metros de anchura entre una orilla y otra del río, destensó su arco, se lo colgó al hombro y sacó su pistola apuntando a Eddie. En ese momento la radio crepitó.
- Chazz al habla. Dyami, ¿alguna novedad? -
El indio apretó el botón del walkie y comenzó a decir:
- Sí, lo tengo delante y encañonado con la pistola. Voy a ejecutarlo ahora - pero detuvo sus palabras al ver el temblor incontrolado en el chico, con el espanto dibujado en su rostro y mirando en dirección a la espalda de su captor.
Un gruñido heló la sangre del indio que comprendió en ese instante lo que pasaba. Con lentitud, giró el cuello y su mirada se cruzó con la de ella. Una mirada agresiva acentuada por una cicatriz que atravesaba su ojo derecho, el cual tenía completamente blanco probablemente a causa de esa antigua herida.
Dyami no tuvo tiempo de alzar su pistola. La enorme osa grizzly se abalanzó sobre él derribándolo y mordiéndolo ferozmente. Los intensos y desesperados chillidos del indio inundaron el lugar y atravesaron el aparato que aún mantenía pulsado, haciendo que los gritos llegaran hasta las dos parejas de compañeros y que dejó a estos petrificados oyendo el receptor, justo cuando los alaridos se transformaron en un gorgoteo apagado y en un crujir de huesos bajo la poderosa mandíbula de la osa.
Eddie, totalmente horrorizado, se había ido arrastrando marcha atrás de la dantesca escena que le había tocado en suerte contemplar.
El cuerpo prácticamente inerte del indio, tan solo era sacudido ya por espasmos nerviosos y por la fuerza de las dentelladas del animal, que tenía teñida de rojo escarlata la cara y arrancaba un pedazo de carne de la garganta del desdichado Dyami. Lo que era un copioso festín para la descomunal fiera, para Eddie era una de las visiones más horrendas que jamás pensó que llegaría a ver tan de cerca.
De pronto, la osa alzó la vista y enfocó al muchacho. Con aquella terrorífica mirada semi-opaca, parecía indicarle que dominaba la situación. Pero no fue a por él, se quedó devorando a su presa. Eddie aprovechó para ponerse en pie, no sin dificultad pues le temblaban las rodillas de miedo, y comenzó a andar río abajo para apartarse de aquel lugar de muerte. Decidió que tal vez era mejor permanecer cercano al río, pero oculto entre el follaje colindante para no ser un blanco fácil. Mientras lo hacía, iba pensando que quizás aquel hijo de puta que estaba a punto de arrebatarle la vida había recibido su merecido. Pero aun así, no pudo refrenar un sentimiento de lástima ante la muerte tan espantosa que había tenido. Eddie, con un torrente de sensaciones atravesándole el cerebro, se preguntaba a sí mismo por qué la osa le había perdonado la vida. Entonces cayó en la cuenta. La herida. El animal se dio cuenta de que estaba herido y probablemente podría rastrear su olor en cuanto quisiera darle caza, por lo que de momento prefirió centrar su atención en la suculenta comida que representaba para ella Dyami.
Definitivamente debía apartarse de allí cuanto antes, así que corrió hacia el interior del bosque y se dirigió hacia la zona montañosa para intentar conseguir dos cosas; una cueva pequeña donde poder protegerse de la grizzly, pues a buen seguro iría en su busca, y un lugar alto desde el que poder hacer alguna señal de auxilio, ya fuese encendiendo un fuego o si llegase a nevar como se preveía, escribir un mensaje en la nieve que pudiese ser visto por alguna avioneta o helicóptero que sobrevolase la zona.
Estaba dolorido, fatigado, cansado y muy asustado, pero lo único que importaba en aquellos momentos era avanzar para tratar de salvar la vida. Resopló un par de veces mirando a su alrededor y continuó adentrándose en el bosque.


* * * * * *


Chazz, con la punta del cañón de su rifle, apartó las ramas de las plantas adyacentes al río. Lo que vio le dejó cariacontecido. Lo que quedaba de Dyami era un amasijo de jirones de carne sanguinolenta, huesos, trozos de ropa y pelo. Tenía el abdomen totalmente devorado, así como sus muslos y le faltaba el brazo izquierdo casi por completo. Probablemente la osa se llevó ese bocado para esconderlo y comérselo en otro momento. En su mano derecha, una de las pocas partes que había quedado intacta, los nervios le mantenían contraídos los dedos y continuaban pulsando el botón del walkie-talkie.
A un lado, Marvin vomitaba junto a la orilla del río mientras Brandi permanecía de pie masticando tabaco, tensa y mirando en todas direcciones con su rifle preparado para disparar. De la osa no había ni rastro.
- ¡Dios!, ¿quién podía imaginar algo así? - dijo TJ quitándose el sombrero de cowboy.
- Esto entraba en las posibilidades - contestó fríamente Chazz, que se agachó junto al cadáver y recogió el walkie, lanzándoselo a TJ y diciendo:
- Esto es una advertencia para todos. Somos cazadores, pero aquí los hay de otro tipo y también podemos ser presas, así que a partir de ahora andaros con mucho cuidado. El río y sus cercanías, especialmente los estuarios, son territorio de osos y a juzgar por el diámetro de las dentelladas, el que atacó a Dyami es de unas dimensiones considerables. Además, ya ha probado la carne humana - hizo una pausa para oscilar la vista de un compañero a otro y añadió - y si tiene la oportunidad querrá probarla de nuevo. -
Marvin, recobrando la entereza, tomó la palabra:
- ¡Eh, mirad! - dijo señalando el suelo - aquí hay un pequeño rastro de sangre que se aleja hacia el interior.-
- Eso debe ser el rastro del propio oso manchado con la sangre de Dyami - opinó TJ.
- No, las huellas en el barro de ahí delante son de zapatos, no de las zarpas de un oso - discrepó Brandi.
- Que cabrón…- comentó pensativo Chazz - sabe que si continúa por la dársena del río estará vendido, ya sea por convertirse en un blanco fácil para nosotros o bien para los osos. Vaya, vaya - sonrió irónicamente - parece que nuestro amiguito aprende rápido - y rascándose el mentón se dirigió a TJ - creo que esta noche no probarás el pastel de carne de tu madre, muchacho - y se acercó al cuerpo de Dyami arrebatándole el enrojecido arco.
- Pienso que al indio no le gustaría que su arco se separase de su cuerpo - dijo contrariado Marvin.
- Nos puede ser útil. Además, al indio lo último que le importa ya es su arco - contestó Chazz agachándose junto al agua y dejando que esta limpiase la sangre adherida al artefacto, al tiempo que comentó - pero si hay algo que le gustaría sin duda es que una vez le demos caza a ese negro, lo vengásemos ensartando su cuerpo con una de sus flechas. -
La idea pareció calar en TJ, Brandi y Marvin, que asentían pensativos.
- En marcha amigos, tenemos a un puto indigente al que cazar - y todos caminaron hacia el interior del bosque.

