viernes, 17 de agosto de 2012

"A tu lado"

Hola de nuevo a tod@s.
Mucha gente afirma de aquellos que escribimos, o bien de los que componen, o dibujan y que en definitiva se expresan creativamente de algún modo, hay una pizca de locura. Y puede que tengan razón, de hecho estoy convencido de ello, pero quizás esa pizca de locura sea necesaria para exprimir lo mejor de cada uno y plasmarlo poniéndolo al servicio de los demás. Ya decía una cita célebre de Jacinto Benavente, que "Si la gente nos oyera los pensamientos, pocos escaparíamos de estar encerrados por locos".

Bueno, en lo que me toca, no sé si con mis relatos logro llegar a todos vosotros con la intensidad y la calidad que pretendo, pero lo que sí os digo es que siempre intento dar lo mejor de mí mismo para ponerlo a vuestro servicio.
Sin más dilación, os dejo con este nuevo relato esperando que os guste y agradeciéndoos que sigáis ahí, eso ya es suficiente para este humilde y cuerdo loco. Un saludo.



“A tu lado”

Marina abrazó a Pedro con fuerza, desparramando en su pecho todo el amoroso sentimiento que la embargaba. Con él se sentía a salvo del mundo que le rodeaba, era una sensación de bienestar indescriptible. Pedro, que acariciaba su sedoso pelo dorado, le levantó la barbilla y besó sus carnosos labios antes de volver a abrazarla. En el entorno de ambos, la nada. No veían, no escuchaban nada más allá de su maravilloso momento.
- No dejes de abrazarme nunca Pedro - dijo Marina levantando la cabeza con la mirada sincera y llena de ternura con que lo hacen los verdaderos enamorados.
Pedro sonrió apartando una brizna de cabello de Marina hacia atrás. Después, su sonrisa se fue desdibujando lentamente y le susurró:
- Me encantaría poder hacerlo eternamente, pero debo marcharme, no puedo quedarme contigo, princesa. -
Marina abrió mucho sus ojos verde esmeralda y contestó:
- ¿Por qué dices eso?, ¿qué significa eso de que te tienes que marchar?...estamos juntos, ¿acaso hay algo más importante? -
Pedro sonrió levemente antes de decir:
- No, no hay nada más importante para mí…pero no puedo quedarme más tiempo. -
Marina, desconcertada, preguntó:
- Pero, ¿adónde vas?... ¿por qué dices que no te puedes quedar más tiempo?... ¿es que has dejado de amarme? -
- Eso jamás ocurrirá, sabes que lo eres todo para mí… pero lamentablemente, yo ya no puedo decidir. -
- Pero, ¡¡por qué!! - le cuestionó con desesperación Marina - ¡deja el trabajo o lo que sea que te impide quedarte conmigo! -
Pedro, bajó la mirada y dijo sombrío:
- Ojalá pudiese…ojalá todo fuese por un trabajo…pero - e hizo una pausa antes de decir - no se puede dejar a la muerte. -
Las palabras estallaron en la mente de Marina dejándola paralizada.
- ¿La…la muerte? - dijo Marina con un hilo de angustiada voz - ¿de qué hablas cariño? -
- Hace tiempo que yo ya no estoy contigo, Marina. Tú me dejaste, ¿recuerdas? -
Marina, cuya mente permanecía bloqueada, trataba de asimilar lo que Pedro le decía.
- Pero…eso es imposible Pedro, yo jamás haría algo así, ¡yo te quiero! -
- Yo también Marina, pero me dejaste…y ahora ya es demasiado tarde para rectificar. -
- ¡No! - dijo Marina agarrando de los brazos a Pedro - no es tarde, estamos aquí juntos… además, ¿qué es eso de la muerte?... ¿por qué has dicho eso?... ¡no hagas ninguna locura! -
Pedro tomó aire antes de decir con tristeza:
- Sí, es tarde Marina…porque acabo de morir. -
- Pero… ¿qué estás diciendo?... estás aquí, ¡delante de mí!,… por el amor de Dios, ¡pero si aún te estoy tocando y siento tu calor, tu olor!… ¿a qué viene esa tontería? -
- Tan solo estás viendo mi espíritu antes de desvanecerse y perder su forma, Marina…mi cuerpo yace en el asfalto de la carretera nacional, tapado por una sábana. -
- ¿Qué? - dijo incrédula Marina con un hilo de voz.
- Solo se conceden unos minutos antes de marchar al lugar de donde nunca se vuelve…y yo decidí pasarlos contigo… por eso estoy aquí, porque a pesar de que me dejaste, no quería marcharme sin verte una vez más, sin besarte una vez más, sin acariciarte una vez más. -
Marina, en estado de shock, era incapaz de pronunciar palabra. Sus manos, agarradas como garfios a los brazos de Pedro, notaron como estos se empezaban a desvanecer.
- Ha llegado la hora - dijo Pedro al observar el fenómeno y añadió - debo marcharme.
- No - susurró Marina negando con la cabeza y, por cuyas mejillas, ya corrían dos pesadas lágrimas. Intentaba asir los brazos de Pedro pero estos ya comenzaban a transparentarse y perder su corporeidad. Pedro comenzó a andar lentamente hacia atrás, hacia la penumbra.
- Haz tu vida cariño…pero no me olvides nunca… - iba diciendo Pedro mientras se alejaba y su figura se iba difuminando cada vez más. Marina, que quería ir tras él, no podía. Sentía su cuerpo paralizado. Poco antes de fundirse definitivamente con las tinieblas, Pedro le dedicó una sonrisa y guiñándole un ojo dijo:
- Me voy dichoso porque al menos he podido verte por última vez. Y no olvides que siempre estaré a tu lado…Hasta siempre, princesa - y dicho esto se desvaneció por completo. Un alarido desgarrador barrió el lugar. Un grito que había brotado desde lo más profundo del corazón de Marina, que como una marioneta a la que cortan las cuerdas, había caído al suelo gimoteando.


- ¡¡¡NOOOOOOOOOOO!!! -
Marina despertó sudando llorosa en su cama. Tardó un par de segundos en comprender que había sido una pesadilla, una macabra pesadilla. Su primer instinto fue extender su mano a la derecha para notar el cuerpo de Pedro, pero él no estaba. Claro, hacía meses que habían roto su relación. Mejor dicho, ella había roto con él. Por primera vez desde que lo hiciera, se sintió contrariada.
- ¿Por qué hice algo así? - se preguntaba en voz baja a sí misma.
Tratando de recuperar la compostura tras la amarga pesadilla, fue al baño a asearse. Al mirarse en el espejo, se observó negándose a sí misma reprochándose aquella decisión.
Con una gomilla se sujetó su desordenado pelo rubio, se rodeó con su bata rosada y fue a la cocina. Casi mecánicamente, pues su mente no reparaba en lo que hacía sino en Pedro y todo lo acontecido en su intenso sueño, cogió una cápsula y la introdujo en la máquina de café, colocó debajo su taza de corazoncitos que le regaló Pedro al poco tiempo de irse a vivir juntos, y dejó que la densa esencia del café se desparramara en el recipiente impregnando con su aroma la pequeña cocina.

Marina no hacía más que darle vueltas a la cabeza reprochándose los pros y tratando de auto convencerse de los contras que Pedro aportaba a su vida. En los contras, él era demasiado testarudo en su forma de pensar y eso la exasperaba. También era un caprichoso hasta rozar el egoísmo, cuando se le antojaba algo todo lo quería para ya, como un niño pequeño. Eso sin contar lo despistado que era, se quedaba embobado con cualquier cosa y eso la sacaba de quicio especialmente cuando ella le estaba hablando, porque no la escuchaba y cuando ella lo reprendía, encima se reía el muy idiota. Y también sus enfados, que eran muy pocos pero cuando los cogía temblaba el suelo. Gritón, sí, esa era la definición, era un gritón. Y roncaba cuando dormía boca arriba…además como un búfalo, aunque ella había logrado mitigarlo en parte pues se había acostumbrado a utilizar tapones para los oídos.
Sin embargo, en los pros, su dulzura, ese amor con que siempre la besaba, la acariciaba o la miraba. Él se embelesaba solo observándola, le encantaba. No le importaba lo desaliñada que estuviese, ni siquiera recién levantada, a él le parecía igual de bonita siempre, o al menos eso decía él. Y también es verdad que ella se despertaba muchas veces con el pie izquierdo y él sabía cómo sobrellevar su mal humor. La verdad es que al final siempre conseguía que ella acabara sonriendo con sus tonterías. Y detallista, eso era indiscutible. Él se desvivía porque ella se sintiese a gusto. Era curioso como contrastaba lo despistado que era para unas cosas y la buena memoria que tenía para los detalles a la hora de sorprenderla, especialmente en los regalos.
Definitivamente, a pesar de sus malas cosas, echaba de menos a Pedro, y aquella pesadilla la había hecho recapacitar sobre ello pues nunca se había sentido tan mal en su vida, señal de que él le importaba más de lo que ella misma creía.


Marina seguía removiendo con la cucharilla el café sin haber dado un solo sorbo, pues su mente seguía cabalgando por su relación con Pedro.
- Debería llamarle - dijo traduciendo en voz sus pensamientos - pero… ¿y si ya no me quiere?... ¿y si durante este tiempo ha desarrollado aversión hacia mí por dejarle?... ¿de qué forma puedo hablarle y cómo le explico que lo echo de menos, que creo que me equivoqué?...o peor aún, ¿y si ya sale con alguien?, me moriría de la vergüenza si me contestase eso. -
Tres golpes secos en la puerta de la casa la sacaron de su ensimismamiento. Soltó la taza en la encimera y recorrió el pasillo hacia la puerta de entrada. Esa forma de llamar era inconfundible de su hermana, Yolanda. Antes de abrir, Marina trató de esbozar una sonrisa y hacer desaparecer ese rostro preocupado con el que se había despertado.
Abrió y la faz de preocupación volvió rápidamente al rostro de Marina al ver los azules ojos de Yoli enrojecidos.
- ¿Qué ocurre, Yoli? -
Yoli la miró y con la barbilla temblando solo logró balbucear:
- Pe…Pedro…-
Marina dio un paso atrás al ver el espanto en los ojos de su hermana. El horror recorría su mente a la velocidad de la luz. Miró de nuevo a Yoli suplicando que no se estuviese refiriendo a lo que ya se temía, y esta volvió a balbucear:
- Con su moto…- y estalló en sollozos. El shock de Marina era de tal magnitud que ni siquiera se dio cuenta de que se estaba orinando encima. Cuando su pecho, paralizado por la congoja hasta ese momento, comenzó a agitarse, un amargo grito hizo retumbar la casa precediendo a un mar de lágrimas desconsoladas mientras apretaba sus puños con rabia.


