jueves, 19 de abril de 2012

Con el pie izquierdo

Nuevo Relato Corto:  "Con el pie izquierdo"

Hoy os traigo un nuevo relato corto que he escrito. Son unas 5 páginas. En esta ocasión y a diferencia de los anteriores, está más enfocado a la comedia. Espero que os guste.
¡Un saludo!


“Con el pie izquierdo”

Cuando se encontraba en el sueño más profundo, el inapelable sonido del despertador inundó el dormitorio. Atravesando la delgada línea entre sueño y realidad como si emergiese de las profundidades del mar, la conciencia de Juan trató de zafarse de la somnolencia. En la oscuridad, su mano derecha buscó a tientas el botón del despertador para mitigar su estridente sonido, pero no era capaz de encontrarlo. En su desconcierto, mitad por la torpeza de seguir medio adormilado y mitad por los nervios de apagar el desagradable sonido, golpeó el teléfono móvil que lo tenía cargándose sobre la mesita de noche, yendo este a estrellarse contra el suelo con un ruido poco alentador.

- ¡Me cago en sus muertos! - exclamó airado mientras se levantaba sobre un codo y miraba al suelo esperando ver algo distinto de lo que parecía indicar el ruido. El móvil destartalado, eso es lo que vio. La tapadera por un lado, la batería por otro, la pantalla estallada…
Fastidiado por ver a lo que había quedado reducido su preciado móvil de última generación, se giró hacia el despertador y con un manotazo seco golpeó el botón para apagar la dichosa alarma. Sin embargo, lejos de hacerlo, el despertador cobró más vida si cabe y comenzó a sonar de manera más acelerada y ensordecedora.

- Pero, ¡esto qué es! - y agarrando enfurecido el pequeño despertador, dijo - ¡al carajo! - y lo lanzó estampándolo contra la pared de enfrente, saltando trocitos de plástico rojo por todas partes y oyéndose a las pilas rodar por debajo de la cama.
Cuando se hubo calmado, alargó la mano y recogió del suelo la tapadera, la batería y el malogrado móvil. Tras recomponerlo, pulsó para encenderlo pero el móvil había pasado a mejor vida. Resignado, sacó la tarjeta del mismo y lo colocó todo sobre la mesita de noche.
Se sentó en la cama y resopló unos segundos. Echó el pie izquierdo al suelo, se colocó las zapatillas y se irguió. Arrastrando los pies dirigió sus pasos lentamente hacia el baño al tiempo que se rascaba la nalga derecha. Orinó y mientras se lavaba las manos en el lavabo, sonrió al observarse en el espejo y ver el desordenado pelo y dos pegotes de legañas en el lagrimal de cada ojo. Se quitó el pantalón del pijama y se metió en la ducha, dando un respingo al notar la fría impresión de la primera caída de agua. Se enjabonó rápidamente para poder tener tiempo de tomarse el café mientras leía sus correos electrónicos antes de marcharse a trabajar, pero cuando accionó el grifo lo único que salió fue un hilillo de agua de la densidad del pelo de una segueta, y además helada.
- ¡Anda, ya lo que me faltaba! - exclamó agobiado entendiendo que por alguna razón que desconocía, habían cortado el agua. A tientas, pues tenía un ojo cerrado porque el jabón se le había metido dentro y le escocía, estiró el brazo hasta alcanzar la toalla, pero al colocar el pie en el suelo, en vez de hacerlo en la redonda moqueta antideslizante que tenía adecuada para ello, lo hizo directamente en el suelo, resbalándose. No llegó a caer pues se agarró a la mampara de la ducha, pero el pie con el que había patinado fue a estrellarse contra la silla donde tenía colocado el pijama, golpeándose con el dedo meñique en la pata de la susodicha silla. Un aullido de dolor resonó en el cuarto de baño, seguido de varios improperios enfurecidos.
- Pero, ¡qué coño me pasa hoy!... ¡vaya inicio de día!...-

Se quitó el jabón del cuerpo con la toalla, se calzó las chanclas y fue cojeando hacia la cocina. Una vez allí, abrió el frigorífico para coger una botella de agua con la que enjuagarse la cabeza, pero declinó la idea al notar lo fría que estaba. Miró a su alrededor y vio la botella que había junto a la ventana, que solía tener allí colocada para ahuyentar a las moscas e insectos y que estaba a temperatura ambiente. La agarró con la misma presteza con la que la soltó al notar un intenso picotazo. Una avispa salió zumbando de detrás de la botella alejándose mientras la botella de agua se precipitaba por el ojo de patio oyéndosele golpear en los tendederos de los vecinos. Todavía no le había dado tiempo a quejarse del picotazo cuando oyó un golpe seco y otra queja.
- ¡AY!... ¡quién habrá sido el hijo de puta!... hay que ver cómo me ha puesto de agua…-
Aun con el dedo hinchándose por momentos y latiendo como si tuviese un corazón propio en su interior, calló para no delatar su posición, pues era evidente que la botella de agua había alcanzado otro objetivo antes de impactar contra el suelo, un objetivo vivo con la inconfundible voz del portero del bloque que expulsaba sapos y culebras por su boca a través de encolerizadas imprecaciones.

Acabó cogiendo la botella de agua fría del frigorífico, y regándose el pelo con ella para eliminar el jabón en el lavabo, empezó a sonreír pensando en el botellazo que se habría llevado el pobre hombre y en lo cobarde que había sido escondiéndose. Para cuando acabó de enjuagarse el pelo, el dedo tenía un aspecto parecido al de una maraca, estaba completamente hinchado. Se aplicó pasta dentífrica para contrarrestar la picadura y fue a vestirse pues miró su reloj y entendió que ya no le daba tiempo de ponerse a tomar café, así que lo tomaría en la fábrica. Salió de casa y bajó sigilosamente las escaleras para no encontrarse con el portero, pero fue en vano. Este estaba frotándose el pelo con una toalla delante de la puerta del patinillo mascullando entre dientes.
- Buenos días, Sebastián. -
- ¡Buenos días serán para usted! - exclamó malhumorado el portero. - ¿Le ocurre algo? - y cuando Sebastián se quitó la toalla de la cabeza, Juan tuvo que reprimir una carcajada al verlo totalmente despelucado.
- Sí…un cabrón que me ha tirado una botella de agua cuando estaba en el patinillo colocando junto al husillo el cartón con pegamento para las ratas. -
- ¿Y le ha hecho mucho daño? -
- No, porque me ha dado la parte blanda de la botella en la cabeza, pero fíjate como me ha puesto de agua con el frío que hace, eso sin contar el susto que me he dado…como coja al que ha sido, me cago en su puta madre, se le van a quitar las ganas de hacer putadas. -
- Bueno, esperemos que lo encuentres, porque la verdad es que eso no se hace… - dijo Juan fingiendo, marchándose y dejando al portero blasfemando y descamisándose camino de la portería.