(CONTINUARÁ...)

Pepe Gallego

miércoles, 21 de agosto de 2013

"Sin aliento" (Capítulo II)

Capítulo.2 - “El abismo aguarda”


El ruido motorizado sorprendió a los presentes. Aunque algo lejano, se percibía perfectamente su llegada desde el camino por el que previamente había circulado la camioneta hasta aquella explanada de hierba. Todos miraban a Chazz con expresión tensa. El que daba síntomas de ser el líder de grupo, como calculando la situación, indicó con la mirada al indio en dirección a un promontorio cercano cubierto de vegetación, y este asintió con la cabeza, agarrando su arco y corriendo hasta perderse de vista entre los arbustos. Con otro gesto, Chazz señaló a los demás que bajaran las armas mientras él se colocaba junto a Eddie y pegaba a su espalda el revólver diciéndole:
- Si haces el menor movimiento o señal que delate la situación, te dejo seco. -
El muchacho miró brevemente de reojo y afirmó tragando saliva, mientras el sudor abrillantaba su frente. El sonido del motor cada vez era más cercano y pocos segundos después, por la última curva del camino, aparecía un quad conducido por un hombre de figura oronda. Se detuvo ya bien entrada la zona de hierba, paró el vehículo y descendió del mismo. Era un tipo blanco con perilla que portaba gafas de sol modelo aviador. Vestía cazadora color verde kaki, pantalones beige con bolsillos laterales y botas de cuero claramente preparadas para andar por aquellos parajes. Pero lo que más destacaba en él era su tamaño. Debía andar cerca de los dos metros, y aunque su prominente barriga le precedía, no era menos cierto que parecía ágil.
- Vaya, vaya, vaya, ¡qué sorpresa Bubba!, es el guardabosques más veterano, el que mejor conoce esta zona - le indicó sonriendo Chazz a Eddie, exhibiendo una facilidad teatral para cambiar de registro emocional realmente abrumadora. Volvió a girar el rostro hacia el guardabosques y preguntó:
- ¿Qué te trae por aquí, Bubba? -
- Eso mismo os iba a preguntar yo - contestó el gigantón.
- Lo de todos los años, ya sabes. Nuestra barbacoa de despedida del buen tiempo antes de que arrecie la primera nevada, que si no creo mal, debería caer mañana, ¿no es así? -
- Exacto, por eso estoy haciendo la ronda, para prevenir a la gente, especialmente a turistas con ganas de aventura, de que por favor salgan del parque lo antes posible, pues acabo de hablar con el servicio estatal de meteorología y me han comunicado que las precipitaciones se podrían adelantar a esta misma noche con un descenso de temperatura significativo. O lo que es lo mismo, que la nevada puede ser intensa e incluso mayor de lo que suele ser habitual en la primera de cada año. -
- Tranquilo, Bubba, nos marcharemos al anochecer. -
- ¿Quién es el nuevo? - preguntó el guarda forestal señalando al muchacho negro y añadiendo - no tiene pinta de ser de por aquí. -
- Soy Eddie, de Detroit. -
- Maldita sea, eres una mole chaval - comentó Bubba haciendo referencia a la complexión de este, y continuó preguntando - ¿cuánto mides? -
- No tanto como usted, solo 1,93 m. -
- ¡Joooder!, solo 1,93 dice - saltó Marvin con su voz rasgada - yo con mi 1,66 m. tengo que subirme al último peldaño de una escalera para cambiar una bombilla. Seguro que tú no sabes lo que es eso. -
Tras las risas de los presentes, Bubba continuó indagando:
- ¿Y qué haces tan lejos de casa, chico? -
- Eddie venía hacia Anchorage a buscar trabajo, - intervino TJ - lo recogimos en la carretera y lo dejaremos allí antes de que comience a oscurecer. Pero mientras tanto, va a disfrutar de nuestra barbacoa, ¿verdad? -
- No - empezó a decir el muchacho negro, que a esas alturas sudaba profusamente, pero antes de hablar vio cómo a su izquierda, en el promontorio, los arbustos se abrían lentamente y aparecía Dyami con expresión amenazadora en sus ojos, colocando el dedo índice en vertical sobre los labios insinuándole que se callara, para posteriormente señalar al guardabosques y pasarse el pulgar de un lado a otro del cuello. Eddie lo acabó de comprender al ver asomar el arco compuesto tensado de Dyami con una flecha apuntando al objetivo, así que prosiguió cambiando la contestación para salir del paso:
- No… pienso perdérmela por nada del mundo. -
Bubba le miró extrañado, como si no le hubiese convencido la explicación del muchacho, pero tras un par de segundos, sonrió y preguntó directamente:
- ¡Eh!, ¿dónde está el indio?, ¿hoy no os acompaña? -
- Claro que sí - contestó de inmediato Chazz - ha ido a cazar a la que debe ser la estrella de esta barbacoa, la pieza de carne. -
- Sí - añadió TJ - ya sabes cómo es, le encanta sacar a pasear su juguetito. Una flecha por aquí, otra por allá… es como un niño. -
- Un niño letal, diría yo - le cortó Bubba.
- ¿Por qué no se queda usted con nosotros a degustar la barbacoa? - dijo de repente Eddie, notando al instante el frío cañón de la Magnum apretarse contra sus riñones, mientras Chazz le miraba de reojo. Bubba dudó durante un instante, pero al final renunció a la invitación mediante un gesto con la mano aduciendo:
- ¡Naahh!, me encantaría, pero tengo aún mucho terreno que revisar y no quiero sobresaltos hoy, así que ya sabéis chicos, antes de que la noche extienda su oscuro manto, por favor, salid de aquí. Además, ya me la juego bastante permitiéndoos hacer una barbacoa en este lugar, ya sabéis que está prohibido más allá de la zona turística. -
- Tranquilo amigo - comentó Chazz - ya sabes que somos de fiar. -
Bubba elevó la pierna para sortear el asiento del quad y montarse en él, y al hacerlo miró a Brandi e inquirió:
- ¿Se te ha comido la lengua el gato, Bran? -
Esta escupió el tabaco a un lado y manifestó con aspereza:
- No tenía nada que decir. -
- Joder - contestó el guardabosques con una mueca de asco - deberías pasar menos tiempo con estos.
- Opino lo mismo - corroboró Marvin.
- ¡Cállate viejo! - le espetó Brandi - si no quieres que patee tu arrugado culo. -
Este abrió la boca para responder, pero declinó hacerlo negando con la cabeza, como dándola por un caso perdido. Acto seguido, Bubba arrancó su quad y dirigiéndose a Chazz dijo:
- Que paséis un buen día y saluda al indio de mi parte. -
El vehículo giró sobre sí mismo ciento ochenta grados, derrapando sobre la hierba, y el corpulento guardabosques vestido de kaki, junto al potente ruido del motor de aquella especie de moto todoterreno de cuatro ruedas, se perdieron por el serpenteante sendero.