En ese instante, Marina abrió los ojos. Una pesadilla dentro de otra, aunque no le dio tiempo a pensar más pues se bajó de la cama torpemente en dirección al baño donde permitió que la angustia que había crecido en su estómago durante la noche, saliese en forma de incontrolado vómito.
Inmediatamente, se apoyó en el lavabo para enjuagarse el sabor agrio de su boca y se miró en el espejo. Sus grandes ojos verdes estaban salpicados de pequeñas y enrojecidas venas que habían asomado a ellos por el esfuerzo de las arcadas.
Sin duda había sido el peor despertar de su vida. Era verdaderamente increíble lo real que había sido aquella pesadilla doble, por llamarla de algún modo.

Tras calmarse, marchó a la cocina a prepararse el café, repitiendo la escena que acababa de vivir en el sueño, si bien era la misma acción que realizaba cada día. Aun temblando levemente, sopló el ardiente café para no quemarse y dio un primer sorbo. Un segundo después, la taza se precipitó al suelo estallándose y derramando su contenido, cuando oyó la inconfundible llamada de Yoli en la puerta. El miedo atenazó los músculos de Marina, que era incapaz de moverse. De nuevo, el golpeteo clásico, casi musical, de Yoli a la puerta.
Marina trató de serenarse y avanzó lentamente por el pasillo. Poco antes de llegar, el golpeteo se repitió a la vez que se escuchaba a través de la puerta un gimoteo. Marina temblaba de pies a cabeza con la mano apoyada en el pestillo de la puerta. Tras unos segundos, deslizó el pestillo poco a poco y giró el pomo de la puerta abriendo muy despacio. El gimoteo era más audible, no había duda, Yoli venía llorando y Marina estaba segura por qué.

- ¡Ay!, estate quieto, Roco. -
Marina confundida, abrió la puerta y entendió de dónde venía el gimoteo. Yoli alzó al cachorro de Bulldog Francés que tenía en sus brazos y este se deshizo en lametones hacia Marina, que comenzó a reír de manera nerviosa, casi atontada.
- Mira lo que traigo hermana, ¿a que es bonito? - decía entusiasmada Yoli. Marina lo apartó y se dirigió al salón dándole la espalda a Yoli.
- ¿Adónde vas?, ¿qué haces? -
Marina, sin volverse, alcanzó el teléfono móvil que lo había dejado cargando durante la noche y respondió:
- A deshacer lo que nunca debería haber hecho. -

*     *     *     *     *     *

Pedro roncaba como de costumbre y también babeaba la almohada. No era precisamente ortodoxo a la hora de conciliar el sueño. No llevaba ni media hora acostado cuando de repente sonó el teléfono. Dio un respingo y sin apenas haber abierto los ojos, dijo enfadado:
- Joder, la gente sigue sin enterarse de que me han cambiado el turno y estoy de noche. ¡Que pesados, coño! -
En el aturdimiento que se encontraba, con un ojo cerrado y el otro entreabierto por el que solo veía la borrosidad del cuarto en penumbras, palpaba la mesita de noche buscando el móvil. Cuando lo alcanzó, comenzó a reparar en la canción que sonaba, “Black Diamond” de KISS, e inmediatamente dio un brinco y se sentó en la cama sobresaltado al tomar conciencia de a quién tenía asignada esa música…a Marina.
Carraspeó y miró el teléfono donde aparecía la foto de ella, una que le sacó él almorzando en un asador. Serenándose, descolgó el teléfono y trató de sonar firme al decir “diga”, pero su ronquera no engañaba en absoluto, por lo que oyó al otro lado del auricular la voz de Marina decir:
- Hola, soy yo… ¿te he pillado durmiendo? -
- Sí, acabo de llegar de trabajar. -
- Vaya, lo siento - se disculpó sinceramente Marina. -
- No importa. ¿Qué quieres? - preguntó con sequedad Pedro.
- A ti. –
Tras unos segundos de reflexión, Pedro dominó su cólera para no reprocharle que había sido ella quien lo había dejado, y dijo:
- ¿Por qué?... ¿por qué ahora, tras tantos meses? -
- Porque no me quiero despertar un solo día más sin estar a tu lado. -
La contestación estalló en el pecho de Pedro cuyo corazón comenzó a agitarse a toda velocidad mientras una pequeña sonrisa asomó a sus temblorosos labios. Tras un prolongado silencio en los que solo se oía la respiración de ambos, y donde Pedro se mesaba sus rebeldes cabellos castaños, la mueca de seriedad volvió a su faz y acabó diciendo:
- No es tan fácil, hay mucho que hablar. -
- Lo sé - admitió rápidamente Marina.
- Tengo mucho que reprocharte - añadió Pedro.
- Lo sé, es lo justo - admitió Marina ante la sorpresa de Pedro, que arqueó las cejas atónito al oír las palabras de Marina, habitualmente guerrera llevase o no razón. Pedro respiró hondo y dijo:
- Está bien, me daré una ducha y nos vemos en la cafetería de la esquina de tu calle en una hora, pero no prometo nada. -
- Vale, pero hazme un favor - dijo con voz suplicante Marina. -
- ¿Cuál? - preguntó Pedro extrañado.
- Que vengas en metro. Por favor, no cojas la moto - Pedro no comprendía bien la petición de Marina, pero no tenía ganas de volver a preguntar. Tan solo dijo:
- No me falles. -
- Jamás volveré a hacerlo - contestó Marina.


domingo, 1 de julio de 2012

Escrito con sangre

Hola a todos. Esta es la adaptación de un guión al que tengo mucho cariño, pues fue el primero que escribí allá por 1999 para rodar un cortometraje que finalmente no pudo llegar a ver la luz. Es por ello que hoy os lo traigo adaptado a relato escrito y, para ir entrando en situación, os diré que se trata de una trama de intriga y suspense que gira entorno a la lectura de un testamento y la peculiaridad del mismo. Es un poco más largo que los anteriores pero en mi humilde opinión merece la pena que le echéis un vistazo porque creo que os gustará, o al menos esa es mi intención.
Un saludo y espero que lo disfrutéis.

Licencia Creative Commons
Escrito con sangre por Pepe Gallego se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.






“Escrito con sangre”

Con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo y las gafas redondas postradas en la punta de su nariz, el notario paseaba por la estancia revisando papeles. Jaime Luna era un hombre corpulento, de pelo moreno aunque con tez blanquecina. Habitualmente era un tipo sereno, pero tras la repentina muerte de Hilario de Almansa, un empresario millonario muy amigo suyo, se había vuelto más tenso que nunca debido a la responsabilidad adquirida al ser el notario elegido por el difunto para llevar a cabo la ejecución de su testamento, el cual conllevaba un estrés importante debido a la complejidad y peculiaridad del mismo. 
Jaime se acercó con paso lento pero firme hacia Carmen Saavedra, una exuberante mujer de ojos celestes y pelo largo liso, rojizo como el fuego. Vestía traje de chaqueta beige, blusa color vainilla que dejaba entrever unos prominentes senos entre los cuales pendía un bonito camafeo de nácar con bordes dorados. Carmen era la secretaria de Hilario de Almansa, pero tras la muerte de este acababa de ser contratada por el notario quien en estos momentos requería sus servicios. 
- Carmen, es la hora, prepárese para ir recibiendo a los testamentarios. Mientras tanto, yo iré al despacho de Don Hilario a revisar unos documentos antes de la lectura del testamento. - 
- De acuerdo señor Luna, así lo haré - y Carmen se levantó encaminándose hacia el vestíbulo. 