Arrancó el coche, puso música y salió del aparcamiento camino de la fábrica. Le sorprendió gratamente el poco tráfico existente, acostumbrado como estaba a encontrarse atascos en varios puntos del trayecto. Al final, pensó, le hubiese dado tiempo a tomarse el café, pues llegó con quince minutos de antelación a la puerta del trabajo. Aparcó sin dificultad pues había bastante espacio vacío y se dirigió a la puerta de cristales que daba acceso a la fábrica, pero al llegar a ella no se abrió. Como estaba oscuro, colocó la cara cerca de la puerta rodeándola con las manos para poder vislumbrar algo dentro. En la penumbra de la estancia, alumbrada tan solo por la luz de emergencia, lo primero que observó fue al guarda jurado reclinado en su silla, con los pies cruzados sobre el mostrador y dando signos evidentes de estar sumido en un profundo sueño. Le parecía violento, pero no tuvo más remedio que golpear el cristal con los nudillos para despertarle. El guarda jurado dio un respingo despertándose sobresaltado, y tras reparar en que alguien estaba llamando, se levantó torpemente y encaminó sus pasos hacia la puerta.
- ¿Qué hace usted aquí? - preguntó a Juan, al que había reconocido de inmediato.
- Pues venir a trabajar, ¿qué voy a hacer? -
- Pero si hoy es domingo - Juan tardó un par de segundos en reaccionar y cerrando los ojos dijo.
- ¡Seré gilipollas!… ¡claro, así había tan poco tráfico! - a lo que el guarda jurado sonrió con el aspecto vampírico que le daba el enrojecimiento de sus ojos aun aletargados por el reciente sueño.
- Bueno, siento haberle despertado. -
- No importa, de todas formas ya me tocaba hacer la ronda.-
Juan se despidió haciendo un gesto con la mano y se montó en su coche. Llevaba la mitad del trayecto de vuelta recorrido cuando de repente escuchó un traqueteo que parecía proceder del propio coche. Redujo la marcha para escuchar bien y de pronto un denso humo blanco comenzó a salir del capó al tiempo que este comenzó a pararse. Como pudo, giró el volante hacia la derecha para poder estacionarse en el arcén. Desesperado, le pegó varios puñetazos al volante. Se palpó la chaqueta para sacar su móvil y llamar al seguro, pero se acordó de que su móvil yacía muerto sobre la mesita de noche. No podía creer la mala suerte que estaba teniendo. Puso las luces de emergencia, se bajó del vehículo, levantó el maletero y sacó los triángulos obligatorios para indicar que estaba estacionado de emergencia en el arcén.
 
A su alrededor, en mitad de la autovía,  los pocos vehículos que pasaban lanzados, lo miraban curiosos pero nadie se detenía a preguntarle al menos si necesitaba ayuda. De pie, apoyó la espalda en el maletero y cruzó los brazos sobre el pecho, resignado a esperar que algún guarda civil apareciese en su coche patrulla para auxiliarle, ya fuese por casualidad o porque le estuviese observando alguna cámara de seguimiento de la D.G.T., La Dirección General de Tráfico. Sorpresivamente, un coche algo destartalado, aminoró la marcha y se colocó tras él.
Aliviado, pensó que por fin un alma caritativa le prestaría auxilio, tan solo necesitaba una llamada de móvil para avisar al seguro y que le mandasen una grúa.
Del vehículo se bajaron dos hombres morenos, uno de ellos con barba y la cabeza rapada y el otro con unas cejas que realmente conformaban una sola, frondosa y que atravesaba de una sien a la otra.
- ¿Qué te ha pasado, “primo”? - preguntó este último.
- Pues ya ves, que el coche me ha dejado tirado. ¿Seríais tan amables de prestarme el móvil para llamar a la grúa?, es que no lo llevo encima y fíjate la situación que se me ha presentado -dijo Juan con cara de agobio.
- Aaaah “primo”, pues si no tienes el móvil es buena cosa. -
- ¿Qué dices, cómo va a ser bueno? -
- Claaaro, porque me vas a dar la cartera y no vas a poder llamar a nadie - y dicho esto, Juan les miró a ambos atónito con lo que acababa de escuchar.
- Pero, ¿de verdad me vais a atracar? - a lo que saltó el otro, el rapado de la barba sacando una navaja.
- ¡Venga, afloja la cartera que te pincho, maricona! - y Juan, completamente asustado, sacó la cartera balbuceando - Llevaos el dinero pero no me hagáis daño, por favor. -
- Haré contigo lo que me dé la gana, ¿te enteras capullo? - dijo en modo chulesco, arrebatándole la cartera de un violento manotazo tratando de intimidar a Juan.
- ¡Mira!, pero si solo tiene veinte euros… ¡joooder!, hemos atracado al más pobre que había en la carretera. Ni tarjetas de crédito tiene…- y enfadado, lanzó la cartera por la cuneta.
- ¡Eh! - se quejó Juan, a lo que el atracador, visiblemente irritado, se acercó rápidamente a él cogiéndolo por el cuello y diciendo - ¡cállate, que te voy a dar así! - amenazándolo con la mano alzada donde aun sostenía la navaja y mordiéndose la lengua en gesto violento, mientras el otro lo intentaba detener diciéndole:
- ¡Estate quieeeeto! -
- ¡Suéltame que te doy a ti también! -
- Anda me vas a pegar tú a mí, “su hermano”,… vámonos no vaya a ser que venga la Guardia Civil - y mientras tiraba de su compañero hacia el coche, el de la navaja se alejaba amenazando a Juan con el dedo índice de la mano derecha gritando:
- ¡Por ahí te vas a escapar, perro…sino te pisaba la cabeza!
Tras montarse los dos atracadores en el coche y salir derrapando a toda velocidad con el destartalado coche, a Juan se le vino la tensión abajo, apoyó el trasero en el parachoques posterior y rompió a llorar con las manos en la cara. Estuvo un par de minutos así, hasta que se fue calmando.