Cuando se hubo marchado, Dyami salió de entre los arbustos destensando su arco. Entonces, Chazz miró con aquellos fríos ojos celestes a Eddie y le reprochó:
- ¿Quédese con nosotros? Tú te crees muy listo, ¿verdad, chaval? - y rechinando los dientes con rabia, golpeó con el lateral del revólver la cabeza del chico negro, que se tambaleó y cayó al suelo de rodillas. La gorra rodó a un lado y del oscuro cuero cabelludo comenzó a brotar sangre.
- ¡Eh, eh! - se interpuso TJ entre los dos - tranquilo Chazz, recuerda que nos debe durar un buen rato. -
- ¡Aparta! - dijo este empujando al del gorro de cowboy, y dirigiéndose al muchacho derribado en el suelo, exclamó:
- ¡Levántate del suelo! -
Eddie lo miró aún con la mano colocada en la herida y preguntó:
- ¿Por qué haces esto?, ¡yo no te he hecho nada! -
- ¡Que te levantes! - gritó de nuevo Chazz, propinándole una patada en los riñones al chico, que se dobló sobre sí mismo. Al instante, el agresor lo agarró por detrás del cuello de la chaqueta, y lo obligó a levantarse de un tirón.
- ¿Sabes por qué hago esto?, porque estoy harto de que mi ciudad se infecte de miserables indigentes, sucios y malolientes como tú. -
- Yo no soy un indigente, vengo a buscar trabajo. -
- Ya, claro, eso decís todos, y luego no hacéis más que acaparar ayudas y presupuesto estatal, mientras a los que verdaderamente somos de aquí se nos ponen todo tipo de trabas e impuestos. - Chazz apoyaba sus palabras en el asentimiento de los demás y, tras hacer una pausa, prosiguió con su improvisado discurso - Seguramente tú pensarás que esto es una salvajada, pero yo no lo veo así. Es más, creo que hacemos un servicio a la comunidad, ¿verdad, chicos? - y los otros cuatro refrendaron su teoría sin dudarlo.
Eddie, bajó la cabeza y tras unos segundos en que todos quedaron expectantes, alzó la mirada hacia ellos y contestó:
- Podéis disfrazarlo con el argumento que queráis. Incluso es muy probable que estéis satisfechos de vuestra supuesta labor, - dijo esto último haciendo el típico gesto de colocar unas comillas con los dedos - pero interiormente sabéis que es un acto de crueldad. Solo sois una panda de paletos asesinos, a los que seguramente vuestra propia gente y vecinos repudiaría en cuanto supiesen de vuestras actividades - Eddie se detuvo para mirar a la cara de cada uno, acabando en Chazz y diciendo - puede que hoy muera aquí, pero igualmente me dais pena. -
- ¡Qué sorpresa!, ja, ja, ja, - sonrió irónicamente el rubio de bigote de herradura abriendo los brazos - ¡pero si el indigente tiene don de palabra! - y los demás le secundaron riéndose.
- ¡Cortémosle la lengua, Chazz! - planteó con sorna el indio.
- Mejor, castrémosle sus partes para que no sea tan bragado - propuso con media sonrisa Brandi.
Eddie la miro de arriba a abajo, sonrió con sarcasmo y contestó:
- Te puedo asegurar que contigo jamás utilizaría esas partes. -
La cólera se adueñó de Brandi, que sacó del bolsillo lateral del pantalón un cuchillo de grandes dimensiones gritando:
- ¡Hijo de puta!, ¡te voy a matar! - lanzándose en post del muchacho, aunque apenas le dio tiempo a avanzar dos pasos cuando Dyami ya la había agarrado del brazo reduciéndola.
- Tranquila Bran, tendrás tu momento de hacerlo cuando nos divirtamos con él cazándole. -
- ¿Cazándome? - preguntó extrañado.
- Claro, ¿acaso pensabas que te mataríamos ahora y perderíamos nuestra diversión? -
- Cuando te elegí al verte en el bar de carretera, tan grande y fuerte como un oso - comenzó a hablar Marvin - ¿creías que lo hacía para ahora matarte sin más?, ¡eso pude haberlo hecho en la misma carretera! -
- Puto viejo asqueroso - dijo con desprecio Eddie.
- Nooo, muchacho, no - prosiguió Marvin haciendo oídos sordos a los insultos del chico - te escogí porque podías dar juego en la cacería. Otros autoestopistas como tú pasaron antes por el bar, pero ninguno con esa complexión atlética y, viendo lo poco que nos duró el anterior, decidimos que el próximo sería una presa que representara, al menos, un reto más dificultoso de cazar. -
- Estáis locos - expresó Eddie, con tono calmado pero reflejando en su cara incredulidad.
- ¿Locos? - intervino Chazz - estamos armados hasta los dientes y decididos a matarte, y tú estás desarmado e insultándonos. Dime, ¿quién es el loco aquí? - y tras unos segundos mirándolo a los ojos, se giró hacia TJ y le ordenó - Revisa su mochila. -
Este comenzó a vaciar el contenido de la misma en la hierba y
enumeró:
- Aparte del saco de dormir y sus complementos que van agarrados aquí fuera de la mochila, dentro tiene ropa, un neceser, una navaja multiusos, una cartera con documentación, un mp3, cargadores de red, un par de latas de conservas, un pedernal, maquinillas de afeitar, una bolsa botiquín con yodo, vendas, etc…y poco más. -
- Quita el saco de dormir, la navaja multiusos, las maquinillas de afeitar y la cartera. -
- ¿Ahora también eres ladrón? - inquirió Eddie.
- No, tan solo me aseguro de que no tengas recursos, papeles u objetos punzantes con los que intentar sobrevivir porque, ¿sabes qué? - y acercando su rostro al del fornido muchacho, Chazz concluyó - no vas a salir vivo de aquí - y al instante hizo un mueca con la barbilla a Dyami diciendo - ¡regístrale! - al tiempo que él empezaba a hacer lo propio con la cartera sustraída.
Mientras lo hacía, Eddie volvió a hablar:
- El guardabosques me ha visto, sabe que estoy con vosotros. ¿Qué creéis que pensará cuando sepa que he desaparecido?-
- ¿Y quién se lo dirá? - contestó Marvin - con contarle que te dejamos en Anchorage tras marcharnos de aquí, será suficiente. -
- Solo lleva un teléfono móvil, pero está apagado - dijo el indio enseñándoselo a Chazz, pero este miraba algo que había sacado de la cartera y decía sorprendido:
- ¡Eh, muchachos, escuchad esto!, ¡este tío jugaba de quarterback en la cantera de los Lions! - y mirando al joven, le convino a corroborar - ¿no es cierto? -
Eddie, al que el enfado hizo inflar las aletas de su nariz, asintió levemente.
- ¿Y cómo acabaste de indigente, Edward Pierce? - volvió a preguntar Chazz mientras ojeaba el carnet de jugador, añadiendo - ¿te echaron porque eras muy malo? -
- No es asunto tuyo - contestó cortante el chaval. -
- Sí, quizás no sea de mi incumbencia, pero supongo que estoy en lo cierto, eso fue lo que te ocurrió. En cualquier caso, aquí tus cualidades de jugador de fútbol americano no te servirán para nada - y mirando a Dyami le volvió a ordenar - trae el móvil - y girándose hacia TJ - dale la mochila sacando antes de su interior lo que te dije antes más los cargadores de red, por si acaso. -
- Os ordena todo lo que tenéis que hacer, ¿sois todos los perritos falderos de este tipo? - dijo Eddie intentando crear controversia entre sus captores.
- No, son mis amigos, ¿puedes tú presumir de tener amigos? -
- Si tienen que ser como estos - dijo mirando a su alrededor - prefiero no tenerlos.-
- Bueno, ya veremos si cuando estés ahí fuera, preferirías que ellos fuesen tus amigos o no. -
La mochila, lanzada por TJ, voló hasta el regazo de Eddie.
- Para que veas que jugamos todo lo limpio que podemos, te daremos una opción. Te vamos a conceder una ventaja de quince minutos. Después, iniciaremos la marcha tras de ti. Tienes un físico de deportista de élite, cosa que podría ser una buena baza si sabes aprovecharla, - Chazz acercó de nuevo su rostro amenazadoramente al muchacho y añadió - pero por mucho que corras, por más que intentes esconderte, te encontraré y te mataré. -
Eddie, sin desviarle la mirada, contestó: - Pero asegúrate de hacerlo bien, porque si fallas te aseguro que lo pagarás muy caro. -
- Tienes huevos y eso hará más interesante la caza. Anda, gírate y admira tu hábitat para las próximas horas. -
- Eso si es que dura horas - añadió Marvin, al que todos secundaron riendo a carcajadas. Eddie, hizo oídos sordos dándose la vuelta y observó la inmensidad a la que se iba a ver obligado a recorrer para escapar de aquella pandilla de indeseables. Apenas había oteado el horizonte, cuando el golpe seco de una bota en sus riñones, le empujó haciendo que cayera rodando ladera abajo.
- ¡Buen viaje, hijo de puta! - gritó Brandi.
- Eh, Chazz - intervino TJ - ¿por qué le has dejado dentro de la mochila el pedernal?, eso le facilitará las cosas cuando se eche la noche y empiece a arreciar el frío. Podrá encender un fuego y calentarse. -
- Muy sencillo, amigo mío - contestó el rubio de pelado militar rodeándole el hombro con su brazo - porque si llegada la noche aún siguiera vivo, a nosotros también nos facilitará las cosas localizar el humo y el resplandor de la lumbre para encontrarle. -
- ¡Ah! - exclamó TJ comprendiendo - muy astuto, tío. - 