Apenas unos segundos después sonó el timbre y Carmen fue a abrir encontrándose de cara con el primero de los testamentarios, Lorenzo Sales de Almansa, sobrino y único pariente vivo del malogrado millonario. Era un tipo joven, muy delgado, de pequeños aunque vivos ojos azules. Su pelo, rubio ceniza, peinado clásicamente con raya al lado. Vestía un pantalón vaquero celeste, camisa blanca con gemelos dorados y chaqueta deportiva color café. 
- Buenas noches, Carmen - saludó a la secretaria sin poder refrenar una mirada rápida y furtiva al generoso escote de esta - ¿Llego tarde? - 
- No, señorito Sales, de hecho es usted el primero en llegar - dijo ella mientras con la mano derecha se atusó la espesa melena sensualmente. Lorenzo sonriendo le dijo: 
- Carmen, nos conocemos desde hace años…no me llames señorito, me haces sentir como un crío. Llámame Lorenzo y, ¿serías tan amable de servirme un whisky, por favor? - 
Carmen asintió con la cabeza y se dirigió al mini bar a prepararle la copa mientras Lorenzo se desenfundaba la chaqueta dejándola colgada en el perchero junto a la puerta. Tras hacerlo, buscó acomodo sentándose en el tresillo de cuero marrón dispuesto para las visitas y cruzó las piernas esperando a que la secretaria del notario le trajese la copa. Carmen no tardó en aparecer con un vaso corto y ancho en el que nadaban sobre el whisky dos piezas de hielo. Tras entregarle la bebida a Lorenzo volvió a sonar el timbre. Carmen encaminó sus pasos de nuevo hacia la puerta de entrada y abrió. 
- Hola, ¿desea usted algo? - preguntó Carmen al desconocido que se hallaba ante la puerta, un hombre de mediana edad, alto y de complexión fuerte. Su pelo moreno ondulado, su tez bronceada adornada con una perilla, y unos grandes y expresivos ojos de un color mezclado entre marrón claro y un verde apagado. 
- Hola, soy Fernando Oliver, ami…bueno, era amigo de Hilario. Estoy citado aquí para la lectura del testamento por el señoooor…- y desplegando un papel doblado varias veces que portaba en el bolsillo interior de su chaqueta, dijo - sí, notario Don Jaime Luna. - 
- Eeeeh, sí, pase, por favor - contestó Carmen un poco desconcertada, pero dándole paso al desconocido que le sonrió y entró con paso lento pero firme hacia el salón donde se encontraba acomodado Lorenzo, cuya mirada interrogante ya se cruzaba con la de Carmen al tiempo que hacía ademán de levantarse cortésmente para saludar al recién llegado. 
- Hola, soy Loren…- 
- No se levante, por favor, sé quién es usted... Lorenzo Sales de Almansa, ¿me equivoco? - 
- No, no se equivoca, pero ¿cómo lo sabe? - preguntó sorprendido Lorenzo. 
- He visto fotos suyas en el despacho de su tío. Me habló varias veces de usted, de lo unidos que habían estado siempre y de lo mucho que le estimaba…aunque si he de serle sincero, también me comentó que últimamente su relación se había deteriorado volviéndose algo tensa. - 
- Si - dijo Lorenzo mientras agachaba la cabeza y se disponía a acomodarse de nuevo en el tresillo - últimamente mi tío se había vuelto un poco irascible…Él tenía un carácter difícil y yo no soy muy tolerante que digamos. Pero dejemos de hablar de mí, aún no me ha dicho de qué conocía a mi tío. ¿Negocios juntos tal vez? - 
- Éramos viejos amigos. - 
- Es extraño - dijo Lorenzo frotándose la barbilla - pero no recuerdo que mi tío me hablara nunca de usted.- 
- Pues no sé por qué razón…- pero el desconocido Fernando no pudo acabar porque le interrumpió el sonido de dos golpeteos secos de nudillo a la puerta de entrada. Hizo ademán de levantarse a abrir, pero Lorenzo ya se había adelantado raudo. Al abrir, apareció ante el umbral un hombre maduro, de unos cincuenta años, alto y de porte distinguido. Su larga melena veteada de canas le descansaba en los hombros. Tenía unos ojos grandes y celestes, una nariz un poco encorvada que presidía un fino bigote y vestía un traje negro con camisa azulina y corbata a juego. Se podría decir que Daniel Estévez, que así se llamaba, era un señor elegante. Agarrada de su brazo aparecía una mujer delgada, de largo pelo rubio, ojos marrones y unas formas en su pose y modo de moverse que denotaban cierto aire altivo y sofisticado. La verdad es que Ángela Pereda compaginaba a la perfección con su marido pues también parecía ser toda una elegante señora. Con un movimiento de cabezas saludaron inmediatamente a Lorenzo y se despojaron de los abrigos. Casi al instante volvió a sonar el timbre. 
- Esa debe ser la ex-señora De Almansa. Por cierto, Don Jaime me ha dicho que en unos momentos les atiende - y dicho esto, Carmen se apresuró hacia la puerta de entrada ante el insistente sonido del timbre. 
Al otro lado de la puerta apareció Cecilia Páez, una mujer con mirada enfadada en sus expresivos ojos pardos, con pelo corto moreno y enfundada en un ajustado traje de noche negro con tirantas y sostenida sobre unos zapatos también negros de tacón de aguja, y que con muy mal tono se dirigió a la secretaria:
- ¿Por qué no tardas más en abrir? - 
- Lo siento, tenía cosas más importantes que hacer - dijo con tono desafiante Carmen. 
- ¡Descarada!...¡Ayyy!, no sé qué maldito criterio utilizaría mi ex-marido para contratarte. - 
- Probablemente el mismo que para divorciarse de usted - contestó la secretaria sin arrugarse lo más mínimo. Ante el cariz que tomaba la discusión, Lorenzo decidió intervenir. 
- Bueno, démonos un respiro. Parece que la lectura del testamento de mi tío nos tiene a todos un poco nerviosos - a lo que Daniel Estévez añadió - Lorenzo tiene razón, tranquilicémonos y esperemos a ver qué nos tiene que decir el notario. - 
Precisamente en ese instante apareció el notario en el salón que, tras ojear unos papeles, levantó la mirada y se dirigió a los presentes:
- Perdonen que les haya hecho esperar pero estaba repasando algún que otro papeleo. Bien, como veo que estáis todos, creo que podemos proceder a la lectura del testamento - pero dicho esto, Fernando Oliver decidió intervenir. - Antes de comenzar, señor notario, me gustaría aclarar mi presencia a todos los presentes ya que creo que ninguno me conoce y veo casi obligada una explicación al respecto. - 
- Siii… ¿Quién demonios es usted? - preguntó Cecilia Páez con despotismo. - 
- El señor Oliver me empezó a explicar que era amigo de mi tío, pero la llegada del resto de testamentarios nos interrumpió, así que si usted gusta de terminar dicha explicación... - le invitó Lorenzo Sales. 
- Proceda pues - dijo el notario. 
- Eeeeh bien, soy Fernando Oliver. Hilario y yo nos conocimos hace años en la Costa del Sol. Yo tenía problemas económicos con un negocio que no iba todo lo bien que quisiera e Hilario se involucró financieramente sufragando los costes de las deudas generadas asociándose conmigo de tal manera que el negocio prosperó y acabamos haciéndonos íntimos amigos. La verdad es que me resulta raro que no les dijera nada de mí, aunque sé que era un hombre discreto. - 
- Así que en la Costa del Sol eh...ahora entiendo su acento andaluz - dijo medio sonriéndole Cecilia. 
- Buena observación - contestó Fernando al tiempo que le guiñaba un ojo y añadía - si, soy sevillano. -
- Bueno, hecha la pertinente presentación, podemos dar comienzo a la lectura del documento - dijo el notario ajustándose las gafas en la punta de su nariz e invitando a los presentes con un gesto a que se sentaran alrededor de la gran mesa que había dispuesta en el salón. 

TESTAMENTO DE DON HILARIO DE ALMANSA Y ORDOÑEZ 
 Expedido por el Sr.Notario Don Jaime Luna Aparicio, en Madrid el 24 de Marzo de 2012. 

Domingo 24 de Marzo de 2012. Son las 17:58 h. Los médicos no logran entender el motivo de mis repentinas y altas fiebres. Mis sospechas, aunque sin pruebas, van encaminadas a que en mi privada fiesta de cumpleaños de anoche, que celebré con la mayoría de los presentes, alguien me debió poner algún tipo de veneno o narcótico en la bebida, pues no llegué a comer nada. No sé exactamente el qué, si pudiese ser alguna yerba exótica que no deja rastro en sangre y orina o si fuese alguna droga desconocida, pero lo cierto es que los médicos están desconcertados y yo noto como se me escapa la vida. Comprendo la expresión de asombro que debéis tener en estos momentos, pero realmente lo creo así y, si estoy en lo cierto y este texto se está leyendo exactamente un mes después como he dispuesto, es decir la noche del martes 24 de Abril de 2012, significará que efectivamente he muerto, o lo que es lo mismo, que me han asesinado. No puedo acusar a nadie ya que no tengo pruebas, pero sí sé que todos los que estáis presentes en esta lectura bebisteis privadamente conmigo ayer. (Ya, a esas alturas de la lectura, todos se miraban con recelo.) 
Fernando estuvo conmigo antes de la fiesta departiendo un buen coñac en la biblioteca, antes de que llegaran los demás, por lo tanto es sospechoso. Pero todos los demás estuvisteis a solas conmigo en algún momento de la fiesta, por lo que ninguno está libre de sospecha. Incluso Jaime Luna, el notario, podría haber sido ya que por la estrecha relación laboral que nos unía, conocía perfectamente la disposición de mis finanzas, y ayer vino a traerme unos papeles y estuvimos tomando una copa en el despacho. Él no podría cambiar mi testamento, que ya sé lo que estáis pensando, porque esto mismo que estáis oyendo lo redacté poco antes y se lo entregué a una persona de mi total confianza antes de ser redactado por el notario. Esta persona se lo llevó y ha sido la encargada de enviaros los telegramas que os cita hoy aquí. Y dicho esto, dispongo lo siguiente: 

He hecho un balance de mis finanzas y mis bienes cuya cantidad económica asciende a un valor total de unos 73,5 millones de euros, lo que significa que dividido a partes iguales os correspondería unos 10,5 millones a cada uno. Ahora bien. Para recibir dicha cantidad, debéis pasar esta noche en la casa. A la mañana siguiente a las 8:00, la persona de mi confianza os dejará un maletín con el importe total en metálico para ser repartido entre los que hayan llegado a dicho momento. De esta manera, si alguien se marcha antes de la hora, no podrá embolsarse ni un solo céntimo. Entiendo que todos os quedaréis, pero debo advertiros de algo: No creo que el asesino esté dispuesto a compartir dicha cantidad con nadie tras haber llegado tan lejos. Sé que es cruel, pero es la única forma que se me ocurre de descubrir quién ha sido, pues al no tener pruebas reales del envenenamiento, tampoco puedo acusar a nadie ante la policía. Si ninguno lográis descubrir al asesino, habrá vencido y ese es su verdadero reto. Si no es así, los que quedéis os repartiréis el dinero.
 