- ¿Le pasa algo, joven? -
Juan se sobresaltó y alzó raudo la vista con sus ojos aun llorosos. Vio a un anciano con un bastón mirándolo con las cejas arqueadas desde la cuneta, justo detrás del guardarraíl. Tras un par de segundos en los que se limpió los ojos, Juan miró al anciano que lo observaba con la misma expresión impasible.
- Se me ha averiado el coche y unos tipos en vez de ayudarme, me han atracado. -
- ¡Pues no vayas en coche! - y con un veloz movimiento impropio de un anciano, alzó el bastón y golpeó con el extremo a Juan en el hombro. Este, sobresaltado, dijo:
- Oiga, ¡pero qué coño hace! -
- ¿Has visto a mi Chuchi? - preguntó el viejo obviando el enfado de Juan por el bastonazo recibido.
- ¿A quién? - preguntó contrariado Juan a lo que el anciano contestó enfadado.
- ¡A mi Chuchi! - y volvió a golpear a Juan con el bastón, esta vez en el muslo.
- ¡AY!...- y cuando Juan hizo ademán de protestar, se oyó en la lejanía el ladrido de un perro, a lo que el viejo, alzando las cejas con gesto de sorpresa, dijo:
- ¡Es mi Chuchi!... ¡Chuchi ven aquí! - y acto seguido, con una agilidad inusual, el viejo echó a correr por el lateral interior del quitamiedos y se perdió en la oscuridad vociferando una y otra vez el nombre de Chuchi.
- ¡Maldito viejo loco!…No me puedo creer que todo esto me esté pasando por no haberme acordado de desconectar la alarma del despertador anoche - y cojeando aun por el bastonazo infringido por el anciano, salvó el obstáculo del guardarraíl y se adentró en la cuneta a ver si lograba ver dónde había caído la cartera.

- ¿Qué hace usted ahí? - Juan se giró y vio dos figuras recortadas ante la luz de los faros de un coche patrulla. Con alivio, entendió que se trataba de la Guardia Civil.
- ¡Ufff!, menos mal…creí que nunca pasarían ustedes por aquí - dijo Juan volviendo sobre sus pasos.
- ¿Qué le ha ocurrido? -
- Pues mire, de todo, no sé ni por donde empezar. -
- Pruebe por el principio - dijo el agente de la benemérita, que escuchó atentamente las explicaciones de Juan. Cuando hubo acabado, intercambió una mirada con su compañero y este fue al coche patrulla, mientras el otro agente pedía los documentos del vehículo a Juan. Este, aunque sorprendido por la primera medida adoptada por el agente, le hizo caso y le entregó la documentación pensando que sería la rutinaria forma de actuar. Instantes después, volvió el otro agente entregándole una boquilla desechable a Juan explicándole cómo debía colocarla en el medidor de alcoholemia, a lo que Juan perplejo comentó:
- Oiga, que les he contado toda la verdad, que no estoy borracho. -
- No lo pongo en duda, pero por favor, sople. -
Juan fue a protestar, pero no llegó a hacerlo. Lo pensó mejor y sopló, sabedor de que no había tomado nada y con la esperanza de que tras esa comprobación, los agentes le prestaran su ayuda.
- Señor, tiene usted el seguro caducado.-
- ¿Cómo? – preguntó sorprendido Juan.
- Sí, lo que oye. Aquí en la póliza dice que acababa su vinculación el pasado mes de Enero. Voy a tener que sancionarle. -
Juan, totalmente confuso, se pasó la mano por los cabellos y dijo en voz baja:
- ¿Me puede ocurrir algo más? - entonces, el agente que comprobó el test de alcoholemia y que tras dar negativo había ido a guardar el aparato al coche, expresó:
- Oiga, acabo de comprobar que sus triángulos no son homologados. -
- ¿¿¿Cómo???...pe…pe, pero si son los que me venían con el coche. -
- Pues le engañaron…lo siento, pero debo sancionarle también por ello. -
A Juan, ya totalmente desmoralizado ante la dantesca situación que estaba viviendo, le dio por reírse. El agente que estaba rellenando la multa, le miró y dijo:
- ¿Se está usted riendo de la autoridad? - Juan ni contestaba, tan solo se reía cada vez más, ya incluso señalándole con el dedo. Había llegado ya a ese punto de ataque de risa y era incapaz de parar ante la incrédula mirada de los guardias civiles.


*   *   *   *   *   *   *


Puede usted salir, dijo el agente con el manojo de llaves en la mano y abriendo la celda. Juan, con ojeras y totalmente serio, se levantó del banco en el que se encontraba sentado, cogió la chaqueta y cuando pasaba junto al agente, preguntó:
- ¿Quién ha pagado la fianza? -
- No ha habido fianza porque los agentes finalmente no denunciaron. Tan solo pidieron que pasara usted aquí veinticuatro horas como escarmiento. Eso sí, deberá usted abonar los gastos generados por la grúa que retiró de la carretera su coche y el depósito del mismo en dependencias policiales.


Juan se bajó del taxi frente a su bloque. Entró al portal y…
- ¡Tú!... ¡fuiste tú!...me lo ha dicho Adela, tu vecina de enfrente, que siempre tienes una botella llena de agua en el alféizar de la ventana para ahuyentar a los insectos - y al tiempo que Sebastián, el portero, decía esto, iba levantando un palo caminando hacia Juan, que ya retrocedía intentando disculparse.
- Oiga, le juro que fue sin querer… ¡tranquilo Sebastián, que se pierde usted! -
- ¿Con que eso no se hace eh?... ¡ahora verás!... ¡no corras, si te voy a coger, hijoputa! - y decía esto corriendo tras Juan que ya había atravesado las puertas del portal y esprintaba por la calle arriba para escapar del encolerizado portero…


Pepe Gallego

Licencia Creative Commons
Con el pie izquierdo por Pepe Gallego se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

jueves, 29 de marzo de 2012

"¿Sueño o realidad?"