Aquella conversación, sin embargo, ya no la pudo oír Eddie, que lo último que escuchó fueron las risas amortiguadas y cada vez más lejanas del comentario de Brandi, pues se precipitaba velozmente chocando contra arbustos, rodando sin parar cuesta abajo. Intentaba aferrarse a alguna rama baja e incluso trataba de frenar la caída con pies y manos, pero era incapaz de hacerlo, pues cuanto más giraba a más velocidad caía. Por su mente solo pasaba el miedo, ya que no sabía dónde terminaría; si un precipicio, si chocaría contra un árbol o roca… Fueron los segundos más largos de su vida. Debía llevar recorridos un par de centenares de metros como mínimo, y seguía sin detenerse. Al fin, la pendiente se suavizó y comenzó a ir más despacio, lo suficiente para no ver solo follaje a su alrededor y sí una especie de llanura más clareada. Como pudo, consiguió clavar los talones al blando terreno y fue aminorando la caída hasta detenerse completamente antes de llegar a una arboleda. Qué habría sido de él si no hubiera conseguido frenar a tiempo y empotrarse contra el duro tronco de un árbol.

(CONTINUARÁ...)

Pepe Gallego

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"Sin aliento" (Capítulo.2 - "El abismo aguarda" por Pepe Gallego se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

domingo, 11 de agosto de 2013

"Sin aliento" (Capítulo I)

Capítulo.1 - “Decisión crítica”



Por momentos, todo se nublaba a su alrededor. Las distintas luces, las formas de tantas caras de sorprendidos ojos y sonrientes dentaduras. También se amortiguaba el sonido de aplausos, las risas, el crujido de cientos de dientes masticando palomitas de maíz y demás golosinas. Todo parecía ir como a cámara lenta para ella. La visión perdía nitidez, en parte por su maltrecho ojo izquierdo, que ya emitía de manera crónica unas punzadas de un intenso dolor, pero también por una creciente cólera que amenazaba con desbordar todos y cada uno de los centímetros de su poderoso cuerpo. Una inquina hacia quien la maltrató, convirtiendo su respeto e incluso cariño, en odio. Y ese sentimiento estaba tomando tintes de venganza por momentos. Oía su voz, pero ya no se parecía a la de aquel que la crio como un padre. Ahora era la del despiadado ser que desfiguró su rostro, mermando su visión y haciendo que todo un mundo de colores se tiñera de rojo primero y de penumbras después.
No podía soportarlo más y la furia en ella se desató. Él apenas tuvo tiempo de gritar, pero no así el público que la observaba. Todo fue muy rápido, la gente corría horrorizada buscando la salida del recinto, mientras lanzaban agudos alaridos de verdadero terror. Ella estaba fuera de control y ya no iba a parar. El escenario adquirió un violento tono escarlata resaltado por la brillante luz de los focos. Los compañeros que compartían cartel con aquel sanguinolento e inerte tipo, que había dejado de respirar sin perder la expresión de pánico en sus ojos aún abiertos, y que ahora era zarandeado como un muñeco de trapo por aquella poderosa bestia, consiguieron reaccionar y frenar su ímpetu, pero ya era demasiado tarde y la tragedia se había consumado. La dantesca escena llegó a su fin, pero aquello solo era el comienzo de la oscura leyenda de Shelby.



* * * * * *


Eddie se había librado de la helada nocturna gracias al camionero que le recogió en Fairbanks pasadas las diez de la noche, y que le dejó en aquel bar de carretera hacia las cuatro y media de la madrugada, ya que se desviaba en otra dirección para entregar su cargamento.
El muchacho, con buen criterio, permaneció en el bar resguardándose de la suave llovizna tomando café para hacer tiempo, pues económicamente poco más se podía permitir. Mientras vertía el azúcar en la humeante bebida, a través de los amplios ventanales del bar observó el exterior del mismo en cuyas planicies se agolpaban, perfectamente alineados, un par de decenas de camiones, casi todos grandes tráiler modulares. En la mayoría de ellos eran visibles las habituales cortinillas instaladas por los propios camioneros, para dormitar las pocas horas de que disponían antes de afrontar otro montón de fatigosos kilómetros de conducción. Volvió la cabeza hacia el interior para pedir educadamente a la camarera si podía quedarse un rato más hasta que dejara de llover, y posteriormente continuar su camino hacia Anchorage, localidad para la que le faltaban unos sesenta o setenta kilómetros. La camarera, sin dejar de mascar chicle, accedió con indiferencia, pues estaba concentrada en el canal de noticias de la televisión al igual que un par de clientes que había en el local, con los que comentaba ocasionalmente algún que otro suceso. Uno de ellos, un cincuentón de aspecto desaliñado y tosco, le echaba una ojeada de vez en cuando a Eddie, pero pronto volvía a encarar el aparato receptor.