Hilario de Almansa y Ordoñez 


Tras unos segundos de completo silencio, el notario se dirigió a los presentes. 
- He de suponer que todos os quedaréis para acceder a tan suculenta cifra, ¿verdad? - 
Todos se miraban unos a otros pero ninguno articulaba palabra alguna, ante lo cual el notario volvió a intervenir. - Tomaré el silencio como un sí…Por cierto Lorenzo, tu tío antes de morir me dio una cosa para ti, espera que voy a buscarla. - 
- ¿De qué se trata, Jaime? - preguntó intrigado Lorenzo. 
 - Es la foto de boda de tus padres. La poseía desde la muerte de tu madre y él quería que la tuvieses tú. - 
Cuando el notario hubo desaparecido del salón, el primero en tomar la palabra fue Daniel Estévez. 
- Bueno, una vez escuchada la voluntad de Hilario, que además me parece muy acertada teniendo en cuenta su extraña y repentina muerte, solo nos queda pasar la noche juntos esperando a que amanezca y repartirnos el dinero. - 
- Tienes razón Daniel. Gracias por ser el primero en romper el hielo, nos vendrá bien tu experiencia en una noche como hoy. Lo sé porque estuve en uno de esos tensos consejos de administración que presidiste con mi tío y pude comprobar lo diestro que eres para manejar esas situaciones. - 
- Zurdo en mi caso, je, je. De todas formas no creo que haya nada que manejar esta noche, es tan sencillo como mantenernos juntos y pasar la vigilia lo más animadamente posible. Sinceramente no creo que la teoría de tu tío sea cierta, ¿Quién iba a quererle mal? Yo no le conocía enemigos de ningún tipo, ni siquiera financieros. Era un hombre que realmente se hacía querer. - 
- Sí, pero debemos respetar su última voluntad y permanecer aquí. Yo al menos así lo haré porque no voy a esconder que me conviene. Yo no soy como mi tío, siempre he vivido la vida sin preocuparme de forjarme unos estudios o un oficio porque mis necesidades económicas han estado cubiertas gracias a él, y ahora que ya no está con nosotros no sé cómo podré salir adelante sin ese dinero. - 
- No es necesario que te justifiques Lorenzo - dijo Ángela, la esposa de Daniel - porque aquí todos debemos tener motivos para quedarnos. Fíjate en mi marido y en mí. Sin el apoyo accionarial de tu tío, cuyas acciones ya han sido vendidas a la empresa y saldrán en breve a subasta entre los accionistas, Daniel se queda muy desprotegido ante los miembros fuertes del consejo de administración, con lo cual necesitamos nuestra parte del dinero para recomprar esas acciones y poder dirigir GL Studios sin sobresaltos. Si ocurriese lo peor en ese aspecto, nuestro nivel de vida se vería comprometido seriamente - y mientras Ángela decía esto, Daniel asentía con la cabeza gacha. 
- A mí me ocurre algo parecido a Lorenzo. Pasé de ser una trabajadora a esposa de un millonario, y aunque ya estábamos divorciados, mi nivel económico no ha dejado de ser abundante. Pero el dinero se acaba y si no me quedo a recibir mi parte… - Hizo una pausa y ante la mirada de los demás se justificó - ¡Ay!, qué queréis que os diga, se está muy bien cuando te lo ponen todo por delante y no me querría ver trabajando de nuevo. - 
- Yo, al contrario de vosotros - habló Fernando Oliver levantándose lentamente del sofá - siempre he vivido con lo justo trabajando, incluso aceptando trabajos poco dignos como “recaudar impuestos” - y dijo esto haciendo con ambas manos el gesto de entrecomillar - de un magnate. Es evidente que me voy a quedar. - 
- La razón por la que yo me quedó - comenzó a decir la secretaria, Carmen Saavedra - es porque básicamente quiero el dinero. No voy a justificarme, simplemente ansío disfrutar de todas las cosas que siempre he soñado y que jamás creí que podría realizar. Digamos que es mi oportunidad de cambiar el rumbo de mi vida. - 
- ¡JA!...No será porque no lo intentaste con Hilario - soltó con sarcasmo Cecilia. 
 - Se piensa el ladrón que todos son de su condición - contestó Carmen haciendo enrojecer de ira a la ex-esposa de Hilario. Tratando de mitigar la inminente pelea entre ambas, Lorenzo actuó con rapidez cambiando de tema. 
- ¿No está tardando demasiado Jaime? - 
- Debe estar buscando la foto. Iré a avisarle - dijo Carmen, a lo que respondió Daniel - no debería ir usted sola, es mejor que permanezcamos juntos hasta que vuelva Don Jaime. 
- Tranquilo, no me ocurrirá nada, el despacho de Don Hilario está a mitad del pasillo. - 
Efectivamente, el despacho del difunto estaba relativamente cerca, pero al llegar al mismo Carmen observó que el notario no estaba dentro. Inmediatamente se le vienen a la mente las coherentes palabras de Daniel y se da cuenta de que ha sido una estupidez ir sola por dos razones: La primera porque los demás podrían sospechar de que ella buscaba una excusa para escabullirse y hacer algo, y la segunda porque yendo sola se estaba poniendo en peligro pues el asesino podría aprovechar para liquidar a una de las víctimas. Sin pensarlo dos veces, Carmen giró sobre sus talones para enfilar el pasillo de vuelta al gran salón, pero se chocó de bruces con Lorenzo, hecho que le hizo dar un respingo y estuvo apunto de gritar. 
- ¿Le has encontrado? - preguntó Lorenzo mientras Carmen, con la cara demudada, contestó: 
- ¡Me ha dado usted un susto de muerte!... ¿Por qué no se ha quedado en el salón con los demás hasta que yo volviese? - 
- Siento de veras que se haya asustado. ¡Vaya! No pensé que fuese tan feo - y al oír esto, la expresión tensa de Carmen dejó paso a una bonita sonrisa. Lorenzo también comenzó a sonreír y dijo: 
- Ande, vayamos a decírselo a los demás. - 
- ¿Ha vuelto el notario por aquí? - preguntó Lorenzo conforme entraba en el salón acompañado de Carmen - no está en el despacho de mi tío. - 
- ¿Cómo que no está? - dijo Ángela agarrándose instintivamente del brazo de su esposo. 
- Tranquilos. Solo he mirado en el despacho de Don Hilario. Podría estar en cualquier parte de la mansión…no sé…en la biblioteca, en la sala donde se celebraban las juntas, incluso en el baño - respondió Carmen. 
- ¡¡O muerto!! - dijo Cecilia con congoja. 
- No os dejéis llevar por el pánico, ¡tranquilizaos! - Daniel decía esto dirigiéndose a los demás. Cuando hubo captado la atención de todos, prosiguió. - A ver, estamos todos aquí, así que ¿Quién iba a matarlo?...Además, no estamos seguros de que exista el tal asesino. No hay una evidencia clara de ello. Seguro que el notario aparece en breve. - 
- Tampoco podemos desechar la hipótesis - comenzó a decir Lorenzo - de que en caso de existir ese asesino, no sea uno de los siete. Lo mismo es alguien externo que solo quería matar a mi tío por el motivo que fuese y ha huido. Lo mismo ni sabe lo del testamento, repito, si es que existe tal asesino. - 
- Ni tampoco podemos omitir la opción de que el asesino sea el notario y haya aprovechado la excusa para ocultarse y esperar el momento de sorprendernos - dijo Fernando. 
- ¡Cierto! - exclamó Daniel, que inmediatamente volvió a decir - pero bueno, no hagamos conjeturas precipitadas que aquí no han matado a nadie, así que tranquilidad. - 
- Yo propongo que nos dividamos para buscar al notario y zanjar esto de una vez por todas - dijo con decisión Lorenzo. 
- Buena idea, divide y vencerás - respondió Ángela dando un paso al frente, a lo que contestó Fernando: - O morirás - a lo que todos le miraron entre asustados y acusadores antes de que pudiera seguir explicándose - Cualquiera de las dos opciones podrían aplicarse al caso, porque si bien es verdad que abarcaríamos más terreno dentro de la mansión, no es menos cierto que si existe verdaderamente un asesino, le resultaría más fácil atacar a uno solo que a varios. - 

Tras un breve silencio donde unos asentían y otros simplemente miraban a su alrededor, Cecilia habló: 
- En cualquier caso no tiene sentido quedarse aquí con la incertidumbre esperando. Lo mismo Jaime puede necesitar ayuda por cualquier motivo y nosotros estamos aquí sin hacer nada. Creo que lo más sensato es hacer lo que ha dicho Lorenzo, dividirse y buscarle - a lo que añadió Daniel – me parece bien pero con una salvedad…Que ninguno diga a qué parte de la mansión va, porque si es cierto que existe un supuesto asesino entre nosotros, eso sería darle ventaja al saber el lugar exacto donde estamos cada uno, y si dentro de cinco minutos nadie ha encontrado al notario, nos vemos todos en este salón, ¿De acuerdo? - 
Todos asintieron y fueron saliendo del salón en dirección a estancias diferentes unos de otros. Cuando Daniel Estévez se disponía a salir, su esposa Ángela lo retuvo del brazo haciéndole rezagar su salida hasta que los demás habían desaparecido de la amplia estancia. Ante la interrogativa mirada de Daniel, Ángela le habló en voz baja: 
- No me gusta ese tal Fernando. No sé si es porque no le conocemos o por su fría forma de hablar y su penetrante mirada. - 
- Sí cariño, yo tampoco me fío de él, pero eso no le convierte en más sospechoso que todos nosotros. Tú por si acaso no deambules por la casa, quédate aquí en el salón, no quiero que corras peligro alguno. - 
- Pero ¡Yo no quiero quedarme sola!...Quiero estar contigo. - 
- Ángela, el salón es en estos momentos el lugar más seguro de la casa. Es espacioso y si alguien se acercara a ti, podrías verlo venir de inmediato. Nadie puede volver antes de cinco minutos, y si eso ocurriera tan solo tienes que dar una voz y estaré aquí en un suspiro, ¿de acuerdo? - 
- Está bien, pero ten mucho cuidado. No me quedaré tranquila hasta verte volver - y tras decir esto vio cómo su marido se alejaba en dirección a uno de los pasillos que salían del salón. 

* * * * * 

- ¿Dónde estará la dichosa foto? - murmuraba Jaime Luna buscando entre los cajones de la cómoda de caoba que se encontraba en el dormitorio principal - juraría que Hilario me dijo que estaba en su dormitorio - y en esos instantes la luz se apagó. 
- ¡Vaya!, lo que faltaba…Menos mal que aquí encima de la cómoda hay un porta-velas…Si antes no encontraba la foto, ahora a la luz de una vela va a ser una auténtica hazaña - dijo echándose la mano al bolsillo sacando un encendedor con el que prendió la vela. 
- ¡Seré tonto! Pero si el retrato está aquí encima - dijo al ver el retrato sobre la cómoda a un palmo de la vela, pero cuando se disponía a cogerlo, una sombra irrumpió en el anaranjado resplandor de la vela. El notario apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando unas enguantadas manos ya bajaban sobre su cabeza. Un golpe seco de un objeto contundente, abrió una herida irreparable en la cabeza de Jaime Luna salpicando de sangre la pared y el retrato. El notario se desplomó y violentos espasmos convulsionaban su cuerpo. Tras unos segundos, las sacudidas fueron disminuyendo hasta que el cuerpo quedó inerte sobre la alfombra persa sobre la que yacía tendido. Hilario estaba en lo cierto, existía un asesino y acababa de cobrarse su primera víctima, o mejor dicho, la segunda si se contaba al propio Hilario. Fernando deambulaba por la casa con una vela cuando un halo de luz se hizo visible al final del pasillo. - Qué, ¿ha habido suerte? - preguntó Daniel, que portaba un pequeño candelabro de bronce. 
- No, solo me he cruzado con Cecilia que me ha pedido fuego para una vela que llevaba - contestó Fernando preguntando al instante - y usted, ¿Se ha cruzado con alguien o ha visto algo? - 
- No, usted es el único al que he visto desde… - Daniel abrió mucho los ojos. 
- ¿Le ocurre algo? - - ¡Dios mío!...Dejé a Ángela sola esperando en el salón por si aparecía el notario. Ya tenía miedo entonces, ¡imagínese tras el apagón! - y automáticamente los dos se apresuraron en dirección al gran salón a buscar a Ángela. Daniel llegó llamándola angustiado, pero Ángela no estaba. 
- Tranquilícese, probablemente se haya asustado con el apagón y haya salido en su busca - dijo Fernando. 
- Sí, la pobre no habrá podido soportar la tensión de quedarse sola a oscuras. - 
- No se preocupe, vaya a buscarla que yo trataré de avisar a los demás y reunirlos - dijo Fernando a Daniel y ambos salieron del salón por caminos diferentes. 