La desidia, la insatisfacción, el desasosiego, la amargura, el miedo. Todo ello atenazaba su espíritu. Un día más, una semana más. Hoy volvería a intentarlo pues no podía permitirse el lujo de rendirse, pero la realidad era que ya no tenía fuerzas y la esperanza se le escapaba como un árbol al que se le desprenden irremediablemente sus hojas caducas, o como un arroyo pierde su alegre fluir en la congelación pasando al áspero y seco crujir del hielo. Se miró en el espejo y observó el cansado rostro esculpido por las horas de vigilia, con marcadas y profundas ojeras, salpicado de ríos plateados en sus sienes.  Hacía tiempo que el insomnio había hecho presa en él. ¿Cómo era posible haber llegado a aquella encrucijada con apenas treinta y pocas primaveras?

Mientras pensaba en ello, la cuchilla de afeitar se deslizó por las sombras de su cara tratando de buscar algo de luz que poder ofrecer en su cita. Cuando la hubo dejado bien rasurada, dejó que el bálsamo la hiciera arder cual pergamino en el fuego. Con ayuda del peine y no sin esfuerzo, aplacó su rebelde pelo ondulado. Abatido, se colocaba el pantalón de elegante caída, el de su boda,  y anudaba sus mejores zapatos. Cogió la percha colgada en el pomo de la puerta del armario, que portaba una blanca e impoluta camisa planchada, colocándosela mecánicamente pues seguía inmerso en sus divagaciones. El reflejo del espejo le devolvía una imagen perdedora, o al menos eso era lo que él veía. Agachó la cabeza y se apoyó con ambas manos en el lavabo tratando de no derrumbarse una vez más. No hacía más que culparse por toda la situación, por todo lo que le estaba ocurriendo, por todo cuanto le rodeaba. Y la impotencia…Eso era lo peor, la impotencia de quemar sus naves un día tras otro con el mismo resultado, la nada.

Algo carnoso y húmedo rozó su mejilla.
–Te quiero, papi.
Alzó la mirada a su derecha y observo la candorosa carita de su hija, que le sonreía en brazos de su esposa.
–Yo también te quiero, mi vida –le dijo mientras besaba su frente y le acariciaba su larga melena rizada.
–Anda, ve a elegir los muñecos que te llevarás a la “guarde” –le convino su madre soltándola en el suelo. La chiquilla echó a correr alocada perdiéndose por el final del pasillo.
–No lo soporto - dijo él.
–No te culpes más, tú no podías controlar lo que ocurrió. Ni tú, ni ninguno de tus compañeros –respondió ella.
–Pero debería haberlo previsto, anticiparme a la jugada y marcharme a otra empresa.
–No había razón para hacerlo, tenías un buen trabajo –ella le decía esto mientras le anudaba la corbata.
–¿Qué será de nosotros?...La casa, el coche, todo embargado… ¡Pronto se llevarán los muebles!, ¿cómo puedes estar tan tranquila?
–Porque tengo una hija preciosa y al marido más maravilloso del mundo, ¿qué más puedo pedir? Todo lo demás es secundario, preocupante, sí, pero secundario –y tendiéndole la chaqueta añadió –y ahora, cuando atravieses la puerta de casa, deja en ella tus miedos y tu vergüenza, solo ve a esa entrevista y muéstrate tal cual eres, con el mismo arrojo y seguridad con el que un día te acercaste a hablarme. Si conmigo funcionó, con ellos también puede hacerlo.
Él, con el pulgar de su mano derecha,  acarició el rostro de su esposa con dulzura. Pero unos instantes después, la faz se le volvió a ensombrecer antes de preguntar:
–¿Y si no me eligen?
Ella se acercó, le beso en los labios y le dijo:
–Tanto si te eligen como si no, yo seguiré estando aquí, a tu lado.


Un tintineo metálico sacudió su mente. Hacía frío, mucho frío. Mientras oía alejarse el inconfundible sonido de unos zapatos de tacón, pasó sus cuarteadas y deterioradas manos por los canosos y apelmazados cabellos entre los cuales se abría camino una incipiente calva. Al bajar los brazos, observó aquellas manos entre cuyos dedos destacaba una señal. Suavemente, como si frotara la lámpara mágica de un famoso cuento, acarició la marca donde una vez hubo una alianza. La nostalgia le hincaba sus profundas raíces en el corazón. Pero ya no sentía rabia, esta había sido derrotada por la tristeza y el desánimo. Sí, hacía tiempo que se había rendido. Se incorporó trabajosamente y trató de mitigar el nudo de su garganta como tantas otras veces, con un tetra brick de vino que guardaba celosamente bajo la raída manta. Con la torpeza provocada por sus rígidos y helados riñones, se giró sobre sí mismo y vio dos monedas. Alargó la mano para recogerlas arañando mínimamente la acera con sus uñas repletas del mundo que le rodeaba. Desplegó un cartón que tenía apoyado junto a la pared, se lo colocó encima y tosiendo profundamente hasta notar el sabor mezclado de la sangre y el vino, se dejó arropar por la implacable oscuridad. Hacía frío, mucho frío.


viernes, 16 de marzo de 2012

"El atardecer de un soldado"


El atardecer de un soldado

El globo anaranjado caía por el horizonte sin remedio. Así debía ser. Un fenómeno natural que cuando se apreciaba bien como en aquella fría pero clara tarde de enero, suponía uno de los espectáculos más bellos de cuantos el firmamento podía ofrecer. Eso lo sabía bien el muchacho que permanecía absorto en ese pensamiento mientras disfrutaba de aquella preciosa puesta de sol.
Tendido en el suelo, giró la cabeza y siguió avanzando apoyado sobre sus codos de manera lenta y sigilosa a través de la maleza. El suelo estaba duro y helado. El frío había penetrado en la tierra y la había convertido en un perfil áspero, como si de cemento se tratara. El color de su ropa de camuflaje le mimetizaba perfectamente con el entorno, pero al arrastrarse tenía que levantar ligeramente las rodillas para evitar alertar al enemigo con el sonido de siseo que provocaba el roce de su vestimenta contra el irregular firme.