Cuando las manecillas de su reloj de pulsera marcaban las seis y media, se asomó para observar que efectivamente había dejado de chispear, mientras una capa de baja niebla emergía de entre los árboles circundantes a la carretera, inundando el entorno con sus densas lenguas blanquecinas.
Tras subir la cremallera de la chaqueta y dar las gracias a la camarera, que sin desviar la mirada del televisor le contestó que volviese cuando quisiera, pertrechó la mochila a hombros de su ancha y fornida espalda, se ajustó la gorra azul de los Detroit Lions a su rapada cabeza, y salió al exterior para notar en su negro rostro la fría brisa de una noche cuyo ocaso estaba cercano.
Comenzó a caminar por los lindes de la carretera, envuelta en una oscuridad tan solo atravesada por la escasa luz de la luna. Esta se colaba entre los cedros amarillos que bordeaban el asfalto marcando el límite entre civilización y naturaleza. A Eddie le resultaba curioso ver los jirones de niebla arremolinándose entre sus pies, como si de oleadas de hielo seco de una discoteca ochentera se tratara. El aire que inspiraba por sus fosas nasales era gélido aunque de una pureza evidente, debido a la cercanía con las plantas, árboles y demás flora conurbana. 
Tras un buen rato andando, en el que tan solo le acompañaban el crujir del alquitrán bajo sus botas y los sonidos de la vida animal que pululaba por la vegetación colindante, hizo acto de aparición el despuntar del alba de aquella fría mañana de finales de septiembre en la bella Alaska, y el chico se sorprendió al observar en su reloj que llevaba alrededor de una hora caminando, cuando le parecía que apenas habían pasado unos minutos desde que estaba tomando café en el bar. Continuó adelante, y cuando los albores del día ya bañaban el paisaje matando con ello la oscuridad reinante hasta el momento, una camioneta pick-up de color negro surgió a su espalda rompiendo la frágil niebla que tímidamente adornaba ya la carretera, con el estruendo de una canción country de Kris Kristofferson resonando en su radio. Al pasar a su altura Eddie alzó el pulgar, pero la camioneta siguió adelante haciendo caso omiso. El joven, como tantas otras veces, bajó la mano con resignación y continuó andando, pero para su sorpresa, unos sesenta metros más adelante la camioneta aminoró su velocidad hasta detenerse en el arcén. La esperanza creció en el chico y aligeró el paso hasta llegar a la altura de la pick-up. Por la ventanilla del copiloto asomó un hombre joven y delgado que debía rondar los veinticinco años, aunque su cuarteado rostro le hacía parecer mayor, y en cuya cabeza portaba un gorro de estilo cowboy de cuero. Se dirigió jovialmente a Eddie.
- ¡Eh, chico!, ¿hacia dónde vas? - preguntó tras limpiarse con el dorso de la mano izquierda las blancas boqueras resecas que adornaban la comisura de sus labios.
- Voy a Anchorage. -
- Si quieres, te podemos acercar hasta allí esta tarde. Antes vamos a parar en el este de la ciudad, en el Parque Chugach a hacer nuestra barbacoa anual antes de que llegue la primera nevada seria. -
- Si no tienes prisa ni eres vegetariano, puedes unirte al festín - añadió asomándose el conductor con media sonrisa, un tipo rubio de grandes y vivaces ojos celestes, que lucía un pelado muy corto y cuadrado a lo militar, y un bigote de herradura que rodeaba su boca.
A Eddie se le abrieron los ojos como platos, porque su presupuesto estaba prácticamente agotado y llevaba varios días alimentándose con latas de conserva que había ido racionando con cuidado. Además, aunque llegase un poco más tarde, se ahorraría la caminata hasta Anchorage.
- Sí, claro, cómo no - accedió el muchacho de raza negra.
- Soy TJ - dijo el del gorro de cowboy estrechándole la mano - y este es Chazz - añadió con un gesto de cabeza hacia el conductor, que le saludó giñándole un ojo.
- Yo soy Eddie. Gracias por recogerme, me esperaba un buen paseo hasta la ciudad. -
- De nada Eddie, estaréis algo apretados, pero sube atrás con los chicos - le indicó TJ.
- Yo no soy un chico - la femenina voz, con tono seco, llegó desde el asiento de atrás.
- Sí, bueno, también viene Brandi. -
La ventanilla de la puerta trasera derecha se abrió hasta la mitad, y un oscuro escupitajo surcó el aire en dirección a la cuneta. La mirada de repulsión de Eddie recorrió la distancia entre la flema, la ventanilla de cristales tintados que se volvía a cerrar y finalmente se posó en TJ.
- Masca tabaco - dijo rápidamente este observando la cara interrogativa del autoestopista.
Tras titubear un instante, Eddie fue hacia esa puerta, la abrió y observó en su interior a tres personas. La primera de ellas la muchacha, escuálida y de piel muy blanca, facciones “pajarescas” con sus finos labios, nariz aguileña y pequeños ojos verdes de expresión dura. El castaño pelo lo llevaba recogido en una cola corta. Le tendió la mano y Eddie pudo notar que, a pesar de su aparente fragilidad, su huesuda mano apretaba con un poderío físico impropio de una mujer de su complexión. Al montarse y cerrar la puerta, Eddie se sorprendió al ver junto a la mujer el rostro del siguiente ocupante. Era el tipo de aspecto tosco y desaliñado que vio en el bar de carretera.
- ¡Eh!, usted estaba en el bar de carretera. -
- Soy Marvin - dijo el cincuentón estrechando su mano a Eddie - y sí, estaba en ese bar. Tú eres el chico del café, ¿cierto? -
- Exacto, no se le escapa a usted una. -
- Pues no, no se me escapa una - y sonrió levemente desviando la mirada.
Y el que menos contrastaba del grupo era el que estaba pegado a la otra puerta lateral. Sus facciones no dejaban lugar a dudas. La tez aceitunada, el largo y liso pelo azabache, su nariz curvada y los profundos ojos negros, delataban su raza Amerindia o de Nativo Americano, controversia en la que convergen los antropólogos. En cualquier caso, lo que viene siendo un indio americano.
- Eddie - dijo el muchacho alargando el brazo. El indio observó la mano, luego al chico y con un ligero asentimiento de cabeza, dijo:
- Dyami. -
Eddie, con cara de circunstancias, retrajo la mano y miró al frente.
Para tratar de distender la conversación, el más dicharachero de todos, TJ, se volvió desde su asiento delantero y preguntó:
- ¿De dónde eres, Eddie? - este se señaló la gorra de los Detroit Lions.
- Ya, debí suponerlo, ¿y qué te trae por estos lares? -
- El desempleo, ¿verdad Eddie? - dijo Chazz mirándole a través del retrovisor - son malos tiempos para la ciudad del motor, chico. -
- Sí, supongo que sí. -
- En estos momentos de crisis económica, muchas personas de otros estados están emigrando hacia aquí pensando que encontrarán un trabajo y una manera de comenzar de nuevo. -
- Sí, demasiadas - intervino con tono de reproche y contrariedad Brandi. Eddie la miró de reojo y observó que aún se le veían los dientes ennegrecidos del tabaco de mascar.
- No seas borde Bran, recuerda que Eddie es nuestro invitado - dijo sonriendo Chazz, siempre echando un vistazo a través del retrovisor.
- No soy borde, solo digo la verdad. Alaska, y más concretamente Anchorage, está cada vez más llena de forasteros. -
- No le hagas caso Eddie - dijo TJ - ese tabaco que masca le está afectando al cerebro.
- ¡Calla idiota! - protestó Brandi golpeándole el gorro de cowboy hacia adelante.
- ¡Ehh! -
- Parecéis críos - comentó negando con la cabeza Marvin.