Fernando avanzaba rápido rodeando con una mano la llama de su vela para que no se le apagase. Oyó un golpe seco que provenía de mitad del pasillo contiguo, así que encaminó sus pasos hacia allí y entró al dormitorio que tenía la puerta entreabierta. Al entrar tuvo la sensación de que no estaba solo en la estancia. Enfocó la vela hacia un rincón y vio la macabra escena del cuerpo del notario con la cabeza encharcada de sangre y junto a él alguien se incorporó del suelo girando la cabeza para ver de donde provenía el resplandor de la vela de Fernando. 
- ¡Lorenzo! - dijo Fernando con un tono entre sorprendido y acusador. En ese momento, Daniel entró también en la estancia. 
- ¿Qué ocurre aquí?... ¡Dios santo, han matado al notario! - 
- Cuando entré, Lorenzo estaba agachado a oscuras junto al cadáver - relató Fernando. 
- ¡No es lo que estáis pensando! - respondió Lorenzo tembloroso al tiempo que oscilaba su mirada desde los dos hombres hacia el cadáver del notario.
- ¡Ah, ¿no?! ¿Entonces qué hacías agachado a oscuras junto al cadáver? - dijo con tono acusador Daniel. 
- Cuando hubo el apagón, encontré una vela pero no tengo encendedor ni encontré a nadie que me la pudiese encender, así que entré en este cuarto a ver si encontraba unas cerillas y tropecé con algo en la oscuridad. Cuando me estaba incorporando noté el resplandor a mis espaldas y era el Señor Oliver. Eso es todo. 
- Una historia difícil de creer, Lorenzo - dijo Fernando Oliver con desconfianza. 
- ¡Yo no he matado a nadie!... ¡tenéis que creerme! - alegó Lorenzo desesperado. Fernando se agachó a examinar el cadáver mientras Lorenzo se apartaba de la escena sin poder dejar de mirar el cuerpo sin vida del notario. 
En ese momento apareció ante la puerta del dormitorio Ángela.
- Cariño, menos mal que te encuentro… ¿Qué ha…? - pero no pudo acabar la frase porque se echó las manos a la boca al ver el cadáver del notario tendido en el suelo. Daniel la abrazó rápidamente girándola para que no siguiese observando tan dantesca visión. 
- El golpe que tiene en el cráneo es brutal - dijo con resignación Fernando. Un alarido sobresaltó a todos. 
- ¡Es la voz de Cecilia! - exclamó Ángela y todos corrieron en dirección a la zona de la casa de la que provenía el grito. Al llegar a una salita, encontraron a Cecilia hecha un ovillo en una esquina sollozando. A unos metros de ella, Carmen Saavedra se encontraba con la cabeza echada hacia atrás, los ojos completamente en blanco y la lengua amoratada y colgando de un lado de la boca. 
- ¡Mirad!, parece que la han estrangulado con una cuerda - observó Lorenzo. 
- ¿Y cómo sabes tú eso? - le respondió con tono acusador Daniel. 
- Tranquilo, las marcas alrededor de su cuello son evidentes - dijo Fernando dirigiéndose a Daniel. Mientras tanto, Ángela trataba de calmar a Cecilia que poco a poco iba mitigando su llanto. Daniel se dirigió a los demás diciendo con recelo: 
- Lo que está claro es que el asesino está entre nosotros cinco. - 
- Sigues desechando la opción de que haya otra persona en la casa - contestó Fernando, a lo que Lorenzo contestó: 
- Pero si esa persona no es de los siete del testamento, no tiene razones para mata a nadie ya que no cobrará. - 
- ¿Has olvidado las palabras exactas del testamento? - dijo Fernando que prosiguió al ver la mirada interrogante de Lorenzo - en el mismo decía que a las ocho de la mañana, una persona de la total confianza de Hilario, dejaría el maletín ante la casa con el importe en metálico. ¿Quién dice que ese supuesto asesino ajeno a los siete testamentarios no cobraría?...Es tan sencillo como matarnos a todos y llevarse el maletín. Hasta puede que esa persona de confianza de Hilario sea la misma que quiera quedarse el dinero, aunque es improbable ese caso porque de querer hacerlo, no necesitaría matar a nadie, con escapar con el mismo tendría suficiente. - 
- Tiene usted razón, Fernando…Podría haber alguien más en la casa y nos está cazando uno a uno. Propongo que todos nos vayamos a la habitación que teníamos asignada y nos encerremos allí a cal y canto hasta que amanezca. De este modo, nadie podrá recibir daño - concluyó Lorenzo. 
- No Lorenzo, yo no me fío de ti. Eres el que mejor conoce esta casa y podrías deambular por ella a tu antojo - dijo desconfiadamente Daniel. - Yo también la conozco como la palma de mi mano, ¿eso me convierte en asesina? - dijo con la voz aun temblorosa Cecilia. Daniel agachó la cabeza y dijo: 
- Supongo que no…Perdonad pero esto me supera. - 
- Bueno tranquilicémonos y hagamos lo que dice Lorenzo, creo que es lo más sensato visto lo visto. - 
- Pero, ¿vamos a dejar a estas dos personas asesinadas así? - dijo con cierta indignación Ángela. - 
Es lo mejor cariño, podría haber huellas importantes y no creo que cuando salgamos mañana de aquí y llamemos a la policía, les haga ninguna gracia que hayamos tocado los cadáveres… - dijo Daniel rodeando con el brazo a su esposa que apoyó la cabeza en su hombro y le contestó: 
- Eso si logramos salir con vida de aquí, y si el ladrón no se toma la molestia de borrar las huellas si es que las hay. - Tras hacer Ángela aquella reflexión que se clavó como una flecha ardiendo en la mente de los demás, se retiraron en dirección a los aposentos acondicionados para cada uno y se encerraron bajo llave. 


* * * * * * 


(Una hora después) 
- Ya no aguanto más, esta espera me está poniendo enfermo. Voy fuera a tomar un poco de aire fresco. - - Por favor, no vayas Daniel, es muy peligroso, ¡podrían matarte! - 
- Tranquila, no me ocurrirá nada. El porche de entrada está cerca y para llegar a él no tendré que deambular por pasillos ni estancias oscuras de la casa. Ni siquiera necesito la vela porque la luz de la luna entra por los ventanales y me basta para ver el trayecto. Y si alguien intenta algo, tendrá que hacerlo cara a cara. Pero de todas formas, cierra la puerta y echa el pestillo cuando yo salga y no confíes en nadie hasta que yo vuelva, ¿De acuerdo? - 
- Está bien - dijo Ángela - pero si tardas más de cinco minutos iré en tu busca. - 
Daniel asentía y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Ángela, para mitigar su nerviosismo, se sentó en la cama y sacó de su bolso un espejo y un pintalabios. Se remarcaba el labio inferior cuando creyó oír algo al otro lado de la puerta. Lentamente, dejó lo que estaba haciendo, se descalzó para no hacer ruido y se acercó a la puerta tratando de escuchar, pero no logró oír nada. Muy despacio, giró el pomo de la puerta y la abrió para ver por una pequeña rendija que todo seguía en penumbras. Abrió un poco más hasta asomar la cabeza y susurró el nombre de su marido, pero el silencio era absoluto. Resopló pensando que todo era producto de su imaginación y se dio la vuelta para volver a encerrarse en la habitación. Entonces ocurrió. Una mano enguantada la agarró tapándole la boca. El pánico hizo que notara como se le erizaban los pelos de la nuca. El espejo con el que momentos antes se remarcaba los labios sentada en la cama y que había dejado apoyado en la almohada, le devolvía la imagen de la persona que le oprimía la boca. Los ojos de Ángela se abrieron con espanto cuando el destello de un cuchillo brilló reflejado en el espejo y se introdujo en su cuello. Aun tuvo tiempo de ver la sangre salpicándolo todo. Notaba la lengua pegándose a su paladar mientras el espeso sabor dulzón de la sangre caliente inundaba su boca. Ni siquiera podía emitir un gemido porque sus cuerdas vocales habían quedado seccionadas completamente y por ellas solo se oía un grotesco gorgoteo. Las pupilas de Ángela se dilataron y su fláccido cuerpo fue lanzado con desprecio sobre la cama, cuyo edredón se empezó a teñir con una densa mancha oscura de la sangre que se escapaba a borbotones del cuello de la malograda Ángela Pereda. Era la tercera víctima y, si nadie lo remediaba, no sería la última. 