De pronto, un potente y ensordecedor silbido barrió el aire. Como mucho fueron un par de segundos a los que la mente no pudo llegar tan rápido como la consecuencia. Aquel zumbido letal se transformó en proyectil de mortero, cuya onda expansiva envió al soldado literalmente volando por los aires yéndose a estrellar contra la parte baja de la copa de un árbol y cayendo posteriormente a los pies del mismo. El fuerte impacto dejó al chico sin respiración y con un pitido infernal en los oídos. Tras unos segundos de confusión, notó un dolor punzante en la parte izquierda del pecho. Tembloroso, se palpó el torso y encontró rápidamente la fuente de ese dolor. Un trozo de rama sanguinolenta sobresalía por su costado. Notaba el espeso ardor de la sangre caliente expandiéndose por la casaca. La rama había atravesado sus costillas lateralmente. Exhaló una bocanada de aire frío mientras trataba de sacarse con sus dedos ese pitido horrendo de los oídos.

Cuando comenzó a reparar en lo que le rodeaba, vio ante sí un panorama desolador. Muchos de sus compañeros yacían inmóviles en el suelo. Compañeros que horas antes habían almorzado a su lado jugando a las cartas, escribiendo a sus seres queridos o simplemente bromeando, ahora permanecían inertes sobre una tierra que ya se erigía en camposanto. Todo el lugar estaba destrozado y violentamente salpicado de escarlata. Él lo veía todo como a cámara lenta, en parte por la desorientación del impacto, en parte por su herida, pero también por la escena dantesca que estaba observando conforme se disipaba el polvo que se había levantado tras el furioso impacto del proyectil.

El pitido de sus oídos iba decreciendo y comenzaba a oír levemente, como si se encontrara a un centenar de metros del lugar, aunque quizás hubiese sido mejor que el pitido continuara pues lo que escuchaba solo era muerte y dolor.
Ante él, pasaba arrastrándose un chico con la mirada perdida, por cuya boca se desprendían cuajarones de sangre y saliva llenos de tierra, y que balbuceaba una y otra vez que quería volver a casa. Observó horrorizado que el muchacho tenía los pantalones hechos jirones a la altura de los muslos por donde asomaban dos trozos de carne desgarrada en el lugar donde debían estar sus piernas. Alargó la mano como tratando de ayudarle o darle un apoyo que no lograba concretar pues no sabía lo que hacer. Le volvió a mirar porque notó que había detenido su arrastrar y vio que ya no se movía ni hablaba. Sus azules ojos estaban vidriosos, con las pupilas dilatadas y mirando un punto indefinido que ya no veía. Había perecido.

El soldado apartó la vista ante aquel horror y miró a su derecha, de donde llegaban las voces amortiguadas de alguien que pedía a un médico. Era el sargento que trataba de hacer un torniquete con su cinturón a la pierna casi desprendida del teniente, que solo repetía sin cesar "los chicos, los chicos", en referencia a su batallón y sin percatarse de la gravedad de su herida.
El soldado vislumbró a unos metros a un chico lloroso al que reconoció de inmediato, pues era el soldado que montó guardia con él dos noches antes. El muchacho en cuestión llamaba desesperado a su madre mientras se taponaba inútilmente con sus manos el abdomen por el que las vísceras se desparramaban grotescamente. Mirase donde mirase, todo era como una pesadilla de la que no podía despertar, pues no era un mal sueño sino una triste y cruda realidad.

Con mucho esfuerzo y mientras se agarraba el trozo de rama que atravesaba su costado izquierdo, logró levantarse. Un compañero de la Cruz Roja advirtió su alzamiento y fue a socorrerle, pero declinó la ayuda y señaló a su compañero de guardia que seguía llorando y llamando a su madre, pues era evidente que necesitaba ayuda más que él.
Avanzó torpemente entre cadáveres, soldados ilesos que ayudaban a sus compañeros, gritos de dolor de unos, plegarias desesperadas de otros. Pero el muchacho tenía la vista fija en un punto. Miraba fijamente a aquella bola aplastada y anaranjada que se ponía en el horizonte. Al llegar a un claro del bosque, se arrodilló y disfrutó de aquel bello atardecer que probablemente jamás podría volver a contemplar. El poderoso fulgor de la gran estrella se reflejaba en sus ojos color miel, que centelleaban ante la impresionante estampa que la naturaleza le brindaba y que era totalmente opuesta a la que el hombre había provocado unos metros a sus espaldas.

Comenzó a temblar pues un frío antinatural se estaba adueñando de su cuerpo. Una mano fría de dedos huesudos, le agarró por el brazo diciéndole: - Vamos…ha llegado la hora. -
El anciano salió de su ensimismamiento y vio que seguía observando un bello atardecer desde la ventana del asilo. Miró de reojo a su interlocutor y suplicó:
- Por favor, déjame unos minutos más…los suficientes para ver este hermoso atardecer. -
- Lo siento, ya te concedí una tregua. -
- Lo sé…una tregua de cincuenta y dos años en los que he vivido y disfrutado de todo aquello que alguien puso a nuestro alcance - el anciano hizo una pausa y al instante formuló una pregunta - pero, ¿por qué a mí?...¿acaso te pudo la compasión? -
- No, yo no albergo ese sentimiento, amigo. -
- Entonces, ¿me estás diciendo que todo ha sido casual? -
- Podría contestarte que todo es producto del destino - y tras reflexionar unos segundos, prosiguió - pero no estaría siendo sincero contigo, o mejor dicho, te estaría mintiendo. Digamos que alguien me envió un mensaje para interceder por ti - en ese instante un trueno retumbó en la estancia. Un trueno sin relámpago, sin nubes, surgido de la nada.
- Creo que a ese alguien no le ha gustado que des explicaciones.-
- No…no le ha gustado. -