Durante un buen rato, la conversación fue inexistente y tan solo la música country que emitía la radio, rompía el silencio. Eddie, cansado de una noche tan larga, se quedó dormido con el traqueteo de la furgoneta. El claxon de un coche le hizo despertar justo a tiempo para ver una bulliciosa fila de vehículos que accedían hacia el bosque. Se frotó los ojos y vio que se trataba de la entrada al Parque Estatal de las Montañas Chugach, pero la camioneta no detuvo su avance y pasó de largo.
- ¿No era esa la entrada? - preguntó Eddie.
- Sí, para los turistas que vienen a conocer el parque con una visita guiada, a hacer barbacoas con la comida comprada, etc…sí - y ante la mirada de sorpresa de Eddie, Chazz continuó hablando - ¡tranquilo, muchacho!, nosotros no necesitamos traer la carne, la cazamos directamente del bosque. Es más fresca, más saludable y - haciendo un paréntesis para mirar a TJ, añadió - ¡por supuesto más barata! -
Todos rieron, hasta Brandi, que sorprendió con una risa de hiena esbozada en esos dientes ennegrecidos, que provocaron en Eddie un sentimiento híbrido entre gracia y repulsión.
- No, chico - prosiguió Chazz - nosotros vamos a una zona más apartada, sin el bullicio de los turistas y donde poder cazar tranquilos y disfrutar de los sonidos que la maravillosa naturaleza de Chugach nos ofrece. -

A los pocos minutos, la camioneta se desvió por un sendero adyacente a la carretera y se fue introduciendo en el paraje, por un camino terrizo que serpenteó varios kilómetros hasta que solo era visible la vegetación del lugar. Llegados a un punto, el camino se abrió a un claro de hierba, y al final del mismo el vehículo maniobró aparcando.
Los seis integrantes fueron bajando. Eddie, cuando reparó en el marco que se presentaba ante él, se quedó extasiado. El tibio sol doraba las copas de los árboles. En el inmediato firme, el terreno se precipitaba ladera abajo copado de vegetación. Pero lo que más impactó al muchacho fue el paisaje que se dibujaba al frente. Una conjunción de verdes praderas, depresiones formadas por ríos a lo lejos y como colofón las colosales montañas, parcialmente blanquecinas de nieve, dominándolo todo como un Dios impertérrito.
Sin darse cuenta, la boca del chico se había abierto ante magna visión.
- ¡Eh,tío!, se te ha quedado cara de idiota, parece que te haya dado una insolación - dijo riéndose TJ señalándole con el dedo.
- No es para menos - intervino Chazz rodeándole el hombro con el brazo mientras le preguntaba - no estarás acostumbrado a ver esto en Detroit, ¿verdad? -
- No, desde luego que no. Es impresionante. -
- Sí, es un lugar precioso. Además, en esta zona de Anchorage y alrededores, no hace demasiado frío. -
- Eso no me preocupa, en Detroit en invierno siempre estamos bajo cero. Yo he llegado a ver cómo el termómetro alcanzaba menos dieciocho grados. -
- Sí, aquí viene a ser lo mismo, solemos rondar esa cifra, aunque de vez en cuando decae hasta los treinta bajo cero. -
- ¡Fiiiiuuuuu! - silbó Eddie - a veces lo he visto en las noticias, pero pensé que exageraban. -
- Pues no, es cierto. Pero ya te digo que comparado con otras zonas como Fairbanks, donde las temperaturas descienden en invierno hasta los cuarenta y seis grados bajo cero, se podría decir que el clima es suave. -
- ¿En serio? -
- Totalmente. -
- ¡Vaya!, pues yo vengo de allí. Bueno - matizó el muchacho - he estado de paso por allí. -
- ¡Pues te has librado de que se te congelen tus negros huevos, colega!, jaaa,ja,ja,ja,ja - intervino con sorna TJ, a lo que todos rieron, incluso el indio, que estaba desenrollando una lona grande que había bajado de la camioneta con la ayuda de Marvin.
- ¿Qué es eso? - preguntó Eddie aún con media sonrisa y señalando con el dedo.
- No querrás que cacemos la pieza con las manos, ¿verdad? - contestó Chazz.
Dyami acabó de desplegar la tela y Eddie se quedó boquiabierto. Rifles de precisión, varios machetes de considerables dimensiones, cajas de municiones, pistolas, etc…lo que se dice un arsenal teniendo en cuenta que solo eran cinco cazadores.
- ¿Qué es aquella caja negra? - inquirió el muchacho.
- Eso - por primera vez hablaba Dyami - es mi joya de la corona - y abriendo los goznes, en el interior de la caja apareció un reluciente arco de precisión.
- Ya ves, tras tantos años algunos no olvidan sus raíces. Aunque sí es verdad que han evolucionado, porque ese arco no tiene nada que ver con los que usaban tus antepasados para cazar bisontes, ¿verdad águila? - comentó Chazz.
El indio rio negando con la cabeza, mientras revisaba las poleas del arco compuesto y tensaba el artilugio a su gusto.
- ¿Águila?, ¿es por su buena visión afinando la puntería? -
- Bien podría ser por eso, pero no. Es el significado indio de su nombre. ¿A que le viene como anillo al dedo? -
- ¡Joder! - se sorprendió Eddie - ¿eso es un visor? -
- Ajá - afirmó Dyami colocándoselo en el ojo y añadiendo - para verte mejor, Caperucita. -
- Y hasta silenciador tiene, ¡menudo cabrón! - comentó TJ.
- Ya dije que era mi joya de la corona. -
Todos fueron cogiendo sus armas, comprobándolas y pertrechando sus bolsillos de munición. Al ver que no reparaban en él, Eddie preguntó:
- ¿A mí no me dais una? -
Todos detuvieron su actividad y le miraron simultáneamente.
- ¿Un arma? - le cuestionó Chazz prosiguiendo - ¿eres cazador?, ¿tienes licencia?-
- No. -
- Entonces, no puedes llevarla, sería ilegal. -
- Pero, ¿y si aparece un oso grizzli?, tendré que defenderme, ¿no? Y no creo que el oso me demande por no tener licencia. -
- ¿Habéis oído?, ¡un oso dice! - y los cinco cazadores estallaron en carcajadas.
- Venga sí, podéis reíros del chico de ciudad, JA, JA y JA. -
- ¡Eh!, no te enfades, amigo - contestó Chazz mientras las risas se iban aplacando - nos reímos porque no hay osos grizzli en esta zona, están profundizando más en el valle, donde la vegetación es más espesa, cerca de los estuarios de los ríos donde puedan cazar salmones, en la parte baja de la montaña, donde ya hay nieve, etc…- Chazz levantó el pesado rifle con una mano, un fabuloso Weatherby 340, se lo colocó bocarriba apoyado en el hombro y continuó - además, tú aquí no vienes a cazar. -
- Ya lo sé, soy solo un invitado a vuestra barbacoa y no tengo licencia, ya me lo has dicho - se impacientó Eddie - tan solo era por sentirme más seguro. -
- Me parece que no lo has entendido, muchacho - dijo entonces Marvin, mientras TJ, Brandi y el indio levantaban sus rifles apuntándole, al tiempo que Chazz, con la crueldad dibujada en el rostro, sacaba su Magnum calibre 44 y sentenciaba apoyándoselo a Eddie en la sien - tú aquí has venido a ser cazado.