Daniel inspiraba el gélido aire de la noche, se sentía más calmado. Con las manos en los bolsillos, comenzó a pasear por el inmenso porche de la casa. De pronto, sintió como si alguien los observase y fijó su mirada hacia la arboleda que rodeaba la mansión, pero lo único que perturbaba a los cipreses era la ligera brisa nocturna. Convencido de ello, se giró para avanzar hacia el otro lado del porche, pero al darse la vuelta… 
- ¿No puede usted pegar ojo? - 
- ¡¡¡Joder!!!... ¡No me dé usted esos sustos, por el amor de Dios! - dijo sorprendido Daniel a Fernando. 
- Lo siento, no era mi intención asustarle. - 
- No pasa nada…Y en respuesta a su pregunta, ¿Quién demonios podría dormir en una noche así?...No comprendo cómo accedí a pasar por esto, ¡Soy idiota! - 
- No se torture, accedió por el mismo motivo que todos nosotros, por dinero. Ninguno creía que las sospechas de Hilario se convertirían en realidad, y ahora en el pensamiento de todos está la pregunta del millón, ¿Quién será el próximo en caer?...Y todos esperamos no ser nosotros. Y aunque sea algo innoble, también está en nuestro pensamiento que cada vez que alguien cae, tocamos a más dinero. Es duro, pero es la realidad. - 
- Aunque me duela admitirlo, tiene usted razón - dijo asintiendo Daniel, aunque matizó - pero ya veremos si queda alguien para repartir algo… - 
Fernando sacó un cigarrillo y, al ir a encenderlo, el mechero no daba lumbre. Enfadado, lo lanzó hacia los árboles y se giró hacia Daniel. - ¿Puede usted darme fuego? - 
- Lo siento, pero no llevo encendedor, odio el tabaco. - 
- Hace usted bien con no fumar. Y parece ser que Dios también quiere que yo deje de hacerlo - y diciendo esto, Fernando guardó el cigarrillo con resignación. 
- Me marcho a la habitación, no quiero dejar sola demasiado tiempo a Ángela - dijo Daniel a lo que contestó Fernando - Sí, será mejor no despistarse mucho. - Daniel, como caballero consumado que era, cedió el paso gentilmente a Fernando, gesto que este agradeció con un leve movimiento de cabeza. Al avanzar hacia las habitaciones, Fernando frenó en seco al ver que la puerta de una de las habitaciones estaba abierta. Daniel miró por encima del hombro de Fernando y al ver que se trataba de la estancia donde se encontraba alojado con su esposa, se precipitó raudo hacia ella seguido de Fernando. Ambos quedaron petrificados ante la dantesca visión. El cuerpo de Ángela se hallaba apoyado con la parte superior del cuerpo en la cama y las piernas colgando hasta tocar el suelo. Había salpicaduras de sangre por todas partes y un gran charco junto a su cabeza que había emanado de la enorme abertura de su cuello. Lo peor es que sus ojos, vidriosos, seguían abiertos con aquella expresión de terror infinito. Daniel, tembloroso, se acercó al cuerpo sin vida de su esposa y se desplomó de rodillas gritando. 
- ¡¡¡NOOOO!!!...¡Ángela!... - 
Atraídos por el grito, Lorenzo y Cecilia aparecieron simultáneamente en el umbral de la puerta para ver estupefactos la horrenda escena. 
- ¡Vosotros! - dijo encolerizado Daniel dirigiéndose a los dos - ¿Cuál de los dos ha sido capaz de hacer algo así?...Uno de vosotros dos es el asesino. Fernando y yo estábamos en el porche. - 
- Interesante teoría Daniel, pero no deberías achacar a los demás tus actos - se apresuró a decir Fernando Oliver. La expresión de dolor e indignación de Daniel dejó paso a una de sorpresa a la que se sumaron Cecilia y Lorenzo. 
- ¿Cómo dice?... ¿A qué se refiere? - 
- Muy fácil, a que usted es el asesino - contestó Fernando. 
- Pe, pero… ¿Qué dice?... ¿Se ha vuelto loco? - 
- No, señor Estévez, no me he vuelto loco, pero usted sí. - 
- ¿Cómo se atreve a acusarme de algo así? - dijo Daniel indignado mientras se alzaba del suelo. 
- Pues le pondré un ejemplo, - empezó a decir Fernando - el asesinato del notario. Usted acaba de decirme en el porche que no me daba lumbre para mi cigarrillo porque no portaba encendedor ya que odia el tabaco. Bien….entonces, ¿Cómo encendió la vela que portaba en su candelabro? - 
- ¡Qué tontería! ¿Esa es la teoría con la que quiere usted inculparme de todo esto?...La lumbre de mi vela me la pasó desde la suya Carmen, la secretaria. - 
- ¿Ah, sí?...Tras el apagón, usted me dijo que yo era la primera persona que había visto - tras Fernando decir esto, Daniel tartamudeando contestó: 
- No sé…Bueno, pude haberme equivocado - a lo que Lorenzo intervino diciendo: 
- Sí, claro, seguro que ni siquiera tuviste que encenderla… cogerías directamente la del notario. - 
- ¡Exacto! - corroboró Fernando y añadió - usted provocó el apagón al principio cuando nos separamos, por eso dejó a su esposa sola en el salón, porque le estorbaba para cometer sus actos, ¿Verdad? - dijo acusándolo con ira. 
- ¡Estáis todos locos! ¿Cómo voy a matar a mi propia esposa?... ¡Yo no he sido! - dijo perdiendo los nervios Daniel Estévez. 
- Y seguramente también te encargaste de liquidar a la secretaria - acusó Cecilia Páez, a lo que apuntó Fernando: 
- Efectivamente, cuando nos separamos tras comprobar que su esposa no se encontraba en el salón. - 
- ¡Eso no es suficiente para acusarme!, ¡¡¡Son conjeturas sin sentido!!! - gritó Daniel irritado. 
- A ver si le convenzo ahora - comenzó a decir Fernando. - El golpe en la cabeza del notario está hecho desde la izquierda en línea descendente hacia la derecha. Y estoy observando que el degollamiento de su esposa está realizado desde derecha a izquierda, lo cual indica que el asesino es zurdo. - 
- Y tú Daniel eres zurdo - dijo Lorenzo a lo que apostilló Fernando - de hecho, el único zurdo como he podido observar. - 
- ¡Eso no prueba nada, y sin pruebas no tenéis nada con lo que acusarme! - dijo Daniel. 
- Tiene usted razón, no son pruebas concluyentes, así que ¿Por qué no saca lo que lleva en los bolsillos? - le convino Fernando. 
- ¿Cómo dice? - preguntó desconcertado Daniel. 
- Si hombre, lo que lleva en los bolsillos, probablemente los guantes con los que cometió los homicidios - dijo Fernando con seguridad y prosiguió. - Me di cuenta en el porche porque no sacó usted las manos de los bolsillos para nada. Por eso probablemente me dejó pasar primero fingiendo caballerosidad, para poder quitarse los guantes a mis espaldas, ¿Me equivoco, señor Estévez? - 
Ante la sorpresa de los demás, Daniel agachó la cabeza y comenzó a reír. Cuando la alzó, con la sonrisa aún en los labios, admitió con una tranquilidad y frialdad pasmosas: 
- No, no se equivoca usted. Me ha descubierto - y decía esto mientras sacaba los guantes y lentamente se los iba colocando. Miró a Fernando y dijo: 
- Dígame, ¿Cómo ha conseguido relacionar detalles tan pequeños para llegar a la conclusión final? - 
- Porque es mi trabajo. Soy el teniente Oliver… Fernando Oliver, de homicidios. Hilario, al sentirse moribundo, me mandó llamar para esclarecer todo esto. Tuve que inventarme una coartada para poder infiltrarme aquí esta noche y tener opciones de descubrir si las sospechas de Hilario eran ciertas. Por eso, en el testamento, me incluyó a mí para hacer más veraz la historia. - 
- ¡Mierda, debí haberlo imaginado! - dijo entre dientes Daniel con rabia. 
- Hay una cosa que no entiendo… ¿Por qué ha matado a su esposa?...Sería partícipe de su dinero y todo quedaría en casa - planteó Fernando a Daniel. 
- Ángela - comenzó a decir Daniel y echó la vista atrás para ver el cadáver de su mujer antes de girarse hacia Fernando y proseguir - era una mujer muy derrochadora, llevaba un tren de vida que yo a duras penas podía proporcionarle. Si permitía que se agenciase ese dinero, sabía perfectamente que lo malgastaría y luego tiraría de mi parte hasta dejarnos en situación precaria. Además, nunca me habría apoyado en todo esto, así que, ¿para qué correr riesgos?...Créame que lo siento porque yo la quería, pero no había elección…- y dijo esto con tristeza en la voz. 
Fernando cruzó la mirada con Cecilia y Lorenzo para acabar posándola en Daniel al que se dirigió diciéndole mientras disimuladamente se echaba mano a la parte trasera del cinturón: 
- Con todo aclarado, solo me queda leerle sus derechos. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal. Tiene usted derecho a… - pero Daniel le cortó diciendo: 
- Aaaah, no,no,no… - alzó la mirada y una mueca siniestra asomó a su rostro a la vez que decía - ¿De verdad pensáis que voy a dejar que me llevéis a la cárcel?... O aún peor, ¿Que os quedéis con mi dinero?...Qué equivocados estáis. - 
- ¿Qué va a hacer? - preguntó aterrada Cecilia. 
- ¡Daniel, no cometas ningún disparate! - Pero no hubo tiempo a decir nada más, porque Daniel sacó su cuchillo e hizo ademán de lanzárselo a Fernando, pero no fue tan rápido como este, que extrajo de su espalda un revolver y un estallido resonó en la estancia. Daniel voló literalmente hacia atrás cayendo sobre la cama junto al cuerpo de su esposa. El agujero sanguinolento de su frente aún humeaba por el certero disparo del teniente Oliver. Cecilia se echó las manos a la cara sollozando y Lorenzo la abrazó mientras decía: 
- Eligió mal camino, aunque sí ganó en algo…Ya no tendrá que volver a preocuparse por sus finanzas. - - Y ahora, ¿Qué va a pasar? - balbuceó Cecilia. 
- Tranquila - dijo el teniente guardándose el revolver - la persona de confianza de Hilario no existe. Cuando me reuní con él, llegamos a la conclusión de que si estaba en lo cierto, el asesino no iba a permitir que habiéndose tomado tantas molestias eliminándole, otros se repartiesen el botín. Lo querría todo para él, por lo tanto esta noche actuaría para conseguirlo y yo tendría una oportunidad para descubrirle. Por eso pedí a mis hombres que me dejaran solo, sin comunicadores de ningún tipo para no ser descubierto accidentalmente. Son ellos, mis hombres, los que vendrán a las 8 de la mañana con el maletín de dinero para ser repartido y para asegurarse de que el asesino no escapase con la herencia, ya que o bien lo descubría yo, o bien me mataba él, en cuyo caso mis hombres apresarían a la entrega del maletín a todos los presentes poniendo el dinero a disposición judicial hasta aclarar el asunto. - 
- Pero usted también ha logrado llegar a las 8 de la mañana y está en el testamento, por lo tanto cobrará su parte - dijo Lorenzo. 
- Es cierto, si usted no lo hubiese descubierto, Daniel nos habría matado a todos - comentó Cecilia. 
- Yo firmé un documento ante Hilario en el cual declinaba mi beneficio económico en la herencia, ya que fui incluido en ella tan solo para apoyar mi coartada. Créanme, yo ya estoy pagado habiendo salvado dos vidas - y Fernando hizo una pausa antes de concluir diciendo - pero estoy desolado por no haberle descubierto antes y haber salvado más vidas inocentes. - 
- Sí, pero ha hecho lo que ha podido y puedo hablar en mi nombre y creo que también en el de Cecilia, al decirle que personalmente estoy satisfecho ya que estamos vivos gracias a usted, por lo que el dinero será repartido a partes iguales, esté o no esté usted en la herencia. Considérelo un regalo para agradecerle el presente que usted nos ha hecho a nosotros…El de vivir. - 
Fernando sonrió levemente, dio dos palmadas en el hombro de Lorenzo y dijo: 
- Vamos, ha sido una noche muy larga. Prepararé un poco de café mientras llega la brigada. - 
- Sí, necesito uno bien cargado - añadió Cecilia mientras los tres dejaban a sus espaldas el cadáver de Daniel Estévez, el asesino de Hilario de Almansa. 

Pepe Gallego


sábado, 26 de mayo de 2012

"El salvaje Oeste"


Río, tumbado en el suelo, apretaba su mano izquierda sobre el pecho, pero era inútil y él lo sabía. La vida se le escapaba en forma de densos hilos escarlatas a través de sus temblorosos dedos. Alzó la vista, que se le nublaba por momentos, para ver al mayor de los hermanos Barlow, Lester, que reía a carcajadas mientras hacía girar rítmicamente su revolver. Pero, ¿dónde estaba Jackie, el otro hermano?