Ambos callaron durante unos instantes tras los cuales el anciano volvió a preguntar:
- Pero, ¿por qué yo?...no pedí ser salvado… ¡no pedí nada! -
- Precisamente por eso. En aquella escena había gente llorando, gente suplicando, gente propagando su miedo, gente que blasfemaba, gente que maldecía su impotencia, gente que abrazaba la fe como último recurso de aferrarse a un milagro que les devolviera la vida que se les escapaba… pero tú no, tú tan solo albergabas un pesar en tu corazón - el anciano levantó la mano para interrumpir y dijo:
- No sigas…mi memoria no está todo lo bien que quisiera, pero recuerdo todo aquello como si fuera ayer. Mi pesar es el mismo que tengo ahora mismo, que no es otro que perder la ocasión de volver a ver otro atardecer tan maravilloso como el que estoy contemplando en estos momentos… ¿acaso me equivoco? -
- No…no te equivocas, así es. -

Tras un corto silencio, el anciano agachó la cabeza y dijo ásperamente:
- Me siento privilegiado por ser agraciado con tan magnánimo regalo…vamos, como tú bien has dicho, es la hora - pero antes de que pudiera girarse, la helada mano de La muerte se soltó del brazo y se colocó en el hombro derecho del anciano al tiempo que le dijo:
- Espera…termina de ver el atardecer. -
El anciano sorprendido preguntó:
- ¿Es un gesto compasivo el que detecto en ti? -
- No…ya te dije antes que yo no debo albergar ese sentimiento. -
- Entonces, ¿estás negociando con él de nuevo? -
- No…además, yo nunca negocio, amigo… digamos que me apetece ver contigo el fin de este atardecer antes de conducirte a las tinieblas. -

El anciano sonrió, levantó la cabeza y siguió viendo la puesta de sol mientras una lágrima surcaba lentamente su mejilla. Con la voz rota y temblorosa, respondió:
- Gracias. -
La muerte apretó su hombro y ambos quedaron divisando en lontananza el mágico horizonte, mientras se dejaban bañar por la anaranjada luz que atravesaba la ventana de la habitación.
Pepe Gallego

Licencia Creative Commons
El atardecer de un soldado por Pepe Gallego se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

viernes, 2 de marzo de 2012

"El espíritu del tiempo" (de Tomás Lora)

Hoy me complace mostraros un relato rescatado del baúl de los recuerdos de nuestro amigo Tomás, el cual me ha pedido que lo editase con el placer que ello me produce. Además es inédito, por lo que tengo el honor de estrenarlo publicamente en este, como siempre os digo, vuestro blog.


  “El espíritu del tiempo”

Érase una vez un pueblecito acogedor y maravilloso, donde no faltaba de nada en su paradisíaco paisaje, desde sus imponentes arboledas hasta sus importantes restos arqueológicos, sin olvidar su majestuosa iglesia donde el sonido de sus entrañables campanas tañía cada domingo pudiéndose escuchar desde lo más hondo del corazón.
En aquel lugar se encontraba un niño de apenas nueve o diez años, que disfrutaba encantado de aquella vida que solo le proporcionaba alegrías, risas, dichas en aquellos parajes verdes bañados por el sol y que iluminaban sus ojos. Le gustaba ir a la estación de tren donde nunca más esperaban, partían y llegaban pasajeros. O pasear por las murallas que soñaba conquistar algún día con su espada en alza vestido de cristiano. En definitiva, aventuras inolvidables junto a su pandilla.
Pero este niño encerraba en su interior un secreto que guardaba celosamente. Hablaba por las noches con alguien un tanto peculiar, su gran amigo el espíritu del tiempo, que sin ninguna razón aparente se presentaba ante él confiándole su presencia, confidencias y sentimientos propios. Jamás se dormía sin que imperara su amistosa charla. El niño le contaba lo bien que lo pasaba diariamente. Infinidad de aventuras en su mundo carente de problemas. El espíritu se limitaba a escuchar las travesuras del chico y solo interrumpía muy de vez en cuando para opinar o responder las intrascendentes preguntas que el niño le hacía siempre sonriendo.
Una de esas noches mientras el niño se disponía a dormir, el espíritu se presentó por primera vez con el semblante serio y, tras sentarse a los pies de la cama, le preguntó mirándolo fijamente:

- ¿Eres feliz? -
- Claro que sí, espíritu. Mi vida es maravillosa, no puede ser mejor.-
- Algún día te darás cuenta de que este trayecto por el que avanzamos, no son todo alegrías. No sabes cuántas desgracias llevo presenciadas, cuántas guerras inútiles, cuántas enfermedades sin remedio, cuántas injusticias… -
- ¿Qué son injusticias? - preguntó curioso el niño.
- Es uno de los desagradables elementos que porta mi gran amiga, la vida - contestó sombrío el espíritu.
- ¿Tú conoces a esa señora en persona? -
- ¡Por supuesto!, la vida y yo somos inseparables - pero el chico ya se estaba adormeciendo cansado por la batalla de juegos que azotaba su cuerpo cada día. El espíritu sonrió y con un mágico soplo de aire arropó al chico y se fue difuminando hasta desaparecer.
 

Pasaron varios años y el niño iba adquiriendo una lógica experiencia con la que aprendió a valorar las exquisitas cosas que la vida le aportaba, desde las emociones hasta las aventuras salpicadas de aquel precioso paisaje que las adornaba. Todo iba quedándose grabado en su memoria a cuyos recuerdos no dudaba en acudir una y otra vez para rememorarlos.
Una noche, mientras el chico exhausto caía en su sueño profundo tras haber mantenido su charla habitual con el espíritu, éste mirándolo fijamente con ternura le dijo en voz baja:
- Algún día sabrás por qué vengo a visitarte, hijo mío. -
Pasaban los días y el niño gozaba la vida cada día y durante las noches el espíritu le iba inculcando que retuviese siempre en su memoria aquellos recuerdos que le reconfortarán, cualquier cosa que le gustase, por pequeña que esta fuera.
- Haz valer la vida que ahora ostentas, pequeño, porque los recuerdos y la nostalgia harán presa de tu corazón adueñándose de él - le decía el espíritu del tiempo al niño.