(CONTINUARÁ...)

Pepe Gallego
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jueves, 11 de julio de 2013

"Cosas de la vida"




Miraba las aguas deslizarse río abajo lentamente, sin prisa pero sin pausa, pensando que quizás ese torrente arrastrara mi amargura. Su calma contrastaba con mi desasosiego, con la locura que pataleaba mi cerebro, que galopaba entre mis sienes. Tenía que hacerlo, ¡no lo soportaba más!, eran demasiadas horas de vigilia, tortuosas sensaciones que se agolpaban en mis atenazadas cuerdas vocales, queriendo gritar un mudo lamento que nadie podía alcanzar a ver en mi fachada. Un corazón machacado por la desilusión, que se siente traicionado por su propia culpa, la que tuve y la que me volqué sin serlo.

Inspiré hondo antes de lanzarla pesadamente al líquido elemento. El nudo de mi garganta escaló hasta mis glándulas lagrimales segregando su salado néctar, inundándome los ojos y desparramándose irremisiblemente por mis mejillas, al ver su acartonado cuerpo comenzando a hundirse. Ahí se marchaba la parte más bonita de mi vida, esa que nunca creí que se separaría de mi lado.
Todo mi cuerpo temblaba incontroladamente víctima de las sacudidas de mi compungido corazón, que realmente sabía que una parte fundamental de su existencia se estaba separando de mí para siempre.


Las aguas se tragaron finalmente la caja de recuerdos, de preciosas fotos juntos, de regalos coronados con dedicatorias amorosas de ella hacia mí. No me importaba que la lluvia y un moderado viento racheado estuviesen azotando mi rostro. La pena me estaba abrasando de tal manera, que acabé introduciendo la mano en el bolsillo del chubasquero, buscando lo que ya había preparado por si la situación llegaba a ese punto de dolor insoportable. Extraje el bote de somníferos y con decisión, aunque temblando por el llanto que me invadía, desenrosqué la tapadera y volqué en la palma de mi mano derecha buena parte de su contenido. El vaho que emanaba mi boca era abundante, desparramándose a través de los jadeos que la tristeza provocaba.
Había tomado una decisión. La quería demasiado para soportar que ya no estuviese a mi lado, que otra persona se hubiese ganado ese derecho cuando yo lo había dado todo por ella, por ese privilegio que nunca esperaba perder. Mi obsesión era hacerla feliz, y yo sabía que otra persona podría quererla, pero ni de lejos como la quería yo.
Alcé la mano con el puñado de pastillas hasta la altura de mi cara. Miré al río donde ya no estaban aquellos recuerdos físicos, y cerré mis anegados ojos porque sabía que espiritualmente seguían allí, haciendo presa de mi corazón, clavando sus indelebles garras en mi cerebro.


Abrí la boca y me dispuse a terminar con aquella mierda de existencia en la que se había convertido mi vida sin ella. Un agudo y estruendoso pitido me sobresaltó.
- ¡Perdone!... ¡sí usted! -
Cerré la mano y la oculté como un ladrón que esconde la prueba del delito al ser descubierto in fraganti. Alguien me llamaba desde el interior de un coche, aunque al encarar la parte derecha de este hacia mí, la silueta de la persona que conducía y que parecía ser quien me reclamaba, quedaba en penumbras en el interior.
- ¿Es usted de la zona? -
Al oír la pregunta, su voz me sonó femenina, aunque no me atrevía a asegurarlo porque el sonido estaba amortiguado por la desagradable llovizna racheada y por el gorro de mi chubasquero. Me limité a asentir sin pronunciar palabra, pues aunque realmente no era un lugareño, sí que me conocía la zona relativamente bien, ya que me gustaba pasar fines de semana en casas rurales, y aquel lugar era de mis preferidos.
- Mire, es que he venido a visitar a mi tío y me ha prestado esta mañana el todoterreno para ir al pueblo, pero ahora con la lluvia me da miedo quedarme atascada en el barro al entrar en la zona boscosa de ahí delante, que precede la entrada a la casa. ¿Sería tan amable de decirme cómo se pone la tracción a las cuatro ruedas? -
Durante un instante dudé, y pensé que aquella persona no podía haber sido más inoportuna. Finalmente oculté todo lo disimuladamente que pude el bote de somníferos que tenía en una mano, y el montón de pastillas que tenía en la otra, en los bolsillos. Me acerqué a la ventanilla del vehículo y vi que efectivamente era una mujer de mediana edad, quizás treinta y tantos o eso me pareció en la penumbra del cubículo del coche, en la que entraba la escasa luz de aquel desapacible y gris día. Me observaba con unos grandes y vivaces ojos. Tragué saliva para que mi voz no reprodujese la congoja que la oprimía, y contesté:
- ¿Ve usted esa palanca de ahí? - le señalé con la barbilla, a lo que ella asintió - pues acciónela y ya tendrá activada la tracción a las cuatro ruedas. -
- ¡Muchas gracias! - contestó jovialmente, mostrando una amplia sonrisa de blancos y bien alineados dientes.