–¿Te duele, McKenzie?,ja,ja,ja,ja. –Río lo miraba desde el suelo con la rabia inundando sus ojos.
–¡Eh, Lester, mira el tesoro mejicano que he encontrado en el granero!
La rabia que dominaba la mirada de Río McKenzie cambió drásticamente al observar al menor de los Barlow que venía empujando a su esposa, Matilde, la cual intentaba resistirse inútilmente pues el menudo Jackie le iba agarrando de su larga melena azabache.
Acto seguido, Río se dirigió a Lester implorándole:
–A ella no Barlow, por favor, esto es entre vosotros y yo. Déjala marchar.
–Espera que lo piense…uhmmm…Pues no, lo siento pero eso no va a ser posible.
Río bajó la mirada al suelo y apretando las mandíbulas balbuceó entre dientes:
–¡Maldito!, si le haces daño juro que te destrozaré aunque sea lo último que haga.
–¿Qué hablas de hacerle daño, McKenzie?, pero si es muy guapa. Tranquilo, la vamos a tratar como se merece, ¿verdad Jackie? ,ja,ja,ja.
–Claro Lester. Veamos que tiene debajo de esta bonita blusa.
–¡Nooo! –gritó desesperado Río, pero fue en vano. Un violento tirón de Jackie a la blusa de Matilde dejó al descubierto sus tersos senos. Río, sacando fuerzas de flaqueza, hincó una rodilla en el suelo y consiguió alzarse para intentar ir a socorrer a su esposa.
–¿Dónde crees que vas? –dijo el mayor de los Barlow, que le descerrajó un tiro en el muslo izquierdo haciéndolo caer de nuevo.
–Quédate ahí quietecito McKenzie, el show acaba de comenzar, ¿no querrás arruinarlo, verdad?
–Lester, ¿me dejas empezar a mí?, voy a enseñarle a esta zorra mejicana lo que es un hombre de verdad, ja,ja,ja –decía Jackie mientras manoseaba los pechos de Matilde que pretendía resistirse.
–¡No te atrevas a tocarla, bastardo! –gritó Río desde el suelo.
–Aaaah, cállate McKenzie. Te diré lo que vamos a hacer. Primero, vamos a jugar un rato con tu mujercita. Luego, nos tomaremos una buena botella de whisky a tu salud. Y después, quemaremos tu casa, tu granero y puede que también a ella. Aunque si se porta bien, lo mismo la perdonamos y solo le cortamos la lengua, ja,ja,ja –dijo con sorna Lester. 
Río, medio moribundo, se aferraba a la vida buscando la manera de liberar la torturada visión que tenía ante sí de su esposa ultrajada. Cerró sus dedos sobre la ardiente arena con la rabia y desesperación de saber que poco o nada podría hacer ya.
–Dios –empezó a murmurar alzando la mirada al cielo– permíteme una última redención. Yo pagaré por cuanto mal haya causado en esta vida, pero no la hagas a ella partícipe de la desgracia que me asola. No me importa morir, pero sálvala a ella.
–¿Qué dices McKenzie?, habla más alto, ¡no logro oírte! –decía Lester Barlow burlándose de él, mientras Jackie reía al tiempo que seguía sujetando por el pelo a Matilde. La mejicana no sollozaba como cabría esperar. Era una mujer dura, curtida en un mundo de hombres despiadados sin modales ni moralidad alguna. Su mirada era de un profundo desprecio hacia sus captores. Al ver la sonrisa de Jackie, dejó de forcejear y le escupió. A este se le borró la sonrisa inmediatamente de la faz, se limpió la cara con la mano izquierda y con el reverso de esta abofeteó con fuerza el rostro de la muchacha que cayó al suelo. Una brizna de sangre asomó por la comisura de sus labios.

En ese instante, un grito espeluznante barrió la escena haciendo virar la vista tanto a los Barlow como a Matilde. Río se hallaba en pie, con los brazos abiertos y la cabeza agachada. El cielo, hasta ese instante totalmente despejado y dominado por los intensos rayos del sol,  comenzó a cubrirse de espesas nubes negras ocultando por completo a la gran estrella.
–¿Cómo coño se ha levantado, Lester?, tiene una bala en el pecho y otra en la pierna –dijo Jackie sorprendido, oscilando la mirada entre su hermano y Río varias veces.
–No te preocupes hermanito, le meteré una bala en la otra pierna y no volverá a moverse –y eso se dispuso a hacer Lester, pero antes de que pudiese apretar el gatillo, un golpe por detrás de su rodilla le hizo tambalearse hasta caer a tierra aullando de dolor. Matilde le había dado una patada con todas sus fuerzas desde el suelo para que no pudiese disparar a su marido.
–¡Quieta furcia! –dijo Jackie amartillando su revolver para disparar a Matilde.
–¡¡¡JACKIEEEEE!!! –el alarido de una voz gutural heló la sangre del menor de los Barlow que giro la cabeza lentamente hacia Río, pero éste ya no parecía él mismo. Su mirada penetrante era aterradora. Las cuencas de sus ojos se habían ensombrecido tiñéndose de una extraña oscuridad contrastada con el brillo de sus pupilas. Sus dedos se habían transformado en largos y huesudos a modo de garras. De los mismos, comenzó a brotar sangre ante el crecimiento instantáneo de una afiladas uñas.
Río, o lo que quisiera que fuese ya, movió sus ensangrentados y temblorosos labios para dejar entrever dos filas de dientes puntiagudos. Lester, que a duras penas se había incorporado agarrándose la rodilla dolorida, estaba completamente pálido. Miró a su hermano que se había quedado petrificado observando a Río mientras seguía apuntando a Matilde.
Lester volvió a mirar a Río y alzando su revolver comenzó a dispararle. Una, dos, tres, cuatro veces hasta que el tambor se descargó de proyectiles. El atronador sonido de las balas contrastaba con el rugido de la tormenta que comenzaba a arremolinarse en el lugar. Ninguno de esos proyectiles alcanzó a Río que, con movimientos casi imperceptibles al ojo humano, los esquivó todos.
Al instante, comenzó a avanzar lentamente hacia los hermanos. Jackie viró el revolver desde Matilde a Río y comenzó a dispararle como había hecho Lester, pero el resultado fue el mismo. Casi sin tomar carrera, Río dio un salto hacia delante de unos quince metros quedándose a un palmo de la cara de Jackie, que temblaba de pies a cabeza. Alzó su huesuda mano derecha, agarró por el cuello a Jackie y lo levantó medio metro sobre el suelo con la facilidad que se levanta un vaso de whisky. Lester, que sin dejar de mirar la escena, había vuelto a recargar su revolver, levantó a Matilde por el pelo y se colocó tras ella, rodeándole el cuello fuertemente con su brazo y con la otra mano apuntándole a la cabeza con el arma.
–¡Suelta a mi hermano o le vuelo la cabeza a esta perra mejicana! 
–Río, miró lentamente al mayor de los Lester, sonrió y acto seguido dobló la cabeza de Jackie hacia atrás, partiendo su cuello con un macabro chasquido.
–¡NOOOO! –gritó desesperado Lester Barlow al ver la cabeza de Jackie retorcida anti-naturalmente hacia atrás. En ese momento, Matilde aprovechó la confusión para morderle la mano con tal fuerza que se trajo el pedazo de carne. Automáticamente Lester soltó a Matilde con un bramido de dolor mientras de su mano salió lanzado un chorro de sangre.


El viento y una lluvia torrencial hicieron acto de presencia y comenzaron a azotar a los presentes. Río, que aun mantenía en alto el cuerpo sin vida de Jackie, lo lanzó como un guiñapo a varios metros de distancia y encaminó sus pasos hacia Lester. Éste, más preocupado de su mano que de Río, no vio venir el zarpazo, que le provocó tres cortes profundos en la cara y le hizo retroceder a trompicones. Con el pavor dibujado en el rostro, Lester inició una torpe carrera cojeando en dirección al granero, ante el cual había dejado atado a su caballo. Río le seguía andando, sin prisa, sabedor de que lo tenía a su merced. Pero se confió y con un rápido movimiento, Lester le acertó un balazo en el hombro, haciéndolo frenar lo suficiente para llegar hasta el caballo. Se subió al mismo y cuando se disponía a golpear con la espuela de su bota el lomo de su montura, la garra de Río le asió del tobillo y lo lanzó con una fuerza inusitada a unos diez metros. Lester cayó resbalando por el anegado suelo llenándose la cara de barro. Palpó el terreno buscando su revolver que se le había caído al precipitarse. Consiguió encontrarlo pero el tacón de la bota de Río hundió su muñeca haciéndola crujir bajo su peso. Mientras gritaba, Río lo levanto del pelo y lo miró a los ojos con aquel rostro de inframundo en el que se había transformado.
–Te dije que si le hacías daño, te destrozaría aunque fuese lo último que hiciese.
Lester, totalmente aterrado y sabedor del destino que le esperaba en segundos, comenzó a orinarse encima. Río abrió su boca y atacó repetidas veces con mordiscos violentos el rostro de Lester dejándolo sanguinolento e irreconocible. En un último intento por salvar la vida, Lester pidió clemencia. Río lo miró unos instantes y, tras relajar su expresión, lo dejó caer al suelo.
–Márchate y no vuelvas.


Lester tosía tumbado empapado de sangre y barro. Río McKenzie se dio la vuelta y Matilde semidesnuda corrió hacia su marido que comenzaba a perder su aterrador aspecto para volver a ser el mismo, un hombre que se tambaleaba herido por tres balas que Lester Barlow había alojado en su cuerpo.
Matilde se abrazó a él pero un estruendo retumbó en el aire, el inconfundible sonido de un disparo. Matilde notó como el cuerpo de su marido se resbalaba de sus brazos y caía de rodillas. Tras él, el cañón del revolver de Lester Barlow humeaba delatando lo que acababa de ocurrir. Sonriendo entre tosidos y espasmos, el forajido miró al moribundo y dijo:
–¿De verdad pensabas que me marcharía sin más,  tras destrozarme la cara y matar a mi hermano?
–Corre –le susurró al oído Río a su esposa. Ella negó con la cabeza pero él insistió gritándole– ¡Corre! –momentos antes de hacer un último esfuerzo y lanzarse hacia atrás para cubrir el disparo de Lester, que ya volaba hacia la mejicana. La bala impactó a bocajarro en el pecho de Río que cayó inerte al suelo, pero le dio el tiempo suficiente a Matilde para escapar, y esta ya corría hacia la casa. Lester le disparó dos veces más pero no estaba en condiciones de acertar a distancia debido a las heridas. 