Con el pasar del tiempo el chico se fue haciendo mayor. Los juegos eran ya escasos, la diversión efímera y su visión de las cosas había cambiado. Los problemas acaecían sin avisar y el miedo al mañana dominaba su presente. Al cumplir la mayoría de edad, su situación laboral no fructificaba y los disgustos le ahogaban minándole la moral.  Una noche acostado en su  cama y mirando a un punto indefinido en el techo, evocó al espíritu del tiempo, su gran amigo, pero este no apareció. En la mente del muchacho brotaron la impotencia y las añoranzas de un ayer desvanecido que se había tornado oscuro e inquietante. Cada noche las lágrimas surcaban sus mejillas hasta ser engullido por el sueño. Hasta que una madrugada se presentó el espíritu y lo pudo sentir como una brisa marina que recorría todo su cuerpo. Antes de que pudiera abrir los ojos el espíritu le susurró al oído:
- ¡No te levantes!, deja que te transporte a aquello que tanto te gustaba, a esos momentos en que disfrutabas la vida en la que cada segundo parecían horas,  a aquellos instantes en los que te sentías capaz de hacer cualquier cosa. - El muchacho se dejó abrazar por esa felicidad verdadera  y llena de vitalidad que tanto añoraba, la única felicidad realmente sana, la de la niñez.
Cayó de esa nube de gozo y despertó. En la penumbra de su habitación pudo ver junto a la ventana al espíritu sonriendo mientras observaba cómo la lluvia se precipitaba contra el suelo. El muchacho se incorporó con los codos hasta quedar sentado en la cama y le preguntó:
- ¿Por qué has hecho eso?... ¿desde cuándo puedes hacerlo? -
- Puedo hacerlo desde siempre, no olvides que soy el espíritu del tiempo. Sin embargo, debo confesarte que es la primera vez que lo hago. -
- ¿Por qué yo?... ¿por qué me has elegido a mí? -
- Porque tu alma no está de acuerdo con este cambio tan radical y sé que lo necesitabas. -
- ¿Cómo puedes saberlo? -
- Porque siempre te he observado desde pequeño y vi cómo vivías cada acontecimiento, disfrutando de cualquier cosa. -
- ¿Y es eso malo, espíritu? -
- No para ti, pero quizás sí para tu nostalgia. -
- ¿Y eso incide en mi futuro? -
- Claro que no, pero puede cambiarse - y diciendo esto, el espíritu se difuminó mientras miraba con cariño al muchacho.
 
Pasaron cinco años y aquel hombrecillo se había convertido en lo que su gran amigo le dijo; la nostalgia lo carcomía, la melancolía se había apoderado de él y le inundaban las añoranzas a aquella vida, a esa tierra, a los verdes prados donde había disfrutado tanto y que ahora habían perecido ahogados por el asfalto. Echaba de menos, cómo no, a los amigos de la infancia que vivían una vida lejos de la suya y se habían convertido prácticamente en desconocidos.
En sus paseos tanto diurnos como nocturnos, la memoria siempre le llevaba a algún punto de su espíritu infantil que tanto añoraba, pues ninguna otra cosa le reconfortaba.
Solo y desamparado llegó a su hogar y en el silencio que invadía su soledad, se miró al espejo y observó como su alma salía de su cuerpo. Sorprendido pero contento por la rebeldía que su alma había mostrado, logró balbucear:
- Sé a lo que vienes.-
- ¿Por qué haces esto? - preguntó la desdoblada alma.
- Me has acostumbrado a una vida que ya no volverá - dijo el hombre.
- Lo sé, pero no puedo vivir en una vida pensando en otra - se quejó el alma.
- Estoy perdido en esta vida esperando regresar a aquella en la que era tan feliz - dijo el hombre agachando la cabeza apesadumbrado.
- Sabes que me gustaría volver pero es imposible. Tienes que hacer un hueco en tu mente para el hoy y el mañana, ¡compréndelo! - trataba de explicarle encarecidamente el alma.
- Todo lo que tengo es el ayer - dijo el hombre con los ojos brillantes tratando de contener las lágrimas. Entonces el alma desistió y entró de nuevo en él con ímpetu. El hombre levantó la mirada hacia el espejo y se vio a sí mismo llorando y sin saber qué hacer. Su mente se depositó en su gran amigo, el espíritu del tiempo.

Se acostó convencido de pasar la noche en vela hasta poder hablar con él, pero el cansancio por la espera le iba venciendo cada vez más. Cuando ya se encontraba abatido en el umbral del sueño, se presentó el espíritu del tiempo, pero lo hacía como nunca lo había hecho antes, lacrimoso y cariacontecido porque sabía lo que les aguardaba a ambos. El hombre se emocionó al verlo presintiendo que algo maravilloso iba a ocurrir entre la delgada línea que separaba el plano carnal del espiritual, así que se incorporó raudo y preguntó:
- ¿Sabes que ansiaba verte? -
- Sí, llevo esperando este momento desde tu niñez - dijo sombrío el espíritu.
- ¿Desde mi niñez?... ¿por qué me visitabas entonces desde pequeño? - preguntó sorprendido el hombre. El espíritu agachó la cabeza y tras unos segundos de reflexión, respondió:
- Cada vez que la gente analiza mi pasado siempre acaban volviendo al futuro. Me marcan fechas, horas, acontecimientos… siempre debo llegar y noto cuando un alma no se siente inmersa en esta carrera. De pequeño ya veía en ti cómo mirabas el ayer en vez del mañana, ¡y me estremecía pensar en lo que ahora veo! - a lo que el hombre respondió con voz suplicante:
- ¡Por favor, llévame a aquellos años en los que podía disfrutar de la vida! -
Tras ver que el hombre no se comportaba como los demás, el espíritu recobró la sonrisa y dijo:
- Lo haré. Así lo ha querido mi compañera la vida pues nunca te ha interesado de nosotros las cosas materiales que la gente pide normalmente para alcanzar la felicidad. Tan solo has pedido lo más natural que ambos podemos dar, la verdadera felicidad de la niñez. ¡Vamos, no hay nada de mí que perder! -

Tomás Lora

Licencia Creative Commons
El espíritu del tiempo por Tomás Lora se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

lunes, 23 de enero de 2012

"Una fría mañana"