Me aparté del coche con intención de ir otra vez hasta la orilla del río en la que me encontraba antes.
- ¡Perdone! -
Me giré y vi que de nuevo aquella mujer llamaba mi atención.
- Mire, me da miedo adentrarme sola en el barro. Soy muy patosa y temo quedarme atrapada. ¿Le importaría acercarme usted, por favor?... serán solo unos doscientos metros más allá de los árboles. -
Hice un gesto con la cara para excusarme, porque no quería seguir perdiendo el tiempo, tan solo quería acabar ya con lo que había venido a hacer, pero ella no me dejó hablar.
- No le robaré mucho tiempo - me dijo con voz apremiante.
No me pude negar, así que rodeé el coche para montarme por su lado, y ella se bajó colocándose el gorro del chubasquero y dándome las gracias mientras se dirigía hacia la puerta del copiloto.
Me introduje en el coche, que permanecía arrancado, ajusté el sillón, pero me sentía incómodo porque la mujer me miraba directamente. Podía notar la intensidad de su mirada quemándome el lado derecho de mi rostro.
Metí primera y el vehículo se deslizó por el camino embarrado sin dificultad. Yo me concentraba en mirar al frente mientras pensaba en la extraña situación y en la inesperada irrupción de aquella mujer. La lluvia rompió en tormenta y al pasar la zona más enfangada, ya llovía torrencialmente. Sin embargo, el vigoroso 4x4 atravesaba el barrizal sin dificultad. Tras remontar una parte en pendiente del camino, vislumbré la casa. Ella me indicó que fuese hacia la derecha, donde se encontraba una especie de techado que debía hacer las veces de garaje. Cuando hube metido el coche totalmente en el mismo, paré el motor, quité el contacto y ambos nos bajamos del coche.
La muchacha se acercó a mí sonriendo.
- Muchas gracias, me ha salvado. -
- Tonterías - dije quitándole importancia al asunto - seguro que usted misma habría atravesado el camino sin dificultad. -
- No estoy yo muy segura de eso - dijo a la vez que echaba hacia atrás el gorro del chubasquero y aparecía una espesa y castaña melena. Entonces pude ver bien su rostro. Era una mujer muy guapa, y aunque tenía el rostro curtido, quizás fuese de una edad menor a lo que había supuesto, puede que unos treinta, pero no más.
Hizo un gesto con la mano dirigiéndose hacia la torrencial lluvia y me propuso:
- Oiga, no puede usted marcharse así, está empapado y llueve muchísimo… ¿Por qué no se queda un rato?, mi tío tendrá puesta la chimenea, podrá secarse y mientras tanto le puedo ofrecer un coñac para entrar en calor, ¿qué le parece? -
Mentalmente decliné la oferta, pero cuando iba a expresarlo con palabras, ella, como ya hiciera antes, no me dejó hablar.
- No aceptaré un no por respuesta - y lo decía con las manos metidas en los bolsillos posteriores de su pantalón y bamboleándose sobre las punteras de sus botas alzando y bajando rítmicamente los talones.
No debería negarme, pero me estaba impacientando que aquella persona no me dejara cumplir mi cometido. La verdad es que la lluvia me importaba una mierda, pronto estaría muerto, así pues ¿qué más me daba mojarme o pillar una buena pulmonía?


Finalmente tomé una determinación.
- Lo siento señorita, me tengo que ir. -
- ¿Por qué? - me dijo agarrándome del brazo con gesto apenado - ¿qué es eso tan importante que debe hacer, para empaparse atravesando este aguacero?, ¿es por las pastillas que lleva en su bolsillo? -
Enarqué las cejas, estupefacto, y antes de poder preguntar, me aclaró:
- Le vi ocultarlas cuando se sobresaltó al yo preguntarle. -
Bajé la mirada avergonzado y al mismo tiempo indignado. Pensaba mandarla a paseo, ¿quién era ella para cuestionarme de aquella forma tan indiscreta?, ¿acaso me estaba juzgando?
Traté de calmarme, la miré a los ojos reparando por primera vez en su intenso color miel, y comprendí que no quería mentir a la última persona que probablemente vería en mi vida. Así que tomé aire, lo expulsé lentamente y dije:
- Voy a confesarte una cosa. Cuando me has interrumpido, estaba a punto de tomarme ese frasco de pastillas. -
- ¿Y qué razón es tan deprimente para llevarte a esa determinación? -
- No lo entenderías - me excusé para no darle explicaciones de un tema tan embarazoso y personal como era el amoroso, y continué - tengo mis razones - y le entregué las llaves del coche, que aún las tenía en la mano, girándome para marcharme.
- Créeme, ella no merece que pierdas tu vida. -
Aquella afirmación me dejó petrificado, y antes de que pudiese reaccionar y preguntarle por qué había llegado a la conclusión de que era por amor, aclaró:
- Me has dicho que me ibas a confesar una cosa, y era que te ibas a tomar ese frasco de pastillas, ¿verdad? - asentí con la cabeza débilmente antes de que ella prosiguiese - pues ahora soy yo quien te va a confesar tres:
En primer lugar, te vi arrojar la caja al agua. Aunque me de vergüenza admitirlo, llevaba un rato observándote desde la esquina del camino. En segundo lugar, no he venido a visitar a mi tío, vivo aquí sola desde hace muchos años. Y en tercer lugar - se levantó las mangas del chubasquero y mostró sus cicatrizadas muñecas diciendo - se lo que es desesperarse por amor, y créeme, no merece la pena. -
Fue como un shock para mí, no podía creerme que aquel bello y afable ser, en algún momento había llegado a mí misma conclusión, la de quitarse la vida.
Ante la incapacidad para digerir la situación, debatiéndome entre quedarme o irme, le pregunté:


- ¿Tienes algo más que decirme? -
- La verdad es que sí - contestó muy seria. Hice un gesto con las cejas esperando su respuesta, y al instante me la dio - que sé perfectamente cómo se pone la tracción a las cuatro ruedas de mi coche. -
Me hizo reír y automáticamente ella sonrió y añadió:
- Eso ya está mucho mejor… ¿Me aceptas ahora ese coñac? -
- Antes debo hacer una cosa - le contesté y su rostro se tensó con una mueca interrogante. Introduje mis manos en los bolsillos, saqué las pastillas y las introduje todas en el bote.
- ¡Tíralas! - me apremió con preocupación.
- ¡Tranquila!, las usaré para lo que son, para dormir cuando me hagan falta, nada más. -
Entonces con un movimiento rápido, me las arrebató de la mano y con una sorprendente fuerza, lanzó el bote por los aires hasta perderse entre la maleza.
- ¡Vaya! - dije con sorna - creo que si algún mapache lo encuentra, va a colocarse por una buena temporada. -
- Para dormir, solo necesitas estar cansado - me replicó ella con media sonrisa, agarrándome de la mano y conduciéndome hacia la entrada de la casa.

Pepe Gallego


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