Se incorporó a duras penas y observó el cuerpo sin vida de Río y luego el despojo al que había quedado reducido su hermano Jackie. Volvió a mirar con desprecio hacia la casa e inició su andadura cojeando hacia la misma. Al llegar, miró con desconfianza pues la puerta se encontraba abierta. Amartilló su revolver para poder utilizarlo de nuevo, y entro con sigilo. La estancia estaba en penumbras, pero notó cómo la puerta de la cocina aún se movía y entendió que la mujer probablemente se encontraba allí. Avanzó con cautela y se colocó junto al dintel de la puerta para escuchar.  Se oía una respiración entre cortada. No había duda, la asustada muchacha estaba dentro. Lester esbozó una mueca parecida a una sonrisa en su rostro desfigurado por las heridas, y se asomó lo justo para ver cómo una sartén volaba hacia él. Colocó el brazo delante y tras ser golpeado exclamó un improperio y disparo en dirección a Matilde que salía corriendo por la puerta trasera de la cocina. El disparo impactó en la madera haciendo saltar astillas. Cojeando furioso atravesó la estancia, salió por la puerta por la que había escapado la muchacha y fue tras ella. Era evidente que el único lugar al que había podido ir era al granero, así que encaminó sus pasos hacia allí. Nada más entrar, la pudo ver corriendo a ocultarse tras un montón de paja y le disparó volviendo a fallar, pero todo era cuestión de tiempo porque la chica estaba tras la paja y ya no tenía escapatoria. Efectivamente, llegó al sitio y Matilde se encontraba apoyada contra la pared respirando de forma agitada. Lester amartilló de nuevo su revolver, apuntó y…Matilde comenzó a sonreír.
–¿De qué te ríes, zorra? –preguntó Lester entre furioso y confuso.
–De ti y de tu revolver sin balas –dijo la mujer con su inconfundible acento mejicano.
Lester, anonadado, se dio cuenta de que efectivamente había agotado el contenido del tambor.
–Eres astuta, mujer. Has contado las balas que he gastado desde que cargué por segunda vez el revolver. Pero eso no quiere decir que no pueda volver a cargarlo. Vamos a ver si te ríes ahora –dijo Lester echándose mano al cinturón para coger balas y recargar el arma, pero en esta ocasión el amartillado que sonó no fue el de su revolver sino el crujido de una escopeta al cargar sus cartuchos. Sorprendido, se giró y vio una figura inesperada, un niño de apenas diez años que le encañonaba. Lester miró atrás y le dijo a Matilde:
–Sabías que te perseguiría. ¡Me has tendido una trampa, sucia ramera!
–¿De verdad creías que tras matar a mi marido me iría corriendo cobardemente?... ¡Dispara Johnny!
Lester se giró rápidamente para quitarle la escopeta al chico pero lo único que encontró fue un cartucho alojado en su pecho. El cuerpo voló literalmente yéndose a estampar contra la pared del granero y resbaló fláccido por la paja allí amontonada tiñéndola de rojo.
A Johnny, que miraba estupefacto al hombre al que acababa de dar muerte, le fue arrebatada la escopeta por su madre que le abrazó con fuerza mientras le besaba sin parar.


Pepe Gallego

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jueves, 26 de abril de 2012

Rozando el límite (de Tessa Jiménez)

Hoy me enorgullece presentaros la primera incursión de nuestra amiga Tessa Jiménez ("Tess", para los amigos) en el campo del relato corto. Y lo hace con una historia dramática e intensa que a buen seguro os gustará tanto como a mí. Espero que muchos más os vayáis animando a participar en este vuestro blog, del mismo modo que ya lo han hecho Tess, JGigan, Noe o Tomás.
Os dejo con el relato.



“Rozando el límite”


Su rostro palideció cuando se percató de que estaba sola en mitad de la calle desierta y en la oscuridad de la noche, sin saber cómo había llegado a ese lugar tan inhóspito.
La lluvia caía sin cesar, empapando por completo el cuerpo de la joven, que permanecía inmóvil, sin capacidad para poder reaccionar ante la situación tan insólita y confusa que estaba viviendo.
Su camisón de seda se adhirió a su piel mojada, resaltando las curvas de su silueta y dibujando el relieve de su figura.
La chica por fin acertó a esbozar un leve y tímido movimiento de sus manos hacia sus largos cabellos de color negro azabache, hundiendo sus dedos en el espesor de su ondulado pelo calado por el agua con la intención de cogerse una coleta, pero no halló en su muñeca la gomilla que solía llevar siempre para atarse el pelo.

Todos sus movimientos eran pausados y entrecortados, su mirada parecía ausente y perdida, sus dientes no paraban de rechinar a causa del frío, todo su cuerpo temblaba ante el miedo que se albergaba en su interior, ya que era incapaz de encontrar una explicación coherente a todo cuanto estaba aconteciendo.

En un intento desesperado por recordar las circunstancias que se habían producido para que apareciera de pronto en ese sitio y vestida de esa guisa, cerró los ojos e intentó concentrarse con la intención de vislumbrar alguna imagen en su mente que le hiciera recobrar la memoria. Sin embargo su esfuerzo fue en vano, pues no consiguió encontrarle ningún sentido a la realidad que en ese momento la envolvía, haciéndola sentir insegura, temerosa y preocupada.

Fue en ese instante cuando echó a correr presa del pánico y del caos que poco a poco se iban apoderando de su ser. Entonces, tras una mueca de extrañeza y asombro, se dio cuenta de que estaba descalza, algo totalmente insólito y bastante desconcertante que acrecentaba aún más si cabe su pesadumbre.
Con el semblante desencajado, miró a su alrededor, giraba su cabeza bruscamente en todas direcciones tratando de averiguar cual era su paradero, pero sus ojos no eran capaces de reconocer el entorno en el que se hallaba.

- ¿Qué puedo hacer? ¡No sé cómo he llegado hasta aquí! ¿Alguien puede ayudarme, por favor?

Pero por más que gritaba y suplicaba entre sollozos, nadie atendía a sus lamentos, pues el tiempo era muy desapacible y la calle estaba totalmente desolada.
Claudia se encontraba sumida en la más absoluta desesperación, cuando de repente, a lo lejos pudo distinguir la sombra de un hombre bajo la luz de una farola que la invitaba con un gesto de su mano a ir hacia donde él se encontraba.

Un suspiro de alivio y consuelo se escapó de su boca al comprobar que no estaba sola, alguien la había visto y parecía que tenía intención de ayudarla.
Cuando hubo recorrido la distancia existente entre ambos, pudo ver que aquella figura misteriosa correspondía a un hombre vestido de negro, cuyo cuerpo reposaba verticalmente sobre el poste de la farola. El joven ocultaba su cara tras un casco de moto integral, impidiendo así que sus facciones fueran perceptibles a los ojos de los demás.

- ¡Menos mal! ¡Qué alegría encontrarle! Ya pensaba que nadie me escuchaba. ¿Puede decirme dónde estoy?, exclamó Claudia entre una mezcla de tranquilidad e incertidumbre.
Pero el chico permanecía impasible y quieto ante la presencia desvalida de Claudia, lo cual hizo que ésta empezara a ponerse muy nerviosa.

- Oiga, ¿no va a decir nada? ¿No se da cuenta de que estoy perdida y casi desnuda en medio de la calle? ¿Acaso se va a quedar ahí pasmado? dijo la chica con voz sobrecogida y apenada.

El hombre, que aparentemente seguía con la misma actitud de pasividad, elevó sus brazos hasta posar sus manos en las mejillas llorosas de Claudia y a continuación, le susurró unas palabras al oído con tono calmado y voz templada:

- Tranquila, no tengas miedo, nada malo va a pasarte mientras yo esté contigo.

En una porción brevísima de tiempo, el cuerpo de Claudia se estremeció al oír esa cálida voz que le era tan familiar, pero que no acertaba a identificar.

- ¿Quién eres? Tu voz me suena, pero ahora mismo estoy muy confundida y no soy capaz de reconocerte.

Sin mediar palabra, el enigmático motorista se desprendió de su casco, mostrando al fin su rosto a la joven que estaba cada vez más intrigada.
La mirada de unos profundos ojos negros se clavó en los ojos de Claudia, la cual no podía salir de su asombro al comprobar que se trataba de Enrique, su novio muerto en accidente de moto 3 años atrás.
Ella se abrazó desesperadamente al cuerpo del joven al que se aferró con todas sus fuerzas a la par que lloraba desconsoladamente.

- Enrique, te echo tanto de menos, amor mío... ¿Por qué me dejaste sola? Sin ti mi vida no tiene sentido.

A lo que el joven añadió:

- Yo nunca me fui, sigo a tu lado, aunque tú no puedas verme yo siempre permaneceré junto a ti para cuidarte. Ahora no llores y escúchame atentamente, niña.
Mira a tu alrededor... Esta fue la farola donde perdí la vida una noche como la de hoy de hace 3 años y ya es hora de que vayas haciéndote a la idea y que comiences a rehacer tu vida, porque así podré descansar en paz sabiendo que no vas a volver a tratar de suicidarte.

Claudia pudo recordar lo sucedido en el pasado, aunque no daba crédito a lo que estaba escuchando, no salía de su asombro ante la situación que estaba viviendo y no entendía a qué se refería Enrique con el tema del suicidio.
Enrique acarició el pelo de Claudia, aprisionando sus cabellos húmedos entre sus manos, mientras se acercaba lentamente a su mejilla para besarla.

- Venga, ya estás lista para volver. No me defraudes y no estés triste, porque sigo vivo en tus recuerdos, dijo a su emocionada novia.

Ella agachó la vista por un momento, para luego retomar de nuevo la mirada hacia los ojos de Enrique que la miraba embelesado y sonriendo dulcemente le dijo:

- Nunca te olvidaré, niño.

Y diciendo esto, el joven desapareció, dando lugar a la más absoluta oscuridad y Claudia resurgió del interior del agua de su bañera tomando una gran bocanada de aire que inundó sus pulmones.

Acto seguido, aún confundida por la vivencia tan traumática y a la vez tan maravillosa que había experimentado, pudo incorporarse y poner sus pies descalzos sobre la alfombra del baño, se desprendió de su camisón de seda empapado y envolvió su cuerpo en una toalla.

Mientras se estaba secando, no paraba de pensar en lo ocurrido, pues tenía serias dudas de si realmente había visto a Enrique o solamente había sido una alucinación.
Entonces, giró su cabeza y vio su propia imagen reflejada en el espejo... y pudo observar con asombro y estupefacción, que llevaba el pelo recogido con la misma gomilla que Enrique portaba en su muñeca la noche del accidente.

Tessa Jiménez


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