Una fría mañana desperté y lo vi todo claro, tenía que marcharme. Sí, debía partir buscando una vida que sueño pero no encuentro. Un sendero de ilusión que se torna gris y áspero cuando bajo la vista para encontrarme ante las mareas de amargura y desesperación que desencaja mi semblante, que atemoriza mi espíritu. Un pozo de insondables dudas y desaliento de lo adquirido, de lo súbito, de la arena en los bolsillos, del pesar en el corazón, de la frontera de la nada y el temor que atenaza los sentidos.
¡No puedo conformarme con eso!, no quiero contentarme con ello y que la noche tiña de oscuridad el estandarte que siempre me ha coronado, mi alegría.
¿Esperanza?, sí, puede que aún quede algo de ella, pero constantemente es solapada por el cansancio, el desasosiego, la caída libre que provoca esa puta esquiva llamada suerte.

No me vencerá, ¡no valgo para la rendición!, aunque sé que a veces me tienta y castiga fustigando mis sienes con la precariedad dominante que asola mis veinticuatro horas.
También se cuela en mi madrugada para hacerlas lentas, tediosas, lacerándome el cerebro con preguntas sin respuestas sobre mi maltrecha existencia.

No podrás ganar jamás a mi voluntad firme y vehemente, aunque tenga que reinventarme en terrenos lejanos e inhóspitos, aunque deba atravesar el infierno si es preciso, porque no dejaré que tú continuo correctivo sobre mi alma venza mi corazón indomable. Soy incansable al desaliento, así que ese destino guárdatelo para los que se rinden, los que se conforman, los que se doblegan a tu enrevesado guion. Yo no soy así y te voy a demostrar que pierdes el tiempo conmigo si piensas que me cruzaré de brazos mientras ejecutas tu sentencia.

La última llamada para el embarque de los pasajeros del vuelo con destino a Berlín, surgió por los altavoces irrumpiendo bruscamente en los pensamientos de alegato ante la vida de Manuel, que alzó la vista al reloj de la terminal, se agachó lentamente, aferró sus dedos como garfios al asa de su maleta y, con un último vistazo melancólico hacia su ciudad a través de los ventanales del aeropuerto, se dirigió con paso lento pero firme hacia el detector de metales. Una mueca a modo de débil sonrisa se dibujó en sus labios y un incandescente fulgor se adueñó de su mirada…

Pepe Gallego

Licencia Creative Commons
Una fría mañana por Pepe Gallego se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

jueves, 5 de enero de 2012

Duérmete, niño

Nervios, siento nervios y no tengo sueño. Mi papi me ha dicho que me acueste y espere a los tres grandes Reyes Magos de Oriente. ¡Pero no me puedo dormir porque quiero verles!. Solo pensar que estarán en mi salón...Melchor tiene cara de bonachón, así que me caerá bien. A Gaspar se le vé más serio, pero es un gran rey y me dejará regalitos porque seguro que sabrá que he sido bueno. Y Baltasar...siempre sonriente. Es mi preferido...¡Ay!, no puedo dormirme. La luz del salón sigue encendida y papá y mamá pasean hablando bajito. ¿De qué hablarán? Debe ser que no quieren hacer ruido para escuchar si llegan los Reyes en sus camellos mientras les dejan la leche con galletas.

¿Qué me traerán?. Sigo sin poder dormirme, tengo que verles como sea. Pero papá me ha dicho que si les veo no me dejarán ningún regalo por no haber estado dormido. Unas botas de fútbol y un balón, ¿sabrán ellos que eso es lo que quiero?, yo se lo dejé muy claro en mi carta...Por favor, que no me traigan ropa, que mamá es muy pesada siempre con lo mismo, diciéndome que lo ponga en la carta...Pues no, ¡eah!
Yo quiero el chandal de mi equipo, y las botas, y el balón firmado por todos los jugadores, y la camiseta de portero...





Y así se durmió...y al despertar, con las manos frotándose los ojos, temblando de arriba a abajo de frío y de nervios pensando en qué le habrían traído los Reyes Magos, despertó a su hermanita y corrió al cuarto de sus padres a despertarlos, mientras echaba una ojeada de reojo al salón todavía en penumbras donde se atisbaban muchos bultos envueltos en papel dorado. ¡Mamá, Papá, que han venido los Reyes!, gritaba por el pasillo mientras su hermanita ya había saltado ágilmente sobre la cama de matrimonio chillando con los rizos aún pegados a la frente.
Qué bonito ver sus ojos centelleantes al ver el regalo que le había pedido a los Reyes Magos en su carta. O esa cara de sorpresa al ver el plato de galletas vacío y los vasos de leche apurados. O al revisar los zapatos que había dejado por la noche en el balcón y encontrarlos llenos de chucherías. Y la carita íluminada mientras se enfunda el chandals de su equipo, y aún con los mofletes llenos de nata del roscón, se marcha corriendo ilusionado a buscar a su vecinito que vestía otro chandals pero del equipo rival y corren juntos haciendo resonar los tacos de sus nuevas botas a toda velocidad, saliendo por el portal y corriendo hacia el callejón a estrenar el balón, olvidándose del frío, de los caramelos aplastados en el suelo por el paso de la cabalgata la noche anterior, y relatando entusiasmado a la gente de su barrio el montón de cositas que le han traído los Reyes Magos.
Todos los esfuerzos son pocos para verles esa carita de ilusión. Todos esos esfuerzos son recompensados en unos minutos inolvidables tanto para ellos como para los padres. Que bonito...

Y yo , que también fuí niño una vez, no pido nada para mí. Quizás salud, sí, mucha salud, ¿pues qué mejor regalo puedes tener que revivir la ilusión de los niños esos días?...Ellos son los verdaderos protagonistas, aunque es inevitable que los mayores nos apuntemos a su fiesta contagiados por el entusiasmo que ellos desprenden.
Recordad, de vosotros depende que ellos nunca olviden esa maravillosa mañana. Bueno, de vosotros y de los Reyes Magos, claro...

Pepe Gallego

Licencia Creative Commons
Duérmete niño por Pepe Gallego se